"El verano tiene sabor a sal y a secretos que no quieren ser contados."
"Hay miradas que son mapas hacia lugares donde juramos no volver."
El estruendo del tren de aterrizaje contra la pista del aeropuerto de Seve Ballesteros fue como un bofetón de realidad.
El tipo de sacudida que te recuerda que los cuentos de hadas —o las noches de errores inolvidables— se quedan a miles de kilómetros de altura, perdidos entre las nubes.
Cerré los ojos un segundo más, intentando retener el fantasma de sus manos en mi espalda. Maldita sea, Emi, concéntrate.
Adiós Madrid. Adiós a los exámenes finales que casi acaban con mi cordura. Y, sobre todo, adiós a él.
Al abrir los ojos, el verde violento de Cantabria me saludó a través de la ventanilla, recordándome que mi burbuja de libertad se había pinchado antes de empezar.
En cuanto crucé la puerta de llegadas, cargando con mi mochila y el bolso del equipo que ya pesaba una tonelada, una mancha de colores empezó a agitarse frenéticamente entre la multitud.
-¡Emi! ¡Por aquí, capitana!-
Era Val. Por supuesto que era ella.
Agitaba los brazos como si estuviera guiando a un avión perdido en mitad de una tormenta. Llevaba uno de esos vestidos de flores que solo a ella le quedan bien, el pelo hecho un desastre encantador y esa sonrisa capaz de iluminar hasta el día más gris de Santander.
Antes de que pudiera decir una palabra, me embistió en un abrazo que sabía a hogar, a coco y a ese protector solar que siempre la acompaña.
-Vale, vale... que me dejas sin oxígeno- reí, aunque me aferré a ella con fuerza.
Necesitaba que su energía me borrara la culpa de la cara.
Val se separó, pero sus manos siguieron ancladas a mis hombros. Me analizó con esa mirada que solo tienen las mejores amigas y los agentes del FBI. Sus ojos se entrecerraron, fijandose en cada detalle de mi rostro, buscando algo que le diera la razon.
-Estás rara- soltó. Así, sin filtros. Muy estilo al estilo de ella
-Vengo de dormir tres horas y hago un vuelo de una hora, Val. Estoy destruida-
-No- insistió, tirando de mi brazo para arrastrarme hacia la salida. Y en cuanto pusimos un pie fuera, el aire húmedo y salado me golpeó la cara. -No es esa tipica cara de cansancio de universitaria. Es otra cosa. Tienes esa mirada de... o bien has ganado la liga sin decirme nada, o has cometido un pecado deliciosamente prohibido en la capital-
Sentí un fuego traicionero subirme por las mejillas. Maldita sea su intuición de bruja.
-No digas tonterías. Solo quiero llegar a Liencres y que el mar me limpie la cabeza-
-Ya, ya...- Me lanzó una mirada de "no me creo nada", pero me guio hasta su coche, un viejo trasto que era básicamente una caja de zapatos llena de arena.
-Por cierto- dijo mientras tiraba mis cosas en el asiento de atrás, -Max me ha dicho que como te vea tocar un balón antes de que llegues a la casa, te confisca las rodilleras. Ya sabes cómo se pone el hermanito mayor con su papel de protector oficial del reino-
-Max siempre se cree que sigo teniendo diez años- suspiré, dejándome caer en el asiento del copiloto. -¿Qué tal la playa? ¿Mucha gente?-
Val arrancó el motor, que rugió como si estuviera pidiendo clemencia, y puso la radio a un volumen que hacía vibrar los cristales.
-Lo normal para junio. Pero prepárate, Emi, porque este año el puesto de socorrismo ha subido de nivel. Han traído gente nueva y, madre mía... creo que voy a fingir un ahogamiento diario solo para que me hagan el boca a boca-
No pude evitar soltar una carcajada. Eso era justo lo que necesitaba. A mi amiga.
-¿Tan impresionantes son?-
-No tienes ni idea. De hecho, uno de los nuevos es un primo mío que se ha venido de Madrid para pasar la temporada. Mi madre está que no cabe de felicidad y quiere que cenemos todos mañana para darle la bienvenida. No lo veo desde que éramos unos mocosos, pero las fotos que ha pasado mi tía... digamos que el chico ha crecido muy bien. Es socorrista, así que lo tendremos en la torre vigilando cada uno de nuestros entrenamientos. Te va a encantar, estoy segura-
Me quedé mirando por la ventanilla cómo los acantilados de Liencres empezaban a recortarse contra el horizonte.
Un primo socorrista. De Madrid. Una coincidencia estúpida, nada más.
Madrid es un océano de gente y el chico de la camiseta blanca, el que me hizo olvidar hasta mi propio nombre por unas horas, debía de estar a años luz de mi refugio de arena.
-Emi...- Val bajó el volumen de la música. Su voz ahora tenía ese tono suave que usaba cuando realmente le importaba algo. -¿Seguro que no pasó nada en Madrid? Es que estás aquí físicamente, pero tu cabeza es como si estuviese en otro planeta-
Miré la pequeña cicatriz en mi rodilla, esa marca de guerra que me recordaba que siempre termino lanzándome al suelo por balones imposibles, y apreté los puños sobre el regazo.
-Nada que importe, Val. Fue solo una noche. De esas que es mejor borrar del historial-
Ella me miró de reojo, seguro con la duda ya instalada en su cabeza, pero no presionó más. No le hacía falta. Estaba en casa, rodeada de ese olor a mar que tanto amaba y con la promesa de un verano inolvidable por delante. Nada podía salir mal. O eso pensaba mientras subíamos la cuesta hacia el pueblo.
Sin ver que el destino acababa de sacar de centro y el partido estaba a punto de volverse muy, muy peligroso.
El trayecto a casa fue un intento desesperado por recuperar la paz, pero eso es un concepto que se me escapa de las manos como la arena últimamente.
Val conducía su viejo trasto gesticulando en el aire, tratando de llenar mis silencios con los chismes de Liencres. Me hablaba de jubilaciones de los dueños de los chiringuitos y de torneos nocturnos, cosas que en otro momento me habrían importado, pero ahora... ahora mi mente era como un disco rayado, reproduciendo una y otra vez el eco de una risa que no debería extrañar.