A la mañana siguiente, Seraphine salió de su alcoba y observó a Daemon.
—Buenos días —lo saludó.
—Buenos días, Su Alteza.
Seraphine sonrió apenas y entonces reparó en Noah.
Estaba erguido junto a Daemon, vestido con el uniforme de guardia.
El resultado era... curioso.
La ropa le quedaba bien. El problema no era el uniforme sino Noah.
Porque, aunque llevaba uniforme de guardia, seguía teniendo exactamente la misma apariencia de hombre que jamás había trabajado en su porte.
—Noah.
—Princesa —respondió él, inclinando la cabeza.
Seraphine observó la rigidez de sus hombros y luego miró a Daemon.
—¿Estás enseñándole a comportarse?
Daemon asintió con absoluta seriedad.
—Es eso o que Su Majestad decida cortarle la cabeza por comportamiento extraño.
Los ojos de Noah se agrandaron inmediatamente.
—No, eso no va a pasar —dijo Seraphine, lanzándole una mirada de reproche a Daemon—. Está a salvo.
—Su Alteza, no estoy de acuerdo.
—Daemon...
—No. No voy a callarme.
Seraphine suspiró.
Aquello era exactamente lo que ocurría cada vez que Daemon decidía que estaba protegiéndola.
Se volvía imposible.
—¿Eso no es una falta de respeto? —preguntó Noah, genuinamente confundido.
Daemon lo observó.
—Lo sería si Su Alteza no me dijera constantemente que soy como un hermano.
—Porque lo es.
—Y si soy como un hermano —continuó Daemon sin perder el hilo—, entonces ella debe escuchar lo que tengo para decir desde el respeto y la preocupación ante cualquier cosa que la ponga en peligro.
Noah parpadeó.
—¿La estoy poniendo en riesgo?
—Lo hará si el rey viene y ve que la princesa le ha dado un lugar como guardia cuando está claro que podría caerse con un simple empujón.
Noah la buscó inmediatamente con la mirada.
Claramente esperaba ayuda.
—Es cierto que el rey podría sospechar que hay algo raro —admitió ella.
—¿Cree que quiera saber de dónde vengo? No puede matarme por un accidente temporal.
Daemon soltó una especie de resoplido.
—Su Majestad podría matarlo por cualquier cosa.
Noah se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Están quemando mujeres a diario con excusas deplorables —continuó Daemon—. Y he visto hombres ir a la horca sin una explicación coherente.
Seraphine observó inmediatamente el aura de Noah.
El azul apareció otra vez con vetas grises temblorosas.
Era difícil culparlo por sentir miedo, después de todo, provenía de una época donde la gente parecía resolver la mayoría de los conflictos sin recurrir a decapitaciones.
—Lo está asustando.
—Es un hombre, no debería asustarse —dijo Daemon con brusquedad.
Seraphine alzó el mentón.
—Pues no lo es porque los hombres de su época son muy agradables.
Daemon pareció ofendido.
—¿Está diciendo que yo no soy agradable?
—Estoy diciendo que usted tiene la delicadeza emocional de una roca.
Noah soltó una carcajada.
Daemon giró lentamente la cabeza hacia él.
Noah dejó de reír inmediatamente.
—Su Alteza, no tengo nada en contra de este hombre —empezó a decir Daemon.
—¿No? —preguntó Noah.
—No.
—Porque empieza a parecer que sí.
—No tengo nada en su contra —insistió—. Pero si se queda tiene que aprender a pelear.
Seraphine soltó una risa incrédula.
—¿Quiere entrenarlo?
—Sí.
Noah abrió los ojos.
—¿Entrenarme?
—Sí. Debe saber pelear.
Noah negó, completamente horrorizado.
—Yo no voy a pelear con nadie, mis padres no me educaron para irme a las manos como un cavernícola.
Daemon lo observó de arriba abajo, luego miró a Seraphine.
—¿Qué ha pasado con los hombres en el futuro?
Seraphine lanzó una mirada de advertencia.
Primero porque no había motivos para ser tan hosco con un invitado.
Y segundo porque no encontraba absolutamente nada malo en que los hombres se hubiesen vuelto más sensibles.