Noah había llegado a la conclusión de que Daemon era un hombre incapaz de sonreír.
No lo deducía porque jamás lo hubiese visto hacerlo, sino porque alguien que golpeaba personas con tanta naturalidad difícilmente podía encontrar algo gracioso en la vida.
Noah sostenía un palo de madera entre las manos con una inseguridad cada vez menos disimulada mientras observaba a Daemon adoptar una postura firme frente a él.
No parecía especialmente complicada. Los pies separados, la espalda recta y los hombros relajados.
Noah estaba convencido de que podía imitar aquello.
Cinco segundos después recibió el primer golpe.
—¡Ay!
Daemon bajó el palo con absoluta tranquilidad.
—La guardia está muy baja.
Noah se frotó el antebrazo.
—¿No podría simplemente decírmelo?
—Lo hice.
—Sí, pero también me golpeó.
—Así lo recordará mejor.
Noah abrió la boca para responder, pero terminó cerrándola.
Lamentablemente, el argumento tenía cierta lógica.
Solo que dolía.
Mucho.
Respiró hondo, volvió a colocarse en posición y levantó el palo con más decisión.
—¿Así?
Daemon lo rodeó lentamente, observándolo desde distintos ángulos.
—Mejor.
Noah sonrió con alivio.
Entonces sintió otro golpe. Esta vez en la pierna.
—¡Otra vez!
—Sonrió.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—Cuando uno sonríe en un combate suele bajar la guardia.
Noah lo miró completamente incrédulo.
—¿En serio?
Daemon no respondió.
Simplemente volvió a levantar el palo.
Noah tragó saliva.
Por primera vez en su vida deseó con todas sus fuerzas estar estresado por el trabajo y no por ser golpeado.
—Atáqueme.
—¿Qué?
—Atáqueme.
Noah dudó unos segundos.
—No quiero golpearlo.
—No podrá.
Aquello sonó peligrosamente parecido a un desafío.
—Bueno... usted lo pidió.
Sujetó el palo con ambas manos y avanzó con más entusiasmo que técnica.
Daemon apenas dio un paso hacia un lado.
Noah sintió que el palo desaparecía de sus manos.
Parpadeó, miró sus manos vacías y luego observó el palo... ahora en poder de Daemon.
Todo había ocurrido tan deprisa que ni siquiera estaba seguro de cuándo lo había soltado.
—¿Cómo hizo eso?
Daemon le devolvió el palo.
—Otra vez.
—No respondió mi pregunta.
—Porque primero tiene que aprender a sostener un arma.
Noah suspiró resignado y volvió a colocarse frente a Daemon.
Esta vez estaba decidido a no recibir otro golpe.
No duró demasiado.
El palo volvió a encontrar su hombro.
—¡Pero si ni siquiera me moví!
—Precisamente.
—Empiezo a creer que haga lo que haga voy a terminar golpeado.
—Eso dejará de ocurrir cuando aprenda.
Noah murmuró algo que Daemon decidió ignorar.
O quizá no lo había entendido.
Con un poco de suerte era lo segundo.
A unos metros de allí, bajo la sombra de un gran árbol, Seraphine bordaba.
Noah la vio de reojo.
Ella parecía completamente ajena a su sufrimiento.
Movía la aguja con delicadeza. De vez en cuando levantaba la vista, los observaba y regresaba a lo suyo.
—¡Princesa! —llamó Noah.
Ella levantó la cabeza inmediatamente.
—¿Sí?
—¿No puede intervenir?
Seraphine miró a Daemon y unos segundos después a Noah.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque me está golpeando.
Daemon carraspeó.
—Lo estoy entrenando.
—Con demasiada dedicación.
Seraphine pareció ocultar una sonrisa.
—Va muy bien.
Noah levantó las cejas.
—¿En serio le parece que voy bien?
—Mucho mejor que hace un rato.