Cuando se alejaron lo suficiente de posibles ojos indiscretos, Seraphine le hizo una seña a Noah para que se acercara a ella.
Tenía que admitir que, lo que tenía de atractivo, lo tenía de torpe. O bueno, quizá no era torpe la palabra que debía usar para describirlo. Porque en realidad no andaba dando tropiezos, no chocaba con árboles ni se enredaba con sus propios pies —lo cual ya era un logro considerable en un entorno que no entendía—, pero caminaba de una forma despreocupada.
Demasiado suelta.
Eso sí, estaba haciendo un esfuerzo digno de reconocimiento, aunque no necesariamente de aprobación, imitando el porte de Daemon.
—¿Todos caminan así en su época? —preguntó Seraphine, observándolo con el ceño apenas fruncido, mientras avanzaban entre los senderos de piedra y las colinas suaves que rodeaban la propiedad.
—Sí —respondió Noah con total naturalidad—, y nos sentamos aún peor. Es culpa de los teléfonos, las computadoras…
Seraphine lo miró con impaciencia cuando se detuvo. Esas palabras merecían una explicación inmediata.
—Por favor continúe, quiero saber qué son los teléfonos y las… mmm… ¿cómo era lo otro?
Noah esbozó una sonrisa.
¡Y qué sonrisa!
Seraphine no pudo evitar notarlo. No solo por lo evidente, sino por lo que la acompañaba. Su aura, de un rosa claro, suave, cálido.
Ternura.
Estaba sintiendo ternura por ella, lo cual, debía admitir, tenía cierto sentido. Probablemente debía parecerle una niña curiosa haciendo preguntas que para él eran absurdamente básicas.
Lo que no lograba comprender aún era el tono rojizo que lo había envuelto momentos antes, cuando ella había bebido vino. No era ira. Eso lo sabía con certeza. No había tensión en su expresión, ni rigidez en su postura, ni ningún indicio de molestia real.
Pero entonces… ¿qué era?
Seraphine entrecerró apenas los ojos.
Ya lo descubriría.
Con los años había aprendido que un mismo color podía tener varios significados, y que no todo debía interpretarse de inmediato. Algunas cosas requerían tiempo.
—¿Su Alteza?
Seraphine parpadeó y volvió a enfocarse en él.
—Disculpe, solo divagaba.
Él volvió a sonreír, y el rosa en su aura se intensificó levemente.
—Descuide, solo le comentaba que los teléfonos son algo así como cartas.
—¿Algo así como cartas?
—Tienen el mismo propósito.
—¿La comunicación?
—Exacto —asintió—, solo que los teléfonos nos permiten estar comunicados de inmediato —continuó—. Los mensajes llegan en el momento, en cuestión de segundos, incluso aunque haya continentes de distancia.
Seraphine agrandó los ojos, deteniéndose apenas un instante.
—¿Cómo es eso posible? Todo debe de ser muy fácil.
—Sí —respondió Noah con una leve inclinación de cabeza—, tenemos muchas cosas que nos facilitan la vida.
Seraphine retomó el paso lentamente, procesando la información. La idea de poder comunicarse sin esperar días, semanas o incluso meses le parecía irreal.
—¿El matrimonio sigue siendo una obligación para las mujeres? —preguntó de pronto.
—No —respondió él de inmediato—. Bueno, en algunas culturas tengo entendido que sigue habiendo matrimonios arreglados, pero no en Inglaterra ni en la mayor parte del mundo.
Seraphine se llevó una mano al pecho y sonrió, genuinamente aliviada.
—Qué maravillosa noticia.
—Sí, es algo bueno —asintió Noah—. En el futuro uno elige con quién casarse.
Seraphine bajó la mirada un instante, pensativa.
—Me vendría bien en este momento que aquí se aplicara esa costumbre —negó con la cabeza y se mordió el labio—. Pronto tendré que casarme.
Noah la miró, y esta vez su aura cambió.
El rosa se desvaneció ligeramente, dando paso a un azul tenue.
Tristeza.
—¿Y no hay posibilidad de que elija? —preguntó—. Es princesa.
—No —respondió con una calma que no era del todo real—. La tendría si mi hermano no me odiara, pero conociéndolo, me entregará a quien le ofrezca lo que, a su consideración, sea el mejor trato.
Noah la observó en silencio y el azul se intensificó.
—No se ponga así —dijo Seraphine, con una pequeña sonrisa—. Con suerte me casaré con un viejo y se morirá pronto.
Noah la miró con incredulidad.
—¿Que no me ponga así?
—Sí —respondió ella—, triste.
—¿Cómo lo supo?
Seraphine lo miró unos segundos, evaluando la mejor respuesta y, con la naturalidad de quien ha pasado toda su vida ocultando un don que podría condenarla, dijo:
—Sus ojos son muy expresivos.