La Presión de la Corona
Vivir en Madrid no era como vivir en cualquier otra parte del mundo. Aquí, el fútbol no era un deporte, era una religión de exigencia absoluta. Nuestra casa, la que compartíamos Lucas, Valdés y yo, se había convertido en un búnker. Afuera, la prensa española nos apodaba "La Trinidad", pero los elogios venían con una doble vara: si ganábamos, éramos dioses; si empatábamos, éramos una inversión arriesgada.
Habían pasado meses desde nuestra llegada. Yo ya me había asentado en el once titular, dirigiendo el mediocampo con la disciplina que mi padre me grabó a fuego. Héctor 'El Cóndor' Valdés se había ganado el cariño del público a base de goles; su salto desde la segunda división belga al Bernabéu era la historia favorita de los periódicos. Pero la sombra de la duda recaía sobre Lucas.
Lucas seguía en la fase final de su recuperación. El Real Madrid había invertido millones en un jugador con el ligamento roto, y los críticos empezaban a afilar sus plumas.
—Thiago, hoy en el entrenamiento sentí miedo —me confesó Lucas una noche en nuestra terraza, mirando las luces de la capital española—. Mi rodilla respondió, pero mi cabeza... mi cabeza siente que el césped está hecho de cristal.
—Es disciplina mental, Lucas —le respondí, entregándole un análisis táctico del próximo rival—. El talento lo tienes intacto. Tu cuerpo ya sanó, ahora falta que tu voluntad tome el mando. Mañana es el partido contra el Atlético de Madrid. El derbi. Y el míster me dijo que vas convocado.
El Escenario de los Sueños y Pesadillas
El derbi madrileño era el escenario perfecto para probar de qué estábamos hechos. El estadio era una caldera blanca. En el vestuario, el peso de la historia se sentía en cada rincón. Valdés se ajustaba las botas con una calma que asustaba; su ascenso meteórico no le había quitado la humildad del campo de tierra.
—Thiago, hoy quiero el décimo —me dijo Valdés con una sonrisa depredadora—. Nueve en el mundial, pero hoy empieza la cuenta en los derbis.
El partido fue una carnicería táctica. El Atlético nos cerraba todos los espacios. Yo intentaba filtrar balones, pero su mediocampo era un muro de hormigón. Al minuto 60, íbamos perdiendo 1-0. El Bernabéu empezaba a impacientarse. Los pitos, esos pitos que han doblegado a los más grandes, empezaron a sonar.
Fue entonces cuando el entrenador hizo la señal.
—¡Lucas, a calentar! —gritó.
El Regreso de la Magia
Cuando Lucas saltó al campo al minuto 75, el estadio se dividió entre aplausos de esperanza y murmullos de escepticismo. Yo me acerqué a él en cuanto pisó el césped.
—No pienses en la rodilla. Piensa en el pacto —le dije, dándole un golpe firme en el pecho.
Los primeros diez minutos de Lucas fueron erráticos. Se notaba la falta de ritmo, el temor al contacto. Los defensas rivales, sabiendo de su lesión, fueron a buscarlo con dureza. En una jugada, Lucas cayó y se tomó la rodilla. El estadio se quedó en silencio sepulcral. Yo corrí hacia él, el corazón me latía en la garganta.
—Levántate —le ordené—. No estás roto. Es solo el susto. Levántate y demuéstrales por qué el Madrid te compró lesionado.
Lucas me miró, apretó los dientes y se puso en pie sin ayuda. En ese momento, algo cambió en su mirada. El miedo se evaporó y fue reemplazado por la arrogancia del genio.
La Triangulación Perfecta
Minuto 88. El marcador seguía 1-0 en contra. Recibí el balón en el círculo central bajo una presión asfixiante. Vi a Lucas tirar una diagonal corta, pidiendo el balón al pie, desafiando a su marcador.
Le puse un pase tenso, raso, que rompió dos líneas defensivas. Lucas recibió de espaldas, hizo un giro que dejó al defensa sentado en el suelo —un movimiento que hizo que todo el estadio soltara un "¡Oh!" de asombro— y encaró hacia el área.
En lugar de disparar, Lucas levantó la cabeza. Su visión, la misma que nos llevó a la final del mundo, detectó el movimiento de Héctor 'El Cóndor' Valdés. Con un toque sutil, casi insultante por lo fácil que lo hizo parecer, habilitó a Héctor.
Valdés no perdonó. Un remate seco, cruzado, al poste más lejano. ¡GOL!
El empate era un alivio, pero no era suficiente para la Trinidad. El Bernabéu ahora rugía a favor. En el tiempo de descuento, al minuto 93, la historia se repitió pero con un giro. Valdés recuperó un balón tras un córner fallido del rival, me lo entregó a mí, y yo, viendo a los dos lanzados en contragolpe, lancé un pase largo de 40 metros hacia la banda de Lucas.
Lucas controló con el pecho, burló a dos rivales con bicicletas frenéticas y, cuando todos esperaban el centro para Valdés, me vio llegar a mí desde atrás. Me dejó el balón servido en la frontal del área.
No lo pensé. Usé la misma disciplina de disparo que practicaba con mi padre en el campo de tierra. Le pegué con el alma. El balón entró rozando el larguero. 2-1. Remontada épica.
El Pacto de Madrid
Cuando el árbitro pitó el final, los tres nos abrazamos en el centro del campo. El Bernabéu coreaba nuestros nombres. La prensa, que antes dudaba, ahora se rendía ante la "conexión colombiana".
Regresamos a casa en silencio, todavía con la adrenalina en las venas. Valdés rompió el hielo mientras cenábamos en nuestra cocina.
—Esto es solo el principio, ¿verdad? —dijo mirando a Lucas y a mí—. La Liga es larga, y la Champions empieza la próxima semana.
—El Madrid no se conforma con remontar derbis —añadí yo, mirando el contrato que todavía descansaba en la repisa—. Aquí la disciplina tiene que ser diaria. Lucas, hoy volviste. Pero mañana, a las 7:00 AM, te quiero en el gimnasio conmigo. No quiero que esa rodilla se relaje.
Lucas sonrió, recuperando esa chispa que lo hacía imparable. —Estaré allí, Arquitecto. Pero prepárate, porque ahora que puedo correr, el que va a tener que esforzarse para seguirme el ritmo eres tú.
Sin embargo, mientras nos reíamos, mi teléfono vibró. Era un mensaje de mi agente: "Thiago, tenemos un problema. Hay una investigación abierta sobre el traspaso de Lucas y Valdés. Alguien en Bélgica y en Brasil está reclamando derechos de formación no pagados. Podrían suspender sus fichas federativas."