Al cerrar estas páginas, mi mayor gratitud es para aquellos que, de manera directa o indirecta, ayudaron a que este valle encontrara su forma.
Gracias a quien, con su partida prematura, me confió una misión que superaba mis fuerzas. Tu legado fue la semilla de este libro y tu memoria es el motor que me impulsó a terminar lo que tú no pudiste. Espero que, dondequiera que estés, estas palabras te hagan sonreír.
Gracias a esa presencia que me enseñó lo que significa el amor por primera vez. Aunque los caminos se bifurcaron y el tiempo puso distancia, la huella que dejaste en mi forma de ver el mundo es imborrable.
Gracias por ser el refugio y la lección que necesitaba en el momento exacto. Gracias a los amigos que estuvieron, a los que se fueron y a los que decidieron quedarse a pesar de las sombras. Cada discusión, cada traición y cada gesto de lealtad fueron los ladrillos con los que construí mi propia fortaleza.
Gracias a mi familia y a esos seres de cuatro patas que me ofrecieron su amor incondicional cuando yo no encontraba motivos para amarme a mí mismo. Su presencia silenciosa fue el único hogar que siempre permaneció intacto. Y finalmente, gracias a ti, que sostienes este libro en tus manos.
Gracias por permitirme entrar a caminar contigo a través de este valle. Si estas palabras lograron encender una pequeña luz en tu propio camino, entonces todo el esfuerzo habrá valido la pena.