Un verano contigo

9. Capitulo

"La felicidad es una burbuja de cristal en un mundo de piedras."

El silencio que siguió al frenazo fue tan violento como la velocidad misma.

El motor de la furgoneta verde emitió un último suspiro y murió, dejando paso al ruido del viento golpeando contra la chapa.

Estábamos allí, suspendidos entre el cielo negro y el mar embravecido.

El aire dentro de la cabina se volvió tan espeso que quemaba al respirar.

Mateo no se movió. Sus manos seguían apretando el volante con una fuerza que hacía crujir el cuero, y sus nudillos estaban blancos, casi transparentes.

Yo lo miraba, con el pecho subiendo y bajando erráticamente, sintiendo el sudor bajándome por la nuca.

-¿Por qué no has gritado?- su voz salió rota, una mezcla de rabia y una vulnerabilidad que intentaba ocultar. -Deberías haber saltado del coche. Deberías estar corriendo lejos de mí-

-No voy a correr, Mateo- dije, y mi propia voz me sonó extraña. -Ya te lo dije. No te tengo miedo-

Él soltó una risa amarga y se giró hacia mí. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad, pero en el centro brillaba algo salvaje, algo que ya no podía reprimir.

Se inclinó hacia mi asiento, invadiendo mi espacio personal de una forma que me hizo retroceder hasta chocar contra la puerta.
Su cercanía era un incendio.

-Eres una estupida- susurró, y su mano subió por mi cuello, sus dedos largos rodeando mi garganta con una presión que no llegaba a doler, pero que me cortaba el aliento. -No tienes ni idea de lo que soy capaz-

-Muéstramelo- le reté, y mi mano subió para aferrarse a su muñeca.

Ese fue el detonante.

Mateo soltó un gruñido bajo, un sonido que nació en lo más profundo de su pecho, y se lanzó sobre mis labios.

Fue como un choque de trenes. Sus labios se estrellaron contra los míos con una furia desesperada, como si estuviera intentando borrar el sabor de su pasado con el mío.

Me agarró de la cintura y me atrajo hacia él con tanta fuerza que terminé sentada a horcajadas sobre su regazo, en el estrecho espacio entre los asientos.

Mis manos se hundieron en su pelo corto y húmedo, tirando de él para pegarlo más a mí. El contacto era como una descarga que me recorría completa y me hacía olvidar que estábamos a centímetros de un precipicio.

Su boca sabía a tormenta, a café frío y a esa sal que parecía ser parte de su ADN.

Me besaba como si fuera su último acto antes de morir, con una urgencia que me hacía jadear contra su boca.

Bajó sus manos por mi espalda, sus dedos quemándome a través de la fina tela de mi camiseta, hasta que se colaron por debajo.

Sentí su piel caliente contra la mía y un escalofrío me recorrió de arriba abajo.

Mateo me sujetaba con una posesividad que me decía que no era yo quien estaba atrapada en esto, sino él quien estaba atrapado en mi red.

-Emi...- pronunció mi nombre contra mi cuello, y sentí sus dientes rozando mi piel, una caricia peligrosa que me hizo arquear la espalda. -Tienes que parar. Si no, no habrá vuelta atrás-

-No quiero volver atrás- respondí, buscando de nuevo sus labios.

Lo besé con toda la frustración de los días pasados, con todo el suspenso que nos había estado asfixiando.

Sus manos subieron para enmarcar mi rostro, y por un segundo, se detuvo para mirarme. Su respiración golpeaba mi cara, cálida y entrecortada. Sus ojos estaban nublados por el deseo, pero también por una tristeza tan infinita que me partió el alma.

En ese rincón oscuro de la furgoneta rodeados de sombras y el eco del mar, el tiempo parecio detenerse.

Mateo deslizó su mano desde mi mejilla hasta mi hombro, bajando el tirante de mi camiseta con una lentitud tortuosa. El roce de sus dedos contra mi piel desnuda era como fuego. Cada toque suyo era una pregunta que yo respondía con un gemido.

-Me vas a odiar por esto- susurró él, hundiendo su rostro en el hueco de mi cuello, respirando mi aroma como si estuviera intentando memorizarlo para el infierno que sabía que vendría después.

-Nunca- le prometí, aunque sabía que las promesas son lo primero que se rompe. Y que si no me gustaba el infierno, para que habia tentado al diablo.

Él volvió a besarme, esta vez con ternura, lo que me asustó más que su velocidad en la carretera.

Era como si supiera que este momento era un oasis en medio de su desierto, y no quisiera dejarlo ir.

Mis dedos trazaron la línea de su mandíbula, bajando por su cuello hasta sentir el latido frenético de su corazón. Estaba vivo. Estaba allí conmigo. Y por un instante, el cuaderno, Madrid y todo lo demas dejaron de existir. Solo éramos dos desastres tratando de encajar sus piezas rotas antes de que la realidad nos encontrara.

El aire dentro de la furgoneta se volvió tan denso, que hacía que cada vello de mi piel se erizara.

Mateo me sostenía por la cintura con fuerza (seguro mañana veria las marcas sus dedos en mi piel), elevándome para que mi cuerpo encajara perfectamente contra el suyo.

El roce de su pecho contra el mío, separados apenas por la tela húmeda de nuestras ropas, era una tortura deliciosa.

Él soltó un suspiro contra mi boca y bajó sus manos hacia mis muslos, subiendo mis piernas alrededor de su cintura. El contacto de mi piel contra el áspero tejido de sus pantalones disparó un espasmo de necesidad en mi.

Mateo me atrajo más, presionándome contra él, y pude sentir como su sangre, fluia por sus venas, por el latido acelerado de su corazón. Una respuesta física tan violenta como la tormenta que se formaba afuera.

-Dime que me detenga, Emi- gruñó, aunque sus manos ya buscaban el borde de mi pantalón con una urgencia que lo contradecía. -Dilo ahora, porque si sigo, no va a quedar nada de la chica que eramos antes-

-No te detengas- susurré, buscando su cuello para morder la piel justo donde su pulso golpeaba con más fuerza.

Mateo soltó un gemido que fue mitad placer y mitad agonía. Con un movimiento rápido y experto, se deshizo de mi camiseta, dejándome expuesta al frío aire de la cabina que pronto se calentó con nuestros cuerpos.



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En el texto hay: playa, amor dolor, pasadooscuro

Editado: 30.01.2026

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