Un verano contigo

6. Capitulo

"A veces, la persona que te salva la vida es la misma que te robó el futuro."

El segundo set empezó con una violencia que no tenía nada que ver con el deporte.

Cada vez que mi mano golpeaba el balón, sentía que le estaba pegando a mi propia frustración. El aire se había vuelto más frío, pero yo ardía por dentro.

Max estaba imparable, sus remates eran misiles que buscaban el suelo con furia, y yo me lanzaba a por ellos como si salvar un punto pudiera salvar mi cordura.

Pero mi mente seguía en la base de la torre. Seguía en el rastro frío que sus dedos habían dejado en mi mejilla.

-¡Concéntrate, Emi!- me gritó Max tras un bloqueo fallido. -¡Estás llegando tarde a todas!-

Tenía razón. Estaba llegando tarde a los pases y a la vida. Estaba atrapada en el "hubiera sido" de Madrid mientras el presente me pasaba por encima.

Miré hacia la torre. Mateo estaba de pie, con el silbato entre los labios, pero no pitaba. Solo observaba. Su figura recortada contra la oscuridad era el recordatorio constante de que él era el único que sabía que mi armadura de capitana estaba llena de grietas.

El marcador marcaba un empate cuando, de repente, el ritmo de la música cambió. No fue la canción, fue algo en el ambiente. Un grito que no venía de la grada improvisada, sino de más allá de las luces. De la oscuridad del mar.

-¡Ayuda!- El grito fue débil, desgarrado por el viento.

El silbato de Mateo sonó entonces. No fue el pitido corto de una falta; fue un silbido largo, agudo, que cortó dejo a todos en silencio.

Antes de que yo pudiera procesar lo que estaba pasando, vi una mancha roja saltar desde la torre.

Fue un salto perfecto. Mateo no dudó. Sus pies golpearon la arena y corrió hacia la orilla con una velocidad que me dejó sin aliento.

-¡Emi, quédate aquí!- ordenó Max, pero mis piernas ya se movían solas.

Corrí tras él. La arena seca me frenaba, pero llegué a la orilla justo cuando Mateo se lanzaba al agua fría del Cantábrico.

El impacto del agua contra su cuerpo produjo un sonido horrible desapareciendo bajo una ola y, por un segundo, mi corazón se detuvo. El miedo que sentí no fue el de una capitana por perder un juego; fue el miedo de perder la única cosa que me hacía sentir viva.

-¡Mateo!- grité, aunque sabía que no podía oírme.

Val y Max llegaron a mi lado, jadeando. La música se había cortado. Las luces LED iluminaban la orilla, pero más allá de la espuma blanca, solo había una boca de lobo negra y hambrienta.

Pasaron segundos que parecieron siglos. Entonces, a unos veinte metros, vi su cabeza emerger. Llevaba a alguien. Un turista, un chico joven que probablemente había creído que el mar de noche era un juego.

Mateo luchaba contra la corriente con brazadas potentes, cada una de ellas una declaración de guerra contra el océano.

Cuando finalmente sus pies tocaron fondo y salió del agua arrastrando al chico, me quedé petrificada. Estaba empapado, la camiseta pegada al cuerpo, el pecho subiendo y bajando con violencia.

Dejó al chico en la arena y, sin esperar a que nadie lo ayudara, comenzó a realizar las maniobras de seguridad.

-Está bien- dijo finalmente, su voz entrecortada pero firme. -Solo ha tragado un poco de agua y tiene un ataque de pánico. Llevenlo a la zona de ambulancias-

Max y otros dos chicos se llevaron al turista. La gente empezó a dispersarse, murmurando sobre el susto, pero yo no me moví. Me quedé allí, frente a él, con el agua rozando mis zapatillas y el frío calándome los huesos.

Mateo se puso de pie, pasando una mano por su pelo mojado. Estaba temblando, aunque intentaba ocultarlo. El azul de sus ojos ahora era casi negro, reflejando el vacío del mar.

-Te dije que las corrientes de noche eran traicioneras, capitana- dijo, intentando recuperar su tono sarcástico, pero su voz temblaba por el agotamiento.

-Podrías haberte ahogado- susurré, y sentí que las lágrimas, esas que llevaba días reteniendo, empezaban a nublarme la vista. -Eres un idiota. Un maldito idiota arrogante-

Él dio un paso hacia mí, dejando un rastro de agua en la arena. Se detuvo justo frente a mí, y esta vez no hubo nada de por medio, ni redes, ni mentiras.

-Es mi trabajo, capitana. Salvar a la gente que no sabe dónde se mete-

-¿Y quién te salva a ti, Mateo?- le pregunté, con la voz rota por el llanto. -¿Quién te saca a ti cuando te hundes?-

Mateo no respondió. Acortó la distancia que quedaba y me rodeó con sus brazos mojados. Estaba helado, pero su contacto era lo más cálido que había sentido en años.

Me hundí en su pecho, aspirando el olor a sal, a miedo y a él. No me importó que mi ropa se manchara de arena o que el frío me hiciera castañear los dientes.

-Nadie- susurró contra mi pelo. -Hasta ahora, nadie lo había intentado-

Me separé un poco, lo suficiente para mirarlo a los ojos. Y allí, bajo la luces que habiamos puesto y el cielo infinito de Cantabria, comprendí la verdad: que a veces, para salvar a alguien, primero tienes que dejar que te rompa el corazón.

-No dejes de saltar, me dijiste- murmuré, acariciando su rostro mojado.

-Y no lo has hecho- respondió él, acercando sus labios a los míos.-Has saltado justo al centro de mi desastre-

Y me beso, no fue como en Madrid. No fue un encuentro fugaz. Fue un naufragio consentido. Fue el segundo set terminando en un empate que ninguno de los dos quería romper, mientras el mar, a nuestras espaldas, seguía rugiendo, recordándonos que las historias más hermosas son siempre las que ocurren al borde del abismo.

El beso me supo a la sal del mar, a miedo y a una verdad que ninguno de los dos quería pronunciar en voz alta.

Fue un choque de dos náufragos que, por fin, encontraban un trozo de madera al cual aferrarse en medio de la tormenta.

Sus labios estaban helados, pero el fuego que sentí en mi pecho fue suficiente para ignorar que el mundo entero nos estaba mirando.



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En el texto hay: playa, amor dolor, pasadooscuro

Editado: 30.01.2026

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