Isabel
Los días posteriores a la noche en el Heurigen seguían frescos en mi memoria: las risas, la música... y la mirada de Thomas. Febrero había comenzado, trayendo consigo el último mes del invierno. Mis días transcurrían entre la rutina de mi tía y, cuando el clima lo permitía, pequeñas exploraciones por Viena: cafés, plazas, museos.
Pero hoy, la nieve caía con fuerza y las temperaturas se habían desplomado, así que decidí quedarme en el apartamento de mi Tia.
Desde la laptop, me sumergí en la búsqueda de pueblos austríacos que pudiera visitar durante el mes y medio que aún me quedaba en el país. ¡Eran simplemente hermosos!
—Hallstatt… —susurré, mientras las imágenes del pueblo aparecían en la pantalla.
Anoté el nombre en mi lista de destinos pendientes, con la idea de preguntarle a mi tía si podríamos ir, o al menos pedirle consejo sobre cómo llegar en tren.
De repente, el teléfono sonó, interrumpiendo mis pensamientos. Era Dafne.
—Hallo! Isabel! Wie geht’s? (¡Hola, Isabel! ¿Cómo estás?) —dijo al otro lado de la línea, con su entusiasmo habitual.
—Dafne! Hallo! Mir geht es gut, und dir? (¡Dafne! ¡Hola! Estoy bien, ¿y tú?) —le respondí en alemán.
—Mir geht es gut, danke. (Estoy muy bien, gracias) —contestó—. Isabel, te llamaba para saber si estás libre hoy —añadió en inglés.
—Sí, mi tía salió a trabajar y me quedé en su casa —respondí.
—¡Perfecto! ¿Qué te parece si vamos de compras? —propuso—. Necesitamos conseguirte todo lo necesario para el viaje de esquí.
—¡Me encanta la idea! —exclamé.
—Genial, paso por ti en media hora —dijo Dafne, y colgó.
Me apresuré a arreglarme: unos vaqueros cómodos, un suéter cálido. Cuando Dafne llegó, tomé mi abrigo y salí de la casa de mi tía, no sin antes dejarle un mensaje para avisarle.
Dafne me arrastró de tienda en tienda, convirtiendo la búsqueda de ropa para esquiar en una verdadera expedición de moda invernal. Me probé chaquetas acolchadas, pantalones ajustados que realzaban mis curvas y botas que me daban la seguridad de una montañista experimentada. Al final, con el botín de invierno asegurado, nos refugiamos en un Starbucks, en busca del calor y el aroma reconfortante del café.
Mientras sorbíamos nuestros lattes, Dafne me contaba recuerdos de sus aventuras de esquí cuando era niña. Las fotos que me mostró eran un torbellino de risas y caídas graciosas. No pude evitar sonreír ante la inocencia y alegría que irradiaban esas imágenes.
—¿Alguna vez habías jugado al “beer pong”? —preguntó Dafne, con una chispa de curiosidad en sus ojos.
—Sí, con mis hermanos y primos —respondí, recordando las noches en familia—. Son mayores que yo y solían jugar cuando nos reuníamos todos.
—¡Ah, eso lo explica todo! —exclamó Dafne, con una sonrisa cómplice—. ¡Con razón eres tan buena! Fue increíble cuando le ganaste a Thomas; nadie lo había logrado.
—Fue divertido —admití, esbozando una sonrisa, aunque la tensión de aquel momento aún persistía en mi memoria.
—Además —continuó Dafne, con mirada pícara—, pude sentir la tensión entre ustedes dos. Era como si el aire se hubiera cargado de electricidad.
—No, no fue nada de eso —respondí, intentando restarle importancia—. Seguro que fue solo la emoción del juego. Además, ya nos conocíamos del baile en la Ópera.
—¡Espera, espera! ¿Qué quieres decir con que ya se conocían? —preguntó Dafne, con los ojos muy abiertos.
—Bailamos juntos en la Ópera —expliqué, sintiéndome un poco incómoda—. Fue una coincidencia encontrarnos en el Heurigen.
Dafne me miró con incredulidad.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó—. ¡Tú eres la chica misteriosa con la que bailó! ¡Muchas chicas estaban celosas de ti!
Me reí ante su reacción.
—Fue solo un baile.
—No pareció solo un baile —respondió Dafne—. Él no suele bailar con desconocidas.
Su declaración me dejó pensando más de la cuenta, pero me negué a darle importancia. Fue solo un baile, me repetí, tratando de convencerme de que no sentía nada más que una posible atracción física hacia él. Y eso no se confunde con estar enamorada.
Cuando llegó la hora de irnos, Dafne me dejó en el apartamento de Elisa con todas las compras, incluidos los esquís que me prestó. Subí todo y lo acomodé en la sala, sintiendo cómo la emoción del viaje contrastaba con la tranquilidad del lugar, donde solo se escuchaba el suave murmullo de la nieve cayendo afuera.
Fui a la cocina para prepararme un sándwich. Mientras untaba mermelada, jamón y queso en el pan, el timbre sonó, interrumpiéndome. Extrañada, abrí la puerta y casi me atraganto con el trozo de pan que tenía en la boca.
Thomas estaba parado frente a mí, con una caja en las manos.
—Thomas… —logré decir, mientras tosía.
—Hallo, Isabel —saludó Thomas con una sonrisa que por un momento me hizo olvidar mi casi asfixia—. ¿Estás bien?
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son de dos mundos diferentes., ella es una turista, el un príncipe de ojos azules
Editado: 09.08.2025