"Nadie escapa del pasado, solo aprendemos a correr más rápido."
Caminé por el sendero que serpenteaba hacia el acantilado, ignorando el pinchazo constante en mis costillas.
El sol estaba empezando a hundirse en el horizonte, tiñendo el cielo de Liencres de un naranja hermoso y un púrpura que parecía una herida abierta.
El viento soplaba con fuerza, arrastrando el olor a sal y a tierra mojada.
A lo lejos, la silueta de la furgoneta verde brillaba bajo la última luz del día, estacionada peligrosamente cerca del borde, donde la tierra se rendía ante el abismo.
Mateo estaba allí. De pie, dándole la espalda al mundo y mirando fijamente la línea donde el cielo se fundía con el mar.
Cuando mis zapatillas crujieron sobre la grava, ni se movio.
El sol le daba de frente, perfilando su figura con un halo de fuego que lo hacía parecer un angel.
Me detuve a un par de metros y saqué el cuaderno suyo de mi mochila. Lo apreté contra mi pecho como si fuera un escudo.
-He escuchado lo que hablabas con Max—dije, y mi voz compitió con el estruendo de las olas rompiendo contra las rocas metros más abajo.
Él se tensó. Sus hombros se elevaron y soltó un suspiro que pareció arrancarle algo de su interior. Se giro lentamente, el sol del atardecer le daba justo de frente. Sus ojos azules se veían vacios; eran los ojos de un hombre que acaba de entender que la guerra que libró durante años ha terminado.
-Entonces sabrás que soy un cobarde, Emi- dijo con una voz que apenas era un susurro. -Un cobarde que necesitó que un amigo le consiguiera un escondite porque no podía soportar el peso de su propio pasado-
-La verdad es que no lo se todo- admití, dando un paso hacia adelante. El viento hacia que el pelo se esparciera por toda mi cara. -Solo sé que Max te trajo aquí para protegerte. Y que te escondes detrás de ese cuaderno y de tus mentiras a medias para que la gente no vea quien eres. Por favor, Mateo dime ¿qué es lo que Max cree que no te voy a perdonar?-
Cerró los ojos y dejo que el poco sol que quedaba le cubriera el rostro, disfrutando su última caricia.
Buscó en su bolsillo y sacó la cámara de fotos rota.
-Se llamaba Lucía- comenzó, y el nombre salió de su boca cargado de un dolor que no tenia final. -Era mi novia, la hermana de mi mejor amigo. Llevábamos un tiempo planeando una vida que se esfumó en cinco minutos. Aquel día, fuimos a un embalse de Madrid. Hacía un calor sofocante. No venia muy bien la amistad con su hermano, pero el plan de estar todos juntos como antes le hacia ilusion a Lu-
Hizo una pausa, y vi cómo apretaba la mandíbula y una lagrima traicionera se le escurria por la mejilla
-Ella se metió al agua. Yo estaba distraído... estaba intentando configurar esta maldita cámara para hacernos una foto. Me reía, le decía que se pusiera de espaldas al sol, que saldría preciosa. Pero no vi que se había metido en una zona de corrientes bajas. Cuando escuché su grito, el mundo se detuvo. Salté, Emi. Te juro por lo que más quieras que salté. Nadé con una desesperación que me quemaba por completo, llegué a rozar sus dedos con los míos... pero el agua se la tragó delante de mis ojos-
Mateo se derrumbó sobre sus rodillas en la hierba seca, ocultando el rostro entre las manos. El sol estaba ahora a medio hundir, proyectando sombras alargadas que parecían dedos negros estirándose hacia nosotros.
-La saqué del agua demasiado tarde. Intenté reanimarla durante horas, o eso me pareció a mí. Max llegó con la ambulancia y tuvo que arrancarme de su cuerpo. Ella murió porque yo estaba tan concentrado en esta maldita camara en lugar de mirar hacia donde debia. Murió por mi culpa-
Se le escapó un sollozo que me desgarró por dentro.
-Por eso el trato con Max. Él me trajo aquí para que no tuviera que verla por todas partes, para que las noticias en Madrid se olvidaran de mí. Pensó que unos meses aqui me ayudarian, pero es todo lo contrario. El mar de solo me recuerda que ella se hundió y que yo seguí flotando. Cuando apareciste tú, con tus preguntas, tu luz, tu alegria... sentí que te estaba usando para no ahogarme. Me sentí un traidor, Emi. Cada vez que te besaba, sentía que le estaba soltando la mano a ella-
Me arrodillé frente a él, ignorando el dolor de mi costilla, y lo obligué a levantar la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de un dolor tan puro que comprendí por qué Max quería protegerme de ella. Pero ya era tarde. Yo ya estaba dentro de su tormenta.
-No fue tu culpa, Mateo- le dije, acunando su rostro con mis manos mientras el cielo se volvía de un naranja sangriento. -El amor no te hace responsable de los accidentes del destino. Ella no querría que vivieras toda tu vida huyendo-
-Max tiene razón- insistió él, agarrando mis muñecas. -Si te quedas conmigo, solo vas a terminar cargando con mi pasado. Y te voy terminar quemando, Emi, porque yo ya estoy ardiendo-
-Entonces arderemos juntos- respondí, y lo besé.
Fue un beso amargo por las lágrimas y cálido por el sol que terminaba de morir en el horizonte.
Mateo se aferró a mí como un náufrago a su última tabla, hundiéndose en mi cuello y soltando por fin todo el dolor que él no había podido contener.
El atardecer se desvaneció, dando paso a la oscuridad, y allí, en el borde del mundo, supe que el verano estaba por terminar, pero que nuestra verdadera historia —la de dos personas intentando perdonarse por seguir vivas— acababa de comenzar.
Nos quedamos allí un rato, lo que pareció eterno, hasta que el frío de la noche empezó a sentirse.
Él me sostenía como si yo fuera la única cuerda que lo mantenía atado a la tierra, y por primera vez, pude sentir como su cuerpo se relajaba, dejando caer esa mochila tan pesada con la que cargo tanto tiempo.
Regresamos a la furgoneta. Mateo me ayudó a subir. Me dejó su sudadera, una prenda vieja, pero olía a él.
Cuando cerre la puerta, mi teléfono, que había estado olvidado en mi mochila, empezó a vibrar.