Un verano contigo

Prologo

Senti que Madrid ya me estaba asfixiando. Entre el primer año de carrera y la presión de ser la capitana de voley -esa que siempre tiene que tener la respuesta a todo- me hacia sentir que si no hacía algo loco esa noche, iba a explotar.

El bar de la zona universitaria era un caos: la música altísima y un olor a cerveza llenaba todo el lugar, pero me servía para dejar de pensar un rato.

Simplemente quería ser una chica más en la barra.

Y entonces como si el destino me jugara una mala pasada, de la nada apareció un chico (demasiado guapo, se puede decir), se apoyó en la barra como si fuese el dueño del puto bar. Con una seguridad y una calma que me puso de los nervios de punta al instante.

Llevaba una camiseta blanca, que no hacia mas que marcarle unos brazos que gritaban que sabía lo que hacía y un bronceado que no pintaba nada con el frío de Madrid. Me miró y, joder, no fue una mirada normal.
Me quede mirandolo mas de lo que debia. Pero me era imposible apartar la mirada

-Si sigues mirándome así, voy a tener que cobrarte la entrada- me soltó al oído, acercándose tanto que su perfume me dejó un poco tonta. Olía a cítricos y a peligro.

-Y si tú sigues creyéndote tan especial, vas a acabar llevándote un chasco- le respondí, intentando que no se me notara que el pulso me iba a mil por hora.

Se rió. Una risa baja, de esas que se te instalan en la cabeza y sabes que no la vas a poder sacar en dias.

-Soy Mateo-

-Emily- dije. -Pero todos me dicen Emi-

-Bueno, Emi...- Me recorrió con la mirada. Sentí un escalofrío por todo el cuerpo. -Mañana me largo de esta ciudad. Tengo un vuelo al amanecer, pero sería un delito irme sin saber si eres tan valiente como parece. ¿Nos tomamos la última o qué?-

No podia negarme, sabia que mañana me arrepentiria. Pero esa noche, todo me daba igual.

Lo que pasó después fue un descontrol total.

Lo que empezó con esa copa terminó en su apartamento, un lugar pequeño que olía a ropa limpia y a libros nuevos.
Por primera vez en mi vida, me deje llevar por el instinto.

Fue fuego.

Su piel contra la mía, sus manos en mi cintura y esa sensación de que, aunque nos acabábamos de conocer, encajábamos demasiado bien.

Cuando salí de su edificio antes de que saliera el sol, el aire de la madrugada me dio de lleno en la cara. Sonreí. Había sido la despedida perfecta para un año de mierda.
Él se iba, yo me iba. Éramos solo eso: una noche.

Unas horas más tarde, estaba sentada en el avion, con los auriculares puestos y la cabeza apoyada en la ventanilla.

Mientras despegába hacia Santander, intentaba convencerme de que el calor de Mateo se iba a quedar atrás, perdido entre los edificios de Madrid.

Me esperaba el norte. Me esperaba Liencres, el olor a mar, las olas dándome en la cara y las tardes de risas con Val.

Mi verano de siempre.

O eso era lo que yo creía, porque no tenía ni idea de que el destino es un hijo de puta y que esto no era un final, sino un principio bastante complicado.



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En el texto hay: playa, amor dolor, pasadooscuro

Editado: 30.01.2026

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