"A veces, la red de voley es lo único que nos separa del abismo."
El aire de la noche en Liencres era distinto.
No era solo por el frío que me subió por los tobillos o ese olor a mar que se vuelve más denso; era esa sensación de que en la oscuridad todo se puede esconder, o quizá, termine mostrandolo todo.
Las luces LED estallaron en un azul eléctrico y un blanco que me cegaba, transformando la arena en un escenario irreal. La música retumbaba por todos lados, pero para mí era solo como un ruido de fondo.
Mis ojos, traidores, buscaron la torre de vigilancia en cuanto pisé el campo.
Allí estaba él. Un espectador silencioso en su trono de madera, con los brazos cruzados y esa mirada que parecía atravesar los focos para dar conmigo.
-¡Capitana, despierta!- Val me dio un golpe amistoso en el hombro. -¡Que ya empezamos!-
El silbato de Mateo sono por toda la playa sacandome de mis pensamientos, y que me obligó a colocarme en posición.
El primer balón llegó como un proyectil. Max sacó con una potencia. Se lo que hacia, buscaba mi punto débil, pero mi cuerpo respondió por instinto. Recepción, pase, salto. El golpe del balón contra mis manos fue el único idioma que entendía en ese momento.
-¡Mía!- grité, elevándome en el aire.
Mientras estaba allí arriba, suspendida por un segundo que pareció eterno, vi a Mateo. No se había movido, pero su mandíbula estaba tensa. Me estaba analizando. Me estaba retando a no fallar.
Golpeé el balón con toda la rabia acumulada de estos días y cayó justo en la línea. Punto.
-¡Esa es mi chica!- grito Val.
El partido continuo entre luces y sombras. Cada vez que me acercaba a la red, sentía la presión de su mirada.
No era solo un socorrista haciendo su trabajo; era Mateo marcando su territorio.
En un cambio de campo, pasé cerca de la torre. El ruido de la música era ensordecedor, pero cuando él se inclinó hacia delante, su voz llegó clara a mis oídos.
-Estás saltando demasiado alto, capitana- dijo, tan bajo que solo yo pude oírlo. -Te vas a quedar sin aire antes de que termine el set-
-Tengo aire de sobra, Mateo- respondí sin mirarlo, aunque ya sentia como mis pulmones ardían. -Deberías preocuparte por los que están en el agua, no por lo que pasa en la arena-
-En esta playa, tú eres el único peligro que me preocupa- replicó él.
Seguí caminando, con el corazón a mil, golpeando contra mis costillas.
El set estaba igualado, pero mi concentración se estaba desmoronando.
Cada vez que Max remataba, cada vez que Val reía, yo solo podía pensar en que Mateo estaba contando cada uno de mis movimientos.
El marcador llegó al 20-20. El set definitivo.
Me coloqué para sacar. El balón pesaba más de lo normal. Miré hacia la torre una última vez. Mateo se había quitado las gafas de sol y sus ojos azules brillaban bajo los focos con una intensidad que me dejó sin aliento.
"No dejes de saltar", recordé.
Lancé el balón, salté y sentí que el mundo desaparecía. El impacto fue perfecto. El balón voló sobre la red, rozó los dedos de Max y se hundió en la arena.
Set para nosotros.
La grada improvisada estalló en aplausos, pero yo me quedé inmóvil, mirando hacia arriba. Él asintió muy despacio, una señal casi imperceptible de respeto. Pero no sonreía. Su mirada era una promesa silenciosa de que esto era solo el principio. Y que en la oscuridad de la playa, ganar un set era lo más fácil que me iba a pasar esa noche.
El pitido final del set quedó suspendido en el aire, mezclándose con los gritos de alegria de la gente y el retumbar de los bajos de la música.
Val saltó sobre mí, gritando algo de mi último saque, pero sus palabras eran como interferencia en una radio vieja. Yo solo sentía el sudor corriéndome por la nuca y el peso de una mirada que no me soltaba.
-¡Cinco minutos de descanso!- diji Max, secándose la cara con una toalla. -¡Emi, has estado increíble, pero hidrátate o te vas a desmayar antes del segundo set!-
Asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra. Necesitaba salir de allí. Necesitaba que el aire dejara de oler a la adrenalina de los demás y volviera a oler a mar.
Caminé hacia mi mochila, que estaba tirada cerca de los soportes de la torre de madera. Cada paso que daba me acercaba a él, y cada centímetro que recortaba la distancia hacía que mis defensas se agrietaran un poco más.
Me agaché para buscar mi botella de agua, intentando ignorar las largas piernas de Mateo que colgaban desde la plataforma de arriba.
-Sabes que el exceso de confianza es lo que hace que los nadadores se ahoguen- Su voz cayó sobre mí como un balde de agua helada.
Me incorporé despacio, bebiendo un trago de mi botella que me supo a gloria y a derrota. Levanté la vista. Él estaba allí, apoyado en la barandilla, mirándome desde su altura con una mezcla de diversión y algo mucho más oscuro que no me atrevía a nombrar.
-No es confianza, Mateo. Es técnica- respondí, limpiándome los labios con el dorso de la mano. -Deberías saber la diferencia.
-La técnica y la confianza te hacen ganar partidos, capitana. Pero tu mirada, es la que te delata. Estás jugando como si estuvieras huyendo de algo. O de alguien-
Bajó las escaleras de madera con una paz exasperante. Uno, dos, tres escalones.
Cuando llegó a la arena, el mundo pareció encogerse. Ya no había música, ni luces, ni gente celebrando. Solo estábamos nosotros dos, rodeados por la oscuridad que las lámparas no lograban alcanzar.
-No estoy huyendo de nada- mentí, y mi voz salió más rota de lo que hubiera deseado. -Solo estoy intentando terminar este torneo y seguir con mi vida-
-¿Tu vida?-Mateo dio un paso hacia adelante, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra uno de los postes de madera de la torre. -¿Te refieres a esa vida donde finges que no nos conocemos? ¿Donde haces como si aquella noche en Madrid no hubiera sido el terremoto que nos cambió el mapa?-