"A veces, la tregua es solo el silencio antes del caos."
No podia dormir. No podria esperar al partido para que todo se vaya a la mierda.
La foto de la furgoneta, tomada desde la oscuridad del acantilado, me perseguía como un fantasma.
Salí de mi habitación de madrugada, buscando a la unica persona que me podia decirme que estaba pasando.
Encontré a Max en la cocina, tomando café en silencio. La luz del amanecer le daba un aire cansado, casi derrotado.
-¿Quién está en Santander, Max?- le solté sin rodeos, lanzando mi teléfono sobre la mesa con la pantalla encendida mostrando los mensajes.
Mi hermano no se inmutó. Dejó la taza con una lentitud exasperante y miró la pantalla.
Suspiró, y en ese sonido escuché el peso de un año entero de mentiras.
-No pense que llegaría tan lejos- susurró él, cubriéndose la cara con las manos.
-¿Quién es? ¿La familia de Lucía?- pregunté, sintiendo que me temblaba la voz.
-No es toda la familia, Emi. Es Santiago-
El nombre cayó en la habitación como una piedra en un pozo. Max se levantó y empezó a caminar de un lado a otro, evitando mi mirada.
-Santiago era el hermano de Lucía. Y era el mejor amigo de Mateo. Eran inseparables, como uña y carne, hasta aquel 14 de julio. Él no solo perdió a su hermana ese día; perdió la fe en el hombre que consideraba un hermano. Cree que Mateo la dejó morir por negligencia-
-¿Y tú lo sabías? ¿Sabías que estaba aquí?- le grité, sintiendo la traición arder en mi garganta.
-Me llamó hace unos días. Me dijo que sabía que yo había escondido a Mateo en Liencres. Me amenazó con denunciarme por complicidad y con armar un escándalo que arruinaría la vida de Mateo para siempre. Le pedí tiempo, le juré que Mateo ya estaba pagando su condena aquí... pero Santiago no quiere justicia, Emi. Quiere venganza. Quiere llevarse a Mateo de vuelta a Madrid para que se enfrente a un juicio que lo destruirá-
-¡Pero me esta acosando! ¡Nos está siguiendo por todos lados!- le recriminé, señalando el teléfono. -Max, esto es peligroso. Mateo no puede saber que está aquí, se entregará solo para que nos dejen en paz-
Max se detuvo frente a mí y me puso las manos en los hombros. Sus ojos estaban llenos de advertencia.
-Por eso tienes que guardar silencio un poco más. Estoy intentando razonar con él, para ganar algo de tiempo. Si Mateo lo ve, el verano se acaba en ese mismo segundo. Santiago es la única persona a la que Mateo no puede mirar a los ojos sin romperse-
Me solté de su agarre, sintiendo un asco profundo. Mi hermano estaba negociando con el pasado a mis espaldas mientras yo recibía amenazas de muerte.
Salí de la casa corriendo, buscando el aire puro de la playa.
Necesitaba ver a Mateo, necesitaba asegurarme de que seguía siendo real y no solo una pieza en el tablero.
Lo encontré en la orilla, preparando las redes para el partido de exhibición. Al verme, su rostro se iluminó, esa luz que solo yo lograba encender.
-Capitana, qué madrugadora- dijo, acercándose para darme un beso rápido. -¿Estás lista para el gran cierre?-
Lo abracé con una fuerza desesperada, escondiendo mi cara en su pecho. Olía a mar y a ese protector solar que siempre usaba. Era mi Mateo.
Pero mientras lo abrazaba, mis ojos recorrieron el paseo marítimo, las sombras de los edificios, los coches aparcados... buscando a un chico que desde algún lugar, nos estaba mirando con el corazón lleno de odio.
-Te amo, Mateo- susurré, aferrándome a él como si pudiera protegerlo de la verdad con mi propio cuerpo.
-Yo también te amo, pequeña capitana- Él me separó un poco y me miró con extrañeza. -Estás temblando. ¿Seguro que estás bien?-
-Solo son los nervios del partido- mentí, por milésima vez.
Él asintió, pero antes de que pudiera decir algo más, una camioneta negra con matrícula de Madrid pasó lentamente por la carretera que bordeaba la playa. Los cristales eran tintados, pero por un segundo, juraría que vi el destello de una lente fotográfica desde el interior.
El partido de exhibición empezaba en tres horas. El verano estaba llegando a su fin. Y ahora sabía que el hombre que Mateo más queria y más temía en el mundo estaba sentado a pocos metros de nosotros, esperando el momento exacto para reclamar su deuda.
El ambiente en la playa de Liencres era eléctrico. Las redes estaban tensas, la arena rastrillada y de los altavoces salia música para animar a los turistas que se amontonaban en las gradas improvisadas.
Pero para nosotros, la música era solo un ruido de fondo.
Max estaba en un estado de alerta que rozaba la paranoia. Sus ojos no estaban en el calentamiento; seguían cada movimiento en el paseo marítimo, cada figura que se acercaba a la pista.
Val lo miraba con preocupación desde la banda, sabiendo que la paz pendía de un hilo.
Mateo, ajeno al despliegue de vigilancia, estaba en la red ajustandola. Me lanzó una mirada y me guiñó un ojo, pero yo sentía que mis piernas pesaban como si estuviera caminando en cemento.
Entonces, ocurrió.
Una figura alta, con una gorra oscura y una chaqueta que no encajaba con el calor que hacia, apareció por el acceso norte. Era él.
Caminaba con la seguridad de quien viene a reclamar una propiedad.
Max lo vio antes que nadie. Antes de que Mateo se girara, mi hermano saltó la valla de madera con agilidad y lo interceptó a pocos metros de la entrada.
Vi a Max ponerle una mano en el pecho a Santiago, frenándolo. Susurró algo con violencia, con el rostro a centímetros del suyo, y con un gesto autoritario, lo obligó a darse la vuelta.
Max se lo llevó hacia la zona de los pinos, desapareciendo entre la multitud antes de que Mateo levantara la vista del suelo.
-¡Emi! ¡El balón!- el grito de Val me devolvió a la realidaad.
El partido de exhibición fue un desastre. Mi mente no estaba en la pista; estaba en los pinos, imaginando la conversación entre Max y el fantasma de Madrid. Estaba en mi mochila, donde los mensajes de Santiago seguían quemando.