Noah tardó unos segundos en reaccionar después de que Seraphine apartara las enredaderas.
Había esperado muchas cosas.
Una cabaña abandonada o incluso una especie de laboratorio oscuro lleno de objetos inquietantes, porque, siendo sincero, acababa de descubrir que las brujas existían y no tenía demasiados puntos de referencia más allá de películas y series.
Lo que encontró fue algo completamente diferente.
Y mucho más bonito.
—Vaya... —murmuró.
Seraphine sonrió con evidente orgullo.
—¿Le gusta?
—Parece la casa de un hada.
—¿Eso es algo bueno?
—Sí.
—Excelente, porque de todas formas iba a fingir que fue un cumplido.
Noah soltó una risa mientras contemplaba todo.
El lugar era más grande de lo que parecía desde afuera.
El aire estaba impregnado de aromas suaves y agradables. Lavanda, miel, flores secas y algo más que no logró identificar.
Las vigas de madera del techo estaban cubiertas de ramilletes de hierbas colgando boca abajo.
Había frascos de cristal alineados en estantes de madera. Frascos grandes, pequeños, redondos, alargados. Muchos estaban vacíos, pero unos cuantos contenían pétalos, raíces, polvos y líquidos de distintos colores.
También había recipientes de barro, cuencos de piedra, morteros y libros apilados en cada superficie disponible.
Todo estaba ligeramente desordenado, pero de forma acogedora.
—Esto es increíble, princesa.
—Paso mucho tiempo aquí.
—Puedo notarlo.
Noah giró sobre sí mismo observándolo todo.
Le resultaba imposible decidir qué mirar primero.
—¿Y esto?
Señaló un manojo de flores violetas colgando del techo.
—Lavanda.
—¿Y eso?
—Manzanilla.
—¿Y aquello?
—Romero.
—¿Y aquello otro?
—También romero.
Noah parpadeó.
—Hay mucho romero.
—Porque sirve para muchas cosas.
—¿Y qué es esto?
Tomó un pequeño frasco lleno de pétalos secos.
—Caléndula.
—¿Y para qué sirve?
—Para heridas.
—¿Y aquello?
—Menta.
—¿Y...?
—Noah.
Él la miró.
Seraphine estaba riéndose.
—Si sigue así, el amanecer nos atrapará aquí.
—Lo siento —dijo él.
—Descuide. Su curiosidad me parece fascinante.
—A mí me parece fascinante todo esto. Usted... que tenga magia.
Ella pareció complacida por la respuesta.
—¿Siempre es así de encantador?
—¿Cómo dice?
—A menudo los hombres no son tan... así —lo señaló de arriba abajo—. Daemon es bueno, me protege y sé que me quiere, pero es tosco. En cambio usted...
—¿Soy blando? Porque desde que llegué aquí siento que moriría si no estuviera siendo acogido por usted —dijo con media sonrisa.
Seraphine soltó una risita.
—Sí, es blando.
—Princesa, creí que fingiría que no y me llevaría la contraria.
Ella volvió a reír.
—Disculpe, no creo que sea algo negativo —le sonrió—. Me gusta que me escuche y que tenga una forma tan amable de hablar.
Noah le devolvió la sonrisa y continuó observando los estantes.
Aquel lugar se sentía tan reconfortante como Seraphine.
Nada de aquello parecía la guarida oscura de una bruja malvada.
Parecía el refugio de alguien que amaba profundamente lo que hacía.
Como una cocina para un chef o un taller de costura para una modista.
—Entonces... ¿cómo funciona exactamente su magia?
Seraphine caminó hasta una mesa de trabajo y comenzó a mover algunos frascos.
—Depende.
Seraphine tomó un pequeño recipiente de barro y comenzó a colocar algunas hierbas dentro.
—Las personas creen que toda la magia consiste en lanzar rayos o provocar explosiones.
—Bueno, es lo que suelen hacer las brujas en las películas.
—¿Películas?
—Luego le explicaré.
—Bien.
Tomó unas flores secas y las añadió al recipiente.