Seis meses después.
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero quien dijo eso nunca sintió el frío de una mano deslizándose entre la suya.
Para mí, el tiempo se detuvo aquella noche en el faro de Liencres.
Mi reloj interno no marca las horas; marca los segundos que pasaron desde que mis dedos rozaron los de Emi hasta que la oscuridad se la tragó.
A veces, cuando el silencio en este apartamento de Madrid se vuelve demasiado pesado, cierro los ojos y vuelvo a estar allí.
Siento el agua golpeándome, el sabor amargo de la sal en mi garganta y esa desesperación que me empujaba a nadar hasta que mis pulmones estallaran.
Estaba tan cerca. La tuve ahi. Sentí el calor de su piel, la luz de su vida conectando con la mía por un instante.
Pero el mar fue más rápido. El mar fue más fuerte que yo.
Todavía siento ese roce. Es como una quemadura fantasma en la yema de mis dedos.
He vuelto a Madrid porque en Liencres el aire me asfixiaba. Cada ola que rompía en la orilla era un insulto, una promesa rota.
Max me mira con una lástima que me quema; él tiene su dolor, el de un hermano que perdió a su mitad, pero yo tengo algo peor. Yo tengo la duda.
Porque no la encontraron.
Registraron cada cueva, cada saliente de roca.
Los buzos bajaron hasta donde la luz no llega, y yo me quedé en la arena hasta que me sangraron los pies, esperando.
Esperando que el Cantábrico me la devolviera, aunque fuera fría, aunque fuera en silencio.
Necesitaba enterrarla para dejar de buscarla en cada chica que camina de espaldas por la calle, en cada risa que escucho a lo lejos en un parque.
Pero ella decidió quedarse en el azul. Se convirtió en espuma, en brisa, en la razón por la que ya no puedo mirar una cámara de fotos sin sentir que me falta el aire.
A veces, Santi me llama. No decimos mucho. Él carga con el peso de haber provocado el caos, y yo cargo con el peso de haber fallado dos veces en la misma misión.
Somos dos náufragos en tierra firme, unidos por una chica que ahora le pertenece al mar.
Hoy he bajado al garaje. La furgoneta verde está allí, bajo una lona, acumulando el polvo de una vida que ya no me pertenece.
Me he sentado en el asiento del conductor y he cerrado los ojos. Por un segundo, el olor a su perfume y al protector solar ha inundado el espacio.
He estirado la mano hacia el asiento del copiloto, esperando tocar su rodilla, oír su voz llamándome "su socorrista", pero solo he tocado el cuero frío y vacío.
Emi no tiene una tumba. No tiene un lugar donde pueda llevarle flores. Así que he decidido que mi vida sea su monumento.
Sigo aquí, respirando por los dos, llevando el rastro de sus dedos en los míos como si fuera un tatuaje invisible.
Dicen que el mar siempre devuelve lo que se lleva, pero ahora yo sé que eso es mentira. El mar no devuelve nada, solo transforma.
Emi ahora es eterna porque nunca llegó a marcharse del todo. Sigue ahí, en ese roce que no llegó a ser agarre, en ese "casi" que me va a perseguir hasta que mis propios pulmones se llenen de agua.
Y mientras no aparezca, para mí ella sigue nadando. Y yo sigo aquí, en la orilla de mi propia vida, esperando que la corriente, algún día, me lleve de vuelta a ella.
Al verano que pase contigo
"Hay historias que no se cierran con un punto final, sino con el sonido de las olas. Emi y Mateo no terminaron; simplemente se volvieron parte del paisaje, un recordatorio de que el amor más puro, a veces, es el mar quien decide guardarse para sí mismo."
Holaa mis capitanas y rescatistas ✨🥺
Solo les quiero decir que...
Esto no es un adiós
Es un hasta pronto 🌊
Majo💔🌊