"Hay naufragios que se eligen con el corazón bien abierto."
El faro abandonado se alzaba sobre el acantilado como un dedo de piedra señalando al cielo oscuro.
El viento aquí arriba era un ruido constante que silenciaba cualquier otro sonido.
Estacioné el coche a unos metros y vi la furgoneta verde de Mateo, cruzada en el camino, con las luces encendidas iluminando la maleza.
Mi corazón latía con tanta fuerza que me dolía en la garganta.
Escuche gritos que venian de detras del faro. Camine en silencio, ocultandome en las sombras.
Desde donde estaba vi a Mateo. Estaba de pie, con los puños cerrados a los costados, frente a un chico que no había visto nunca, pero cuyo rostro me resultó familiar de inmediato por las fotos de las noticias.
Santiago. Se parecía bastante a Lucía; tenía la misma forma de los ojos, pero en él no había luz, solo una furia que parecía haberlo consumido por dentro.
Sostenía una carpeta vieja y una cámara de fotos. La misma cámara que Mateo tanto odiaba.
-¡Dilo de una maldita vez!- grito Santiago, y su voz se quebró, perdiéndose en el rugido de las olas abajo. -¡Dile a ella que no salvaste a mi hermana porque estabas demasiado ocupado guardando un recuerdo en lugar de vivirlo! ¡Dile que mi hermana se está pudriendo bajo tierra mientras tú juegas a los novios en la playa, fingiendo que no tienes las manos manchadas con su sangre!-
Mateo retrocedió un paso, como si las palabras fueran golpes. Sus hombros temblaban y sus manos se cerraron en puños.
-¡Lo sé cada vez que cierro los ojos y la veo! ¡No hay un solo puto día en que no desee haber sido yo el que se hundió! ¿Crees que no escucho sus gritos? ¡Me persiguen cada noche!- respondió Mateo, con lagrimas en sus mejillas. -¡Lo siento, Santi!-
Decidí que ya no podía seguir mirando como se destruian.
Salí de la sombra de un pino, sintiendo el frío de la noche calarme hasta los huesos.
-¡Emi, vete de aquí!- dijo Mateo al verme, su mirada pasando del terror a desesperación. -No tenías por qué venir! ¡Lárgate, esto no te incumbe!-
-Tenía que hacerlo, Mateo. Y si que me incumbe- dije, caminando con paso firme hasta situarme a su lado. Él intentó apartarme con el brazo, pero no me moví. -Santiago, basta ya. Se acabó. Max está en camino y esto no va a devolverte a Lucía. No importa cuánto grites, ella no va a volver-
Santiago soltó una carcajada amarga, un sonido frio que me erizó la piel. Levantó la cámara de fotos y me señaló con ella como si fuera un cañón cargado.
-¿Tú crees que sabes quién es él, Emily? ¿De verdad crees que el chico que te abraza por las noches es el mismo que estuvo en el muelle ese día?- me miró con una mezcla de lástima y desprecio. -Él es un asesino. La dejó ir. Se quedó paralizado, como un cobarde mirando el visor de esta estúpida cámara. ¡Yo estaba allí, en la otra orilla, y lo vi dudar! Y para cuando se decidió, el agua ya se la había llevado-
Dio un paso hacia nosotros, con los ojos inyectados en sangre.
-Y ahora te tiene a ti- continuó, bajando la voz a un susurro furioso. -Te miente, te oculta que es un parásito que solo sabe arrastrar a la gente al fondo. ¡Míralo! Ni siquiera puede mirarme a los ojos porque sabe que lo que digo es verdad. ¡Tú mataste a mi hermana, Mateo!-
-¡No fue así!- gritó cayendo de rodillas sobre la tierra húmeda. -¡Me asuste! ¡No fue la cámara, fue por miedo! ¡Perdóname, por favor, perdóname-
-¡MIENTES!- grite, cargado de una rabia que ni yo misma sabía que guardaba. -¡Mientes, Santiago! Mateo no dudó. He visto cómo se juega la vida en este mar cada maldito día, vigilando para que nadie más pase por el infierno que él pasó. ¡Él no es tu enemigo entiendelo de una maldita vez! ¡Tu enemigo es ese dolor podrido que no dejas que sane y que nos está matando a todos!-
Santiago se tambaleó, dando un paso hacia el borde del precipicio, justo detrás de la silueta imponente del faro. Se veía tan pequeño contra la inmensidad del abismo, tan frágil y al límite, que el corazón se me subió a la garganta.
Por un segundo, el terror me paralizó: pensé que se lanzaría para unirse a ella.
Mateo, con el rostro bañado en lágrimas, dio un paso hacia él con las manos extendidas, temblando.
-Santi, hermano...- su voz ya no era un grito. -Por favor. Mira dónde estamos. Mira en qué nos hemos convertido. Lucía te amaba más que a nada en este mundo. Ella no querría que este fuera tu final... ni el mío. ¡No querría que nos destruyéramos así!-
De repente, unas luces blancas iluminaron la base del faro.
El sonido de las puertas cerrándose de golpe y los gritos desesperados de mi hermano llamándonos rompieron el silencio que se habia formado.
Santiago miró hacia abajo, hacia el abismo de rocas afiladas y espuma blanca, y luego volvió la vista hacia nosotros.
Por primera vez, el odio en sus ojos fue reemplazado por un vacío absoluto, y las lágrimas desbordaron su rostro.
-No puedo perdonarte, Mateo- susurró Santiago, y su voz sonó más muerta que si hubiera gritado. -Pero ya no puedo seguir odiándote. Me está matando por dentro... ya no me queda nada-
Y en un ultimo gesto, tiro la camara. El aparato cayó contra las rocas y se hizo pedazos; el lente, los recuerdos, las pruebas del dolor... todo se convirtió en cristal roto y plástico inútil.
Santiago se desplomó en el suelo, rompiendo en un llanto tan desconsolado
Mateo no se lo pensó. Se arrodilló a su lado y, tras un segundo de duda, lo rodeó con sus brazos.
Eran dos sobrevivientes de la misma tragedia, aferrándose el uno al otro entre las ruinas de sus vidas.
Me quedé allí, de pie, viendo cómo Max llegaba corriendo y se frenaba impactado por la imagen de los dos enemigos unidos en el suelo.
Val se acercó a mí y me tomó de la mano, apretándola con una fuerza que me devolvió a la realidad.
El verano de Liencres, con sus secretos asfixiantes y su sol ardiente, se estaba terminando bajo una lluvia fina que empezaba a limpiarlo todo.