"Max es el escudo, pero Mateo es la espada que me atraviesa."
Conducir de vuelta fue todo un reto.
Mis manos, todavía impregnadas del olor de Mateo, apenas tenían fuerza para sostener el volante.
La carretera se desdibujaba a través de mis lágrimas, pero no podía permitirme parar; si lo hacía, me quedaría atrapada en ese acantilado para siempre.
Cuando llegué a casa, apagué el motor y me quedé un momento ahi, a oscuras.
El silencio del coche de Max me pesaba más que el ruido del mar.
Guardé el cuaderno entre mi ropa, escondiéndolo como si fuera un arma delictiva, y entré en casa intentando no hacer ruido.
Pero fue imposible, alguien ya me esperaba.
Max estaba sentado en el sofá del salón, con la luz de una pequeña lámpara de mesa encendida. No tenía puesta la televisión, ni el móvil en la mano. Solo estaba allí, con la mirada perdida en la alfombra y una taza de café ya fría sobre la mesa.
Me detuve en el umbral, con el pelo revuelto, la ropa llena de arena y los ojos que gritaban lo que mi boca no se atrevía a decir.
Esperé el grito. Esperé el "¿dónde has estado?" o el "te dije que no te acercaras a él".
Pero Max solo levantó la vista. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi rostro todo desastroso de tanto llorar, y su expresión se suavizó hasta convertirse en una mueca de pura tristeza.
-Hay mantas limpias en el armario del pasillo- dijo con una voz suave, casi un susurro.
No hubo recriminaciones. No hubo juicio. Max se levantó despacio, caminó hacia mí y, sin pedir permiso, me envolvió en un abrazo que olía a hogar, a nuestra infancia, a domingos de voley y a esa seguridad que solo un hermano puede darte cuando el resto del mundo se está cayendo a pedazos.
-Me ha dejado sola- solté contra su pecho, rompiendo a llorar de nuevo. Las lágrimas empaparon su camiseta, pero él no se apartó. -Me ha besado y luego... luego se ha ido como si yo solo fuera un error-
Max me acarició el pelo lentamente como cuando eramos niños manteniéndome de pie cuando mis rodillas amenazaban con fallar.
-Mateo es como un animal herido, pequeña- murmuró. -Y los animales heridos muerden a los que intentan curarlos porque no saben distinguir el amor del dolor. No es culpa tuya. Nunca lo ha sido-
-Tú sabes qué pasó en Madrid, ¿verdad?- le pregunté, separándome lo justo para mirarlo a los ojos. -Sabes por qué tiene una lista de nombres y uno tachado con tanto odio-
Max suspiró y se pasó una mano por la cara, pareciendo de repente mucho mayor de lo que era.
Me guió hacia el sofá y me obligó a sentarme, envolviéndome en una manta de lana.
-Sé lo suficiente para saber que Mateo no vino a Liencres a buscar un trabajo, Emi. Vino a buscar un castigo. Lo de Madrid... no me corresponde a mí contarlo. Pero te prometo una cosa: él no te dejó en ese acantilado porque no te quisiera. Te dejó allí porque cree que es la única forma de que no termines como los nombres de su cuaderno, de protegerte -
-¿Y si yo no quiero que me proteja?- dije con rabia, apretando la manta entre mis dedos. -¿Y si prefiero el riesgo de hundirme con él a la seguridad de perderlo?-
Max se quedó callado un largo rato. Se sentó a mi lado y apoyó su cabeza contra el respaldo del sofá.
-Entonces vas a tener que aprender a bucear muy profundo, hermana. Porque Mateo está en el fondo del océano y no tiene intención de subir a por aire-
Esa noche, Max se quedó conmigo en el salón hasta que el cielo empezó a teñirse de un gris pálido. No hablamos más de Mateo, ni del cuaderno. Y se lo agradezco.
Hablamos de tonterías, de nuestro próximo viaje, de cualquier cosa que pudiera servir de parche para la herida abierta en mi pecho.
Pero cuando finalmente subí a mi habitación y vi el sol asomarse por el horizonte, comprendí que la tregua de Max era solo eso: un respiro antes de la batalla final.
Mateo seguía ahí fuera, cargando con un perdón que no sabía pedirse a sí mismo.
Y yo, a pesar del abandono en el acantilado, sabía que no iba a detenerme hasta descubrir el nombre aquel que le robaba el sueño al chico que me había enseñado que el mar también puede arder.
El sol salió en Liencres, pero para mí todo seguía siendo noche. El vacío que Mateo había dejado se había transformado en una rabia que me quemaba por dentro.
No quería investigar, no quería respuestas a medias; quería que él me mirara a los ojos y me dijera por qué sus labios decían una cosa mientras sus pies corrían en dirección contraria.
Fui a la playa. No podía evitarlo. Era como si el mar fuera un imán y yo un trozo de metal oxidado.
Allí estaba su furgoneta, aparcada de forma arrogante cerca de la torre. Mateo estaba arriba, sentado en su silla de vigilancia, con los prismáticos en la mano y la espalda tan recta que parecía de piedra.
Ignoré a Max, ignoré a Val y caminé directamente hacia la base de su torre.
-Baja- dije, sin levantar la voz, pero con una firmeza que hizo que un par de turistas se giraran.
Él no se movió. Ni siquiera bajó los prismáticos.
-Estoy de servicio, Emily. Vete a jugar al voley-
-No me voy a mover de aquí hasta que bajes y me mires a la cara- dije lo mas firme que pude. -O bajas tú, o subo yo, y te juro que no te va a gustar que haga una escena delante de todo el pueblo-
Vi cómo sus hombros se tensaban. Lentamente, dejó los prismáticos y bajó las escaleras.
Cada paso que daba hacia la arena era un latido violento en mi pecho. Cuando llegó al último escalón, se quedó a escasos centímetros de mí. Su olor —sal, sudor y ese perfume prohibido— me golpeó como una ola.
-¿Qué quieres?- preguntó, con una frialdad que pretendía ser un muro. Pero sus ojos... sus ojos estaban gritando lo contrario.
-Ayer me besaste como si te estuvieras muriendo y hoy me tratas como si fuera una extraña. No me des ese discurso de que eres un desastre, Mateo. Si vas a destruirme, hazlo de frente, no huyendo a mitad de la noche-