Un verano contigo

3. Capitulo

"Hay miradas que parecen refugios y otras que son el aviso de una tormenta de la que nadie sale va a salir ileso"

Pasé la mañana siguiente intentando convencerme de que Liencres seguía siendo el mismo. Pero yo muy bien sabia que no era asi.

Todo se sentía diferente, como si alguien hubiera subido el contraste del mundo y ahora los colores dolieran al mirarlos.

Después de un entrenamiento agotador en el que Max no dejó de repetirme que estaba "fuera de juego", decidí que necesitaba un respiro de todo un momento.

Hay un pequeño café cerca de los acantilados, un lugar que huele a canela y a libros viejos, donde el Wi-Fi nunca llega y las conversaciones se quedan atrapadas entre las paredes de piedra. Es mi santuario. O lo era, hasta hoy.

Empujé la puerta de madera, haciendo sonar la campanilla, y el calor del local me golpeó la cara. Me dirigí directamente a la mesa del rincón, (mi favorita) la que está medio escondida detrás de una estantería.

Pero al llegar note que ya estaba ocupada.

Allí, con un café humeante y un libro entre las manos, estaba él. No llevaba el uniforme de siempre, en su remplazo vestía una sudadera gris desgastada, una maya negra y tenía el pelo más revuelto que de costumbre. Parecía... mas como del pueblo. Menos pasado y más chico. Pero la intensidad de siempre seguía ahí.

-¿Me estás siguiendo, capitana?- preguntó sin levantar la vista de la página.
Sentí un vuelco en el estómago.

-Este es mi sitio, Mateo. Yo venía aquí antes de que tú supieras que Cantabria existía en el mapa- respondí, intentando que mi voz no temblara.

Él cerró el libro despacio, dejando un dedo entre las páginas para no perder la lectura, y me miró. Sus ojos, a la luz de las lámparas, parecían menos mar y más tormenta.

-Entonces tenemos buen gusto por los escondites- hizo un gesto hacia la silla vacía frente a él. Siéntate. No muerdo. A menos que me lo pidas- me guiño

Rodé los ojos y me senté, más por orgullo que por ganas. No quería darle la satisfacción de verme huir otra vez.

-He visto tus redes- solté, sin pensar.

A veces mi boca va más rápido que mi sentido común, una característica que me ha traído más problemas de los que hubiese querido.

Mateo arqueó una ceja, dejando escapar una risa.

-¿Ah, sí? ¿Y qué has encontrado en mi desierto digital?-

-Nada- admití, cruzándome de brazos. -Absolutamente nada. Es como si no existieras fuera de este pueblo. Es... raro-

Mateo dejó el libro sobre la mesa. El título era Crónica de una muerte anunciada. Qué apropiado. Se inclinó hacia delante, invadiendo ese espacio personal que yo intentaba proteger con todas mis fuerzas.

-No me gusta dejar rastro, Emi. La gente suele usar lo que sabe de ti para construir una versión que les convenga. Prefiero ser un lienzo en blanco. Así, cuando alguien decide conocerme, tiene que hacerlo de verdad. Mirándome a los ojos, y no a una pantalla-

-O quizá es que tienes algo que ocultar- contraataqué.

-Todos tenemos algo que ocultar- susurró, y su voz se volvió tan suave que sentí como se me erizaban los vellos de los brazos. -Tú, por ejemplo, ocultas demasiado bien que te mueres de ganas por preguntarme el por qué me fui de Madrid-

El silencio que siguió fue tan denso que me sentia como si el espacio se reducia aun mas.

El camarero dejó mi café sobre la mesa y se marchó, pero yo ni siquiera me moví.

-No te preguntaría eso nunca- mentí, aunque la verdad me quemaba la garganta. -Porque sé la respuesta. Te fuiste porque lo de Madrid fue solo un error-

Mateo estiró la mano sobre la mesa, pero no me tocó. Solo dejó que sus dedos rozaran la madera, peligrosamente cerca de los míos.

-No fue un error, capitana. Fue solo el inicio- yo senti como mi corazon empezaba a latir mas fuerte de lo normal. -Y si no tengo nada en mis redes es porque mi vida real es mucho más interesante, y mas cuando tú estás en ella-

Me quedé sin palabras. Mateo tenía esa forma de hablar que te hacía sentir que el mundo se reducía. Pero yo no podía permitirme caer. No otra vez.

-Eres peligroso, ¿lo sabes?- dije, tomando un sorbo de café para ocultar que mis labios temblaban.

-Los socorristas no somos peligrosos, pequeña capitana. Estamos aquí para salvar a la gente-

-El problema- respondí, mirándolo fijamente, -es que yo no estoy segura de quién necesita ser salvado aquí. Si yo de ti... o tú de todo lo que estás intentando ocultar-

Mateo no respondió, pero la sombra que cruzó sus ojos me dijo que había dado en el clavo.

Había algo en su pasado que pesaba más que todo aqui, y yo, sin quererlo, acababa de empezar a escarbar en él.

El aire en ese rincón estaba tan cargado que casi se podían ver las chispas saltando entre nosotros.

Estaba a punto de decir algo más, algo que probablemente me habría dejado expuesta, cuando el sonido de la campanilla de la puerta rompio el silencio que se habia formado.

-¡Sabía que estarías aquí!- La voz de Val entró en el local antes que ella, rompiendo la burbuja de cristal en la que nos habíamos encerrado.

Me separé de la mesa tan rápido que casi tire mi café. Mateo, en cambio, ni se movio. Volvió a abrir su libro con tanta calma que me dio ganas de darle un puñetazo en el medio de esa cara bonita.

"No cara bonita no" me dije a mi misma

Se acercó a nosotros con las mejillas encendidas por el viento y una sonrisa que yo se que solo trae problemas.

Detrás de ella venía Max, cargando un montón de folletos brillantes.

-Menos mal que los encuentro- dijo Val, dejándose caer en la silla junto a Mateo sin pedir permiso. -Max ha tenido la idea del siglo para el torneo de julio y necesitamos que el jefe de seguridad y la capitana estrella den el visto bueno-

-Es un torneo benéfico nocturno- explicó Max, extendiendo un folleto sobre la mesa, justo encima del libro que Mateo acababa de dejar en la mesa. -Luces LED en la red, música, barbacoa en la arena. Si se que es una locura. Pero necesitamos que el puesto de socorrismo esté operativo toda la noche-



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En el texto hay: playa, amor dolor, pasadooscuro

Editado: 30.01.2026

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