"La privacidad termina donde empiezan las mentiras que duelen."
Llegué a casa con el corazón golpeándome las costillas y la respiración entrecortada.
Tiré la mochila en el recibidor y subí las escaleras de dos en dos, esperando encontrar a Max, esperando que me dijera que Santiago ya estaba camino a Madrid o que todo había sido una alucinación por el calor.
-¿Max?- llamé, pero el silencio de la casa fue la única respuesta.
No había nadie. Baje y me dejé caer en el sofá del salón, enterrando la cara entre las manos.
El zumbido de la derrota en el partido todavía me perseguía, pero era el miedo a lo que Max estuviera haciendo lo que me estaba consumiendo.
Me toqué los bolsillos buscando mi teléfono para llamar a Val, pero el vacío me devolvió un frío repentino.
Lo había dejado en el banco de la pista, junto a mi botella de agua.
Pasaron diez minutos que parecieron horas hasta que el timbre sonó.
Corrí a abrir pensando que era Max, pero al tirar de la puerta me encontré con la imponente figura de Mateo.
Su rostro no era el del chico dulce que intentaba consolarme anteriormente; era el de alguien que acababa de descubrir mis secretos.
En su mano derecha sostenía mi teléfono. La pantalla estaba encendida.
-Te lo olvidaste en la playa- dijo con una voz fría que me hizo retroceder un paso. -Entró una notificación mientras lo recogía-
Entró en la casa sin esperar invitación y cerró la puerta de un golpe. Me extendió el móvil como si fuera un arma cargada.
-¿Cuánto tiempo llevas recibiendo esto, Emi?- preguntó, y su mirada era una mezcla de furia y una decepción que me dolió más que cualquier grito.
-Es mi teléfono, Mateo. No tenías ningún derecho a leer mis mensajes- le solté, arrebatándole el móvil con rabia. -¡Es mi privacidad!-
-¡No me hables de privacidad cuando se trata de MÍ!- grito, y el eco de su voz retumbó en el salón. - He leído lo que te escriben. Sé que te han enviado fotos nuestras. ¡Me están siguiendo y tú lo sabías! ¡Tú y Max me lo habéis ocultado como si fuera un niño pequeño al que hay que proteger!-
&¡Lo hice por ti!- le grité, sintiendo que las lágrimas estallaban por fin. -¡Acababas de empezar a sonreír de nuevo! ¡No quería que ese odio te alcanzara y te hiciera huir de todo!-
-¡Es MI pasado, Emily!- Mateo dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio, con los ojos inyectados en sangre. -No tienes derecho a decidir qué puedo o no puedo manejar. Me habéis dejado ahí fuera, en esa torre, como un idiota, mientras alguien nos tomaba fotos desde la sombra. ¿Crees que me proteges? Lo que has hecho es dejarme desnudo frente a la única persona que puede destruirme-
-¡Max se encargó de él! ¡Lo vio en el partido y se lo llevó!- le confesé, desesperada por detener su furia.
Mateo se quedó paralizado. Sus manos empezaron a temblar y se pasó una mano por el pelo, desesperado.
-¿Max se lo llevó? ¿A dónde? ¿Crees que Santiago se va a ir porque tu hermano se lo pida? Él no se va a ir hasta que me vea caer, Emi. Y lo peor no es que él esté aquí... lo peor es que la persona en la que confiaba, la persona por la que estaba dispuesto a quedarme, me ha estado mintiendo todos los días a la cara mientras me besaba-
-¡No te mentía sobre lo que siento!-le recriminé, sollozando. -Solo quería que tuviéramos un verano normal. ¡Solo un mes y medio más de paz!-
-Nada es normal conmigo, ¿es que todavía no lo has entendido?- dijo él con una amargura que me heló la sangre. -El 14 de julio no es una fecha en un calendario, es lo que soy. Y tú has jugado con eso para salvar tu idea de un "verano perfecto"-
Se dio la vuelta hacia la puerta, pero antes de salir, me lanzó una última mirada que me rompió el alma.
-No vuelvas a decidir por mí, Emily. Ni tú, ni tu hermano, ni nadie. El pasado es mío, y si tiene que venir a cobrarme la deuda, prefiero que lo haga de frente y no a través de las mentiras de la chica que decía amarme-
Salió de la casa dando un portazo que hizo vibrar los cristales. Me quedé sola en el salón, con el teléfono en la mano y el peso de mi secreto convertido en una jaula de cristal rota.
Sabía que Mateo no iba a buscar refugio; iba a buscarlo. Y sabía que, esta vez, Max no iba a poder detener el choque.
El portazo de Mateo seguía resonando en mis oídos como un disparo. Me quedé allí, en medio del salón, con el teléfono temblando en mis manos mientras veía su silueta alejarse bajo la luz de las farolas.
Había perdido el control de todo: del partido, de mi secreto y, lo que era peor, habia perdido la confianza del único hombre que me había hecho sentir viva después de tanto tiempo.
Marqué el número de Val con los dedos temblándome.
-¡Val! ¡Contesta, por favor!- grité en cuanto escuché su voz al otro lado. -Mateo lo sabe. Lo ha descubierto todo. Encontró mi móvil, ha leído los mensajes y se ha ido hecho una furia. ¿Sabes dónde están?
-¡Mierda, Emi!- Val sonaba agitada, escuchaba el motor de un coche de fondo. -Max me llamó hace diez minutos. Se lo llevo a un hostal a las afueras para intentar que entrara en razón, pero Santiago está fuera de sí. Max me pidió que fuera hacia allí porque teme que él intente algo contra él mismo. Si Mateo va de camino... esto va a terminar muy mal.
-Dime dónde están, voy para allá- dije, agarrando las llaves del coche de mi madre.
-¡No! ¡Emi, espera!- Val me interrumpió, pero una nueva notificación en mi teléfono hizo que se me helara la sangre.
Un mensaje de Instagram, del usuario de los números. Pero esta vez no era una amenaza, era una ubicación en Google Maps: el antiguo faro abandonado, a unos kilómetros del centro de Liencres.
Mateo ya viene hacia aquí. Pero tú eres la que tiene que ver cómo termina la historia. Ven sola, capitana. Es hora de que escuches la verdad que tu hermano y tu novio te han estado ocultando. Si vienes acompañada, Mateo nunca saldrá de esta noche.