La Tensión del Viaje a Lisboa
El avión rumbo a Portugal no era un transporte de deportistas, era una nave cargada de cuentas pendientes. Tras el amargo empate 1-1 en el Bernabéu, el Real Madrid llegaba a Lisboa con la obligación de ganar o enfrentar la eliminación prematura en la fase de grupos. La prensa portuguesa nos recibía con titulares desafiantes: "El tridente de barro vuelve a casa".
En el hotel, la disciplina fue espartana. No hubo espacio para distracciones. Lucas, Héctor y yo nos reunimos en mi habitación para estudiar los movimientos de los centrales del Sporting.
—En el partido pasado nos encerraron —dijo Lucas, señalando la pantalla—. Me doblaban la marca cada vez que recibía. Thiago, necesito que me la sueltes antes, en el espacio vacío, no al pie.
—Y yo —intervino Héctor 'El Cóndor' Valdés— voy a arrastrar al líbero hacia la banda. Si lo hago, el carril central queda para que tú, Thiago, llegues desde atrás o para que Lucas rompa en diagonal.
El Infierno de Alvalade
El estadio José Alvalade era una caldera verde y blanca. El ruido era ensordecedor, una presión psicológica diseñada para quebrar a cualquiera. Pero nosotros ya no éramos los jugadores dudosos de hace semanas. La victoria 4-1 en Liga nos había devuelto el hambre.
Al minuto 10, la conexión se activó. Recibí bajo presión de dos volantes, salí con un caño elegante y puse un balón largo hacia la banda de Lucas. Lucas no esperó a que le llegara la marca; de primera intención, la puso al área. Héctor, con un salto que pareció desafiar la gravedad, conectó un cabezazo implacable.
¡GOOOOOOOOL! 0-1.
El estadio enmudeció. Pero esta vez, no cometimos el error del partido anterior. No retrocedimos.
La Sinfonía del Tridente
A diferencia del partido en Madrid, donde el empate de penal nos hundió, aquí la respuesta ante la adversidad fue la disciplina total. El Sporting intentó presionar, pero yo me adueñé del círculo central. Dictaba el ritmo: ahora lento para desesperarlos, ahora eléctrico para herirlos.
Al minuto 35, ejecuté la jugada que habíamos planeado en el hotel. Filtré un pase raso hacia Héctor, quien en lugar de girar, devolvió de primera para la entrada de Lucas. El "genio" eludió al portero con una finta de hombro y definió a puerta vacía.
¡GOOOOOOOOL! 0-2.
En el segundo tiempo, el Sporting logró descontar tras un tiro de esquina, poniendo el 1-2 y encendiendo a su afición. Sin embargo, la madurez de la Trinidad salió a flote. Lejos de entrar en pánico, tomamos el control. Al minuto 70, en una contra letal, Lucas me cedió el balón en la frontal; yo vi el desmarque de Héctor y se la puse en bandeja para que fusilara al portero.
¡GOOOOOOOOL! 1-3. El doblete de "El Cóndor".
El Sello Final
El partido agonizaba, pero queríamos dejar un mensaje claro a Europa. Al minuto 88, después de una posesión de más de veinte pases donde el Sporting no pudo ni oler el balón, decidí que era mi turno. Avancé desde el mediocampo, combiné con Lucas en una pared perfecta que nos dejó frente a la zaga, y con un remate de media distancia que llevaba toda la potencia de la disciplina de mi padre, clavé el balón en el ángulo superior derecho.
¡GOOOOOOOOL! 1-4. Final de película.
El Respeto de Europa
Al sonar el silbato final, el estadio, en un gesto de caballerosidad deportiva, terminó aplaudiendo la exhibición de fútbol que habíamos dado. El Real Madrid volvía a la vida en la Champions.
— Comentarista internacional: "Señoras y señores, olviden las críticas de las semanas pasadas. La Trinidad Blanca ha aterrizado en Europa. Hoy no solo ganaron tres puntos, hoy recuperaron el miedo que sus rivales deben sentir. Thiago es el cerebro, Lucas el alma y Valdés el ejecutor. Es fútbol en su estado más puro."
Regresamos al vestuario exhaustos pero con el pecho inflado. El entrenador nos abrazó uno a uno. Sabía que su puesto estaba a salvo gracias a nuestra unión.
Esa noche, en el avión de regreso, no hubo celebraciones ruidosas. Nos quedamos los tres sentados juntos, mirando por la ventanilla las luces de la costa portuguesa.
—Esto es lo que podemos hacer cuando jugamos sin miedo —dijo Lucas, con el hielo en su rodilla pero una sonrisa en los labios.
—No se confíen —respondí yo, manteniendo la guardia alta—. Ahora que el mundo sabe que volvimos, van a venir por nosotros con más fuerza. La disciplina no se negocia, ni siquiera en la victoria.
Teníamos los puntos, teníamos los goles y, lo más importante, teníamos la fe del madridismo. La leyenda de la Trinidad acababa de escribir su primer gran capítulo en suelo europeo.
La Conquista de San Siro
El Viaje a la Capital de la Moda y el Fútbol
El avión rumbo a Italia no llevaba a un equipo en crisis, sino a una unidad que empezaba a recordar su verdadera identidad. Tras el respiro en la Liga, el Real Madrid se enfrentaba al Inter de Milán en el legendario estadio de San Siro. La prensa italiana, famosa por su rigor táctico, nos recibía con escepticismo: "El tridente del Mundial se enfrenta al muro del Catenaccio" titulaba la Gazzetta dello Sport.
En el hotel de concentración en Milán, la disciplina fue absoluta. Lucas, Héctor y yo nos encerramos con el analista de video. Sabíamos que los equipos italianos no te perdonan un error.
—Si nos encerramos, perdemos —dije yo, señalando los movimientos de sus centrales—. Lucas, necesito que juegues entre líneas, que los vuelvas locos saliendo de tu zona. Héctor, hoy no quiero que esperes el balón; quiero que los choques, que sientan el rigor del campo de tierra.
El Infierno de San Siro
El ambiente en Milán era eléctrico. Las banderas nerazzurri ondeaban bajo la niebla lombarda. El Inter salió a morder, imponiendo un juego físico que buscaba amedrentarnos. Pero nosotros ya no éramos los jugadores dudosos de semanas atrás.
Al minuto 10, la conexión se activó. Recibí el balón bajo la presión de dos mediocentros italianos, salí con un giro elegante y puse un pase filtrado de cuarenta metros. Lucas recibió de pecho, eludió al lateral con una bicicleta eléctrica y puso un centro tenso al segundo palo. Héctor 'El Cóndor' Valdés se elevó por encima de los gigantes de la defensa italiana y clavó un cabezazo imparable.