"Amar en Liencres es como caminar sobre cristales rotos."
Perdí la cuenta de cuántas veces el sol cruzó el techo de mi habitación.
Los días se convirtieron en semanas y mi cuarto en un caos de cosas por todos lados y sábanas revueltas.
Me encerré en ese espacio de cuatro paredes como si fuera un búnker, buscando una protección que el mundo exterior ya no podía darme.
Max fue mi unico guardian. Tres veces al día escuchaba sus pasos en el pasillo, seguidos del leve golpe de una bandeja dejada en el suelo frente a mi puerta.
A veces abría la puerta horas después solo para encontrar un plato de pasta casi intacto o una manzana que se oxidaba con el paso de las horas.
El nudo en mi garganta se había vuelto algo presente todos los dias; no dejaba pasar la comida, ni las palabras, con suerte si pasaba el aire.
Mi teléfono parecia un animal moribundo, no dejaba de emitir sonidos.
32 llamadas perdidas de Val.
14 llamadas perdidas de Mateo.
Innumerables mensajes de texto que no me atrevía a leer.
Si, se que Vla no tiene la culpa de nada. Pero hablar con ella significaria que el se enterara de como me sentia, y lo ultimo que queria era que viera como todo lo que me habia dicho, sucedio.
Juegue con fuego, tente al diablo y que sucedio... Pues nada, me termine quemando.
Miraba mi movil desde la cama, con la cabeza hundida en la almohada, sintiendo una mezcla de náuseas y rabia.
Cada vibración era un recordatorio de que allá afuera el mundo seguía girando, pero el mio, parecía haberse detenido.
Ver el nombre de Mateo parpadeando en la pantalla me hacía revivir el frío de la furgoneta y el peso de lo sucedido.
¿Para qué llamaba ahora?
¿Para pedir perdón? ¿
Para terminar de hundirme con otra de sus verdades a medias?
No lo quería. No quería escucharlo, ni a él, si a sus disculpas baratas.
Val también insistía. Supuse que Max le habría contado que estaba en casa, pero no mucho más. Ella querría saber por qué no aparecía por la playa, por qué el equipo de voley estaba jugando sin su capitana.
A veces, durante las noches, me sentaba en el suelo, apoyada contra la cama, y simplemente miraba el cuaderno de tapas negras.
Estaba allí, silencioso, guardando el secreto mas oscuro.
Y aun asi, despues de todo seguia preocupandome por él. Me preguntaba si Mateo estaria durmiendo en su furgoneta o en lo de su tia, o si pasaba las noches vigilando el mar, esperando que yo apareciera.
Pero entonces recordaba la frialdad de sus ojos tras habernos entregado todo, y el dolor volvía a cerrarme el pecho y la rabia a consumirme.
Me sentía usada. Me sentía como un parche para una herida que él no tenía intención de curar.
El cuarto día, Max entró sin llamar. No traía la comida de siempre.
Se sentó en el borde de mi cama y se quedó mirando el polvo que bailaba en el rayo de luz que entraba por la ventana.
-No puedes quedarte aquí hasta que se acabe el verano, Emi- dijo con voz suave.
-Puedo intentarlo- respondí, con la voz rasposa por la falta de uso.
-Mateo ha estado aparcado fuera de la casa todas las noches, en esa furgoneta horrible. Se queda ahí hasta que sale el sol y luego se va a la playa-
Mi corazón dio un vuelco traicionero, pero me obligué a mantener el rostro impasible.
-Que se quede. La calle es pública-
-Val está preocupada. El torneo sigue, pero el equipo está desmoronándose sin ti- Max suspiró y me puso una mano en el pie por encima de las mantas. -No te estoy diciendo que lo perdones, ni siquiera que hables con él. Pero no dejes que se lleve también tus ganas de vivir. No le des ese gusto-
Cuando Max salió, el silencio volvió a ser asfixiante. Cogí el teléfono. Lo desbloqueé con los dedos temblorosos y fui directa al último mensaje de Mateo.
No quería leerlo, pero mi mano se movió por cuenta propia.
Mateo: Solo queria que sepas que la cámara era lo único que me quedaba de ella, y tenerte allí, conmigo, me hizo sentir que podía empezar a soltarla. No te usé, Emi. Me salvaste, y me asusté de lo mucho que me dolió volver a sentirme vivo. Perdón.
Apagué la pantalla y tiré el móvil contra la pared. No quería sus palabras bonitas. No quería ser la salvadora de un hombre que amaba más a sus pasado que a mí.
Pero mientras me hacia un ovillo de nuevo bajo las mantas, entendi que Max tenía razón. No podía quedarme allí para siempre. El verano en Liencres estaba llegando a su fin, y yo tenía que decidir si iba a ser la chica que se ahogó en una habitación o la que salió a enfrentar la tormenta, aunque supiera que iba a perder.
El quinto día, el aire de mi habitación se volvió irrespirable. El olor a encierro y el polvo ya me estaban asfixiando.
Me levanté de la cama con las piernas temblorosas y me miré al espejo; las ojeras eran como dos surcos profundos y mi piel tenía la palidez de quien ha pasado demasiado tiempo sin exponerse al sol y no comer bien.
Una ducha caliente fue todo lo que necesitaba, me puse el uniforme de voley, ajusté mis rodilleras y me recogí el pelo en una coleta tan tirante que me dolía el cuero cabelludo.
Si el mundo fuera a acabarse, prefería que me pillara de pie, con la arena entre los dedos y no bajo las sábanas de estas cuatro paredes.
Cuando bajé las escaleras, Max estaba en la cocina. Me miró de arriba abajo y, sin decir una palabra, me lanzó una manzana y una botella de agua.
Su media sonrisa fue el único "bienvenida" que necesité.
-El entrenamiento empieza en diez minutos- dijo simplemente.
Salimos de la casa y caminamos hacia la playa. El olor del mar me golpeó de frente, recordándome cada segundo de aquella noche en el acantilado, cada centímetro de piel compartido en la furgoneta. Pero apreté los puños y seguí caminando. Nada iba a detenerme, ni él, ni su maldito pasado.