"El tiempo es un lujo que los náufragos no pueden permitirse."
La mañana siguiente, el cielo se despertó con un azul tan insultante que parecía burlarse de mis pesadillas.
Antes de que Max despertara, Mateo ya estaba allí. Me lanzó una de sus chaquetas y subimos a la furgoneta rumbo a una cala que el tiempo había decidido ignorar.
Esquivamos arbustos espinosos hasta que el mar cristalino nos dio la bienvenida sobre una arena oscura.
Allí, el sol de agosto parecia borrar el resto del mundo.
-Este es nuestro escondite- murmuró, tendiendo una toalla vieja.
Cuando se quitó la camiseta, mi corazón comenzo a latir mas rapido de lo que debia.
Verlo desnudo mientras lo haciamos era una cosa, la lujuria nublaba mucho de mis sentidos. Pero verlo con mis siete sentidos bien alerta, sin camisa y con el sol de espalda... dioos, era arte puro.
ra la paz que emanaba lo que me desarmaba: por una vez, Mateo no era un centinela esperando el desastre.
Se sentó a mi lado y empezó a contarme historias tontas de su infancia, de cómo quería ser astronauta antes de descubrir que prefería el olor a mar.
Verlo ahi tan tranquilo, tan en paz por primera vez me dejo sin palabras.
Sus ojos que antes cargaban tormentas, ahora brillaban de una manera tan hermosa.
Nos reímos, nos besamos, y nadamos hasta que la piel se nos puso de gallina.
Pero cada vez que él se alejaba a buscar agua o a mirar las rocas, mi mano corría hacia mi mochila buscando mi movil.
Vibración.
Mensaje nuevo
Num desconocido: Que guapa sales con esa sudadera. Lastima que el verde no sea tu color.
Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Miré a mi alrededor, hacia los acantilados que nos rodeaban.
¿Estaban allí arriba?
¿Nos estaban mirando?
De repente, el paraiso que habiamos creado se sentia como una jaula.
-¿Estás bien, Emi? Estas palida- Mateo regresó y se arrodilló frente a mí, apartándome un mechón de pelo mojado de la cara.
-Es el calor- mentí, guardando el teléfono a toda prisa bajo la ropa. -Me ha dado un poco de mareo-
Él me miró con esa intensidad suya, como si pudiera ver que no le estaba diciendo la verda.
Por un segundo, estuve a punto de romperme. Estuve a punto de enseñarle la pantalla y mostrarle todos los mensajes. Pero vi la luz en sus ojos, la primera chispa de felicidad real que le veía en todo el verano, y me callé. No podía ser yo quien lo devolviera a la oscuridad. No hoy.
-Ven aquí- me susurró, rodeándome con sus brazos.
Me apoyé en su pecho, escuchando su corazón. Era un ritmo constante, fuerte, real.
Traté de concentrarme en eso, en el calor de su piel y en el sonido de las olas, intentando bloquear el fantasma de Madrid que vibraba en mi mochila.
Pasamos la tarde así, abrazados, fingiendo que el mes y medio que quedaba de verano era una eternidad.
Mateo me habló de un futuro posible, de viajar juntos cuando terminara la temporada, de buscar un lugar donde vivir cuando volviéramos a Madrid. Yo asentía y sonreía, pero por dentro sentía que cada una de mis sonrisas era una traición.
Cuando el sol empezó a caer y las sombras de las rocas se alargaron, el teléfono volvió a vibrar. Esta vez no era un mensaje. Era un archivo de audio.
No lo abrí. No podía. Pero el icono del mensaje parpadeaba en la barra de notificaciones como un ojo acusador.
-Mañana hay entrenamiento- dijo Mateo mientras recogíamos las cosas. -Max me ha dicho que el equipo tiene que prepararse para la exhibición de cierre. ¿Estás lista para volver, capitana?-
-Nunca se esta lista- respondí, y era la verdad más grande que había dicho en todo el día.
Él me besó en la frente y caminamos de vuelta a la furgoneta. Mientras él conducía de regreso, yo miraba por la ventana, viendo cómo los carteles de Liencres pasaban a toda velocidad.
Al verano seguia alli, pero la cala secreta ya no era tan secreta. Alguien sabía dónde estábamos. Alguien sabía qué ropa llevaba.
Y mientras Mateo tarareaba una canción de la radio, yo me preguntaba cuánto tiempo más podría sostener el peso de este secreto antes de que terminara de romperme.
Llegamos a la vereda de casa cuando el cielo ya era de un violeta oscuro. El motor de la furgoneta se apagó, dejando que el silencio de la calle nos envolviera.
Me sentía agotada, con la piel tirante por la sal y el corazón pesado por los mensajes ocultos en mi mochila.
-Mañana te veo en la playa, capitana —dijo Mateo, acariciándome la mejilla.
Pero antes de que pudiera responder, unas luces se encendieron en el porche de mi casa.
Max estaba allí, apoyado contra la barandilla, con los brazos cruzados y una expresión que no decia nada bueno.
-Mierda- susurró Mateo.
Bajamos de la furgoneta al mismo tiempo. Max caminó hacia nosotros con paso lento, deteniéndose justo en el límite de la luz de la farola. De repente sentia el aire mas denso de lo normal.
-Te dije que te mantuvieras alejado de ella- la voz de mi hermano firme, autoritaria. -Te di una oportunidad de empezar de cero y la has usado para ignorar mi única regla-
Mateo no retrocedió. Dio un paso al frente, poniéndose entre Max y yo, pero no de forma agresiva, sino protectora.
Vi cómo sus hombros se relajaban, como si hubiera decidido dejar de pelear contra lo inevitable.
-Perdóname, Max- soltó Mateo, y su voz sonó limpia, libre de su habitual culpa. -Tienes razón. Me diste un hogar cuando nadie más quería darme ni la hora. Te debo todo. Pero no puedo cumplir tu regla-
-¿Y por qué debería perdonarte?- espetó Max, cerrando los puños.
-Porque la amo-
El silencio que siguió fue absoluto. Hasta el viento pareció detenerse.
Max parpadeó, descolocado por la sencillez de esas tres palabras. Mateo lo miró directamente a los ojos, sin rastro de la culpa con la que antes cargaba,