"Hay silencios que gritan más fuerte que el rugido del oceano."
Hay silencios que gritan y hay cenas que se sienten como un campo de minas.
La casa de los padres de Val estaba iluminada por guirnaldas de luces amarillas que bailaban con la brisa de la noche.
Se suponía que era una celebración, una bienvenida, pero para mí se sentía como el corredor de la muerte.
Me había puesto un vestido blanco, sencillo, de esos que parecen decir que no te has esforzado nada aunque hayas pasado veinte minutos frente al espejo intentando que tus ojos no delataran que no habías dormido bien.
-Estás muy callada, capitana- susurró Max mientras entrábamos al jardín. -Ni que te fueras a enfrentar a una final de liga-
-Solo tengo hambre, Max. No analices tanto- mentí por costumbre.
En cuanto entramos, lo vi.
Mateo estaba de pie junto a la barbacoa, hablando con el padre de Val. Ya no llevaba el uniforme, sino una camisa de azul oscuro con las mangas remangadas, revelando unos antebrazos que mi memoria se encargó de recordarme de una manera tan dolorosa y exquisita a la vez.
Se reía de algo que decía su tío, una risa perfecta, de esas que te hacen creer que es una buena persona.
Pero yo sabía que no era asi, que detrás de esa fachada de chico perfecto había un caos que encajaba perfectamente con el mío.
-¡Ya están aquí!- saludo la madre de Val, viniendo a abrazarnos.
Los saludos fueron pura cortesia.
Val estaba en su mundo, moviéndose de un lado a otro, mientras yo intentaba mantener una distancia prudente con Mateo.
Pero en una mesa de jardín, la distancia es solo un mito. Y ni hablemos del destino, que definitivamente me odiaba ese día, hizo que termináramos sentados frente a frente.
-Así que...- empezó Val, mirándonos a ambos con una chispa de malicia que yo tan bien conocia, -¿cómo fue ese encuentro en Madrid? Emi dice que no fue tan importante-
Sentí que como el trozo de pan que estaba masticando pasaba por el lado equivocado. Comence a toser como loca.
Levanté la vista y me encontré con los ojos de Mateo. Él estaba sosteniendo una copa de vino, observándome con curiosidad.
-¿Asi que no fue "tan importante", eh?- repitió él, saboreando las palabras como si fueran un chiste privado. -Bueno, supongo que para alguien acostumbrada a ganar en todo, un choque accidental en un bar, no significa mucho. Pero para mí fue... revelador-
-Fue un accidente. Mucha gente para un lugar tan pequeño- intervine rápido, clavando las uñas en mis piernas bajo la mesa. -Nada de otro mundo nos chocamos y ya, Val-
-A veces lo que parece un accidente es en realidad un aviso- soltó Mateo, sin dejar de mirarme. -Como cuando ves una bandera roja en la playa. Puedes ignorarla y entrar al agua, pero sabes que vas a tener que luchar para salir-
El resto de la mesa seguía hablando, ajenos a la guerra entre nosotros que se libraba sobre el mantel de cuadros.
-¿Y qué tal el primer día en la torre, Mateo?- preguntó Max, ajeno a todo. -¿Mucha acción?-
-Lo normal. Vigilando que nadie se hunda- respondió él, y luego bajó la voz, dirigiéndose solo a mí. -Aunque hay personas que parecen decididas a hundirse solas, incluso cuando tienen a alguien dispuesto a rescatarlas-
-Quizá algunas personas prefieren nadar solas, o hundirse- respondí, sintiendo como el aire empezaba a faltarme. -Aunque el mar esté picado-
-Eso se llama orgullo, capitana-
Me levanté de golpe, incapaz de seguir con ese juego de palabras que me estaba asfixiando.
-Voy a por un poco de agua- dije, escapando de ahi, porque si me quedaba un minuto mas, no sabia que podría llegar a pasar.
El silencio de la cocina me envolvió como una ola fria. Lo necesitaba.
Apoyé las manos en la encimera y cerré los ojos, intentando que mi corazón recuperara su ritmo normal.
Es solo un verano, me repetí. Fue solo una noche.
-Huir no es propio de una capitana-
Su voz me hizo dar un respingo. Mateo estaba apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y esa mirada que parecía desnudarte completa.
La luz de la cocina era tenue, creando sombras que lo hacían parecer aún más peligroso.
-No estoy huyendo. Tengo sed- dije levantando el vaso con agua.
-Que buena mentirosa resultaste ser- sonrio dando un paso hacia el interior. -Pero yo se que tienes miedo de que lo que pasó en Madrid no fuera solo "un accidente". Tienes miedo de que haya venido a este pueblo precisamente solo por ti-
Me giré, enfrentándolo, con la respiración entrecortada.
-No te creo tan patético como para mudarte de una ciudad a un pueblito solo por una chica que apenas conoces-
Se acercó más, rompiendo esa barrera invisible que yo había intentado levantar. Y se detuvo a escasos centímetros de mí, lo suficiente para que pudiera sentir el calor que desprendía su cuerpo.
-No me conoces lo suficiente, Emi. Los problemas son mi especialidad, ¿recuerdas? Y por otra parte te aseguro que sé reconocer a alguien que se está ahogando aunque finja que no es asi-
Estiró la mano y, por un segundo, pensé que me iba a tocar. Mi piel se erizó por anticipado. Pero paso por mi costado y alcanzó el vaso que estaba detrás de mí.
-Toma tu agua- susurró, rozando mis dedos con los suyos al entregarmelo. El contacto fue eléctrico, una descarga que me recorrió la columna. -Pero deja de mentirte, capitana. Porque este verano, o aprendemos a nadar juntos, o nos vamos a hundir de una forma preciosa-
Salió de la cocina sin mirar atrás, dejándome allí, con el vaso temblando en mi mano y la certeza de que mis muros no eran tan altos como yo pensaba.
El resto de la cena fue un borrón de voces lejanas y comida que no sabía a nada. Tenía la piel encendida y el pulso como loco, como si acabara de correr un maratón en medio de una tormenta.
Me despedí de todos con una sonrisa fingida, de esas que uso cuando perdemos un partido.