"Y todo fue gracias a una noche. La noche en la que aprendí que el silencio puede ser el grito más fuerte de todos."
No pude dormir. El mensaje anónimo seguía parpadeando en mi mente como una señal de avería.
Me levanté de la cama, necesitando algo que me devolviera el sentido de la realidad, y busqué en mi la nota de Mateo, y fue entonces cuando algo cayó al suelo.
No era mi cartera, ni la nota. Era un cuaderno pequeño, de tapas negras y gastadas, un poco mojado.
Mateo lo debió de meter en la mochila sin darse cuenta durante el caos del beso y el rescate.
Lo abrí con las manos temblorosas. No había poemas, ni dibujos. Eran listas. Fechas, lugares y nombres.
“Playa las Presillas, 2022: Rescate exitoso”.
“Piscina pública, Madrid, 2023: Rescate exitoso”.
Seguí pasando las páginas, sabia que lo que hacia estaba mal, pero ya no podia parar.
Sentia que me adentraba en el historial de un hombre que contaba su vida a través de las vidas que salvaba.
Hasta que llegué a la última página escrita.
"Madrid: 14 de Julio."
No había descripción. Solo un nombre tachado con tanta violencia que el bolígrafo había rasgado el papel, dejando una herida abierta en la hoja. Debajo, una sola palabra escrita con una caligrafía temblorosa:
"Perdón."
Un ruido afuera me hizo saltar. Me asomé a la ventana y vi una silueta cruzar el jardín de los tíos de Val. Era él. Mateo se subió a una vieja furgoneta de un color verde desgastado. Un vehículo que parecía una mancha en la noche.
El motor rugió y arrancó a toda prisa.
No lo pensé. Cogí las llaves del coche de Max y lo seguí.
Conducir en mitad de la noche, persiguiendo las luces traseras de esa furgoneta, se sentía como perseguir a un criminal.
Mateo se dirigía hacia el acantilado más alejado, donde el viento sopla tan fuerte que parece que quiere arrancarte la piel.
Cuando aparcó, me detuve justo detrás. Lo vi bajar, con el uniforme todavía puesto, pero desabrochado, revelandole el pecho que subía y bajaba con violencia.
-¡Vete, Emi!- gritó en cuanto me vio bajar del coche.
No se acerco. Se limitó a caminar hacia el borde del precipicio.
-He visto el cuaderno, Mateo- dije, alzando la voz sobre el ruido del viento. -Que significan esas fechas y el nombre tachado?-
Él se detuvo. Sus hombros se tensaron. Se giró despacio y su mirada no era de rabia, sino de pura desesperacion.
No dijo nada. No me dio explicaciones, ni me contó que era todo eso. Simplemente caminó hacia mí con pasos pesados, cargados de una intención que me hizo retroceder hasta chocar contra el lateral de su furgoneta verde.
-No deberías estar aquí- susurró cuando estuvo a centímetros de mi cara. Su aliento olía a mar y a tormenta.
-No me voy a ir- lo desafié, aunque mi respiración empezaba a fallar.
Mateo solo me miro. Apoyó ambas manos en la chapa, a cada lado de mi cabeza, encerrándome.
Intentaba alejarme con su silencio, con esa frialdad que pretendía ser un muro, pero sus ojos lo traicionaban. Me miraba los labios con una sed que no se apagaba con nada.
La tensión estalló entre nosotros como un relámpago. Era una fuerza física, algo que nos empujaba a colisionar a pesar de que todo en nuestra cabeza gritaba "peligro".
Él apretó los dientes, luchando contra sí mismo, intentando mantener la distancia que su pasado le exigía.
-Eres una distracción que no puedo permitirme- gruñó, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozaron. Su voz era una caricia áspera. -Vete a casa, Emi. Vuelve a tu vida perfecta y olvídate de que este desastre existe-
-Oblígame- le reté, clavando mis dedos en su pecho.
Él soltó un quejido bajo, una mezcla de derrota y deseo. Sus manos bajaron de la furgoneta para agarrar mi cintura con una fuerza que me dejó sin aliento, pegándome a él de forma que no quedara ni un milímetro de aire entre nuestros cuerpos.
Sus labios rozaron mi oreja, y sentí su corazón golpeando contra el mío, una confesión muda de que, por mucho que quisiera alejarme, ya era demasiado tarde.
El silencio entre nosotros era una cuerda tensa a punto de romperse.
Mateo no me queria decir el nombre del cuaderno, ni por qué volver a Madrid le dolía tanto, pero en la forma en que me sujetaba, en la urgencia de sus manos sobre mi espalda, me estaba diciendo todo lo que no se atrevía a pronunciar: que me quería lejos para protegerme, pero que me necesitaba cerca para no terminar de hundirse.
El mundo se redujo a ese espacio entre su cuerpo y el mío, con la chapa fría de la furgoneta castigándome la espalda y el calor de Mateo incendiándome la piel.
El viento del acantilado aullaba, pero yo solo escuchaba su respiración, ese ritmo descompasado que me decía que su autocontrol pendía de un hilo invisible.
-Te odio por haber venido- susurró él, y sus labios rozaron mi mejilla, fue un roce tan leve que me dolió. -Te odio por no tener miedo de mí-
-No te tengo miedo, Mateo. Me da mas miedo lo de nosotros-
Él soltó una queja que murió en su garganta y, finalmente, la cuerda se rompió.
Me besó.
No fue el mismo beso de la orilla, cargado de alivio tras el rescate.
Este fue un beso hambriento, desesperado, un beso que sabía a una despedida que él ya estaba planeando.
Sus labios se estrellaron contra los míos con una urgencia que hizo que mis piernas tamblaran, como si el piso desapareciera.
Me agarró el rostro con ambas manos, sus dedos todavía estaban fríos por el mar pero su boca quemaba todo a su paso.
Fue un beso que sabía a secretos guardados durante demasiado tiempo.
Sentí su lengua reclamando la mía, una lucha de poder donde ambos estábamos perdiendo.
Me aferré a sus hombros, mis uñas clavándose en la tela de su uniforme desabrochado, intentando acercarme mas a él, intentando decirle a través del contacto que no me importaba el cuaderno, ni Madrid, ni su pasado. Solo me importaba él.