Héctor se sentó a los pies de mi cama, jugueteando con una medalla que brillaba con un dorado pálido, casi irónico. No era la del campeón; era la Bota de Oro del Mundial. Había marcado en cada partido, destrozando redes con la furia de quien intenta llenar un vacío, pero no fue suficiente.
—"Sí, Thiago... el tablero de ajedrez sigue ahí, pero nos faltó la pieza reina" —dijo Héctor, con la voz quebrada—. "Sin tus pases, cada gol me costó la vida. En Cuartos de Final, Francia nos asfixió. Mbappé y su banda no tuvieron piedad. Perdimos 2-1. Marqué, sí, pero verlos celebrar mientras nosotros nos quedábamos fuera... fue como si me arrancaran el alma. Ni siquiera llegamos a semifinales. Colombia lloró, y yo lloré con ellos."
Lucas, apoyado contra la ventana, miraba hacia la calle con los ojos perdidos.
—"Inglaterra terminó ganando el Mundial, ¿saben?" —soltó con amargura—. "Los que me eliminaron a mí terminaron levantando la copa. Es una burla del destino. Cuatro Champions en las vitrinas y me siento como un novato que no sabe patear un balón."
El Primer Año del Calvario: La Caída del Imperio
La temporada siguiente fue un via crucis. Yo pasé meses en fisioterapia, viendo los partidos desde la grada, con la pierna inmovilizada y el hombro en un cabestrillo eterno. El Real Madrid, sin su "Arquitecto" y con un Héctor y un Lucas mentalmente agotados por el fracaso mundialista, perdió la brújula.
La mística de las cuatro Champions consecutivas se desvaneció en una noche fría de febrero. En los Octavos de Final, nos cruzamos con la Juventus.
• La Ida en Turín: Un 0-0 soporífero donde el Madrid fue una sombra de sí mismo. Lucas intentó mil regates, pero sus piernas pesaban como el plomo.
• La Vuelta en el Bernabéu: El estadio esperaba el milagro, pero el "Catenaccio" italiano fue una tumba. En el minuto 82, un contragolpe de la Juve selló el 1-0.
Por primera vez en cinco años, el Real Madrid quedaba fuera de Europa en la primera ronda eliminatoria. El imperio había caído.
La Recaída: El Sueño Roto de Thiago
El segundo año debía ser el de mi regreso triunfal. Trabajé como un animal, siguiendo la disciplina de mi padre al pie de la letra. Volví a las canchas en noviembre, entre aplausos y lágrimas de la afición. Jugué tres partidos, asistí dos goles y sentí que el Arquitecto estaba de vuelta.
Pero en un entrenamiento previo a la Navidad, el destino me dio el golpe de gracia. En un choque fortuito, sentí un latigazo en la misma rodilla. No fue tan grave como la primera, pero fue suficiente para devolverme al quirófano. Media temporada más a la basura. El túnel se hacía más largo y oscuro.
—"¡¿Por qué a mí?!" —le grité al médico mientras me vendaban de nuevo—. "He sido disciplinado, he seguido todo el plan..."
—"El cuerpo tiene memoria, Thiago" —respondió él con tristeza—. "Y el tuyo ha pagado el precio de la gloria."
El Segundo Año de Sequía
Sin mi presencia constante para organizar el caos, el Madrid volvió a navegar a la deriva en Europa. Lucas y Héctor intentaron tirar del carro, pero la conexión de la "Trinidad" estaba rota por mi ausencia. Ese segundo año, volvimos a quedar eliminados de la Champions prematuramente. Ya no éramos los invencibles; éramos el equipo veterano al que todos querían enfrentar para hacerse un nombre.
Dos años sin oler la "Orejona". Dos años de críticas feroces de la prensa, que decía que nuestro ciclo había terminado, que la Trinidad era cosa del pasado y que el club debía vendernos para renovar la plantilla.
El Pacto de la Resurrección
Una noche de mayo, ya caminando con dificultad pero sin muletas, reuní a mis hermanos en el jardín de nuestra casa. Había un silencio sepulcral, el olor del fracaso flotaba en el aire.
—"Escuchen bien" —dije, señalando las vitrinas vacías de estos dos últimos años—. "Llevamos dos años siendo la sombra de lo que fuimos. Yo estoy roto, ustedes están cansados y el mundo dice que estamos acabados. ¿Se lo van a creer?"
Lucas apretó los puños y Héctor levantó la mirada, recuperando ese fuego en los ojos que lo hacía el "Cóndor".
—"No vinimos desde el barro para morir en el asfalto de Madrid" —continué—. "La disciplina no es ganar cuatro seguidas. La disciplina es volver a ganar cuando todos apuestan a que vas a perder. El próximo año es el último de nuestros contratos. O recuperamos la corona, o nos vamos como leyendas olvidadas. Pero yo no pienso irme así."
Nos tomamos de las manos, formando de nuevo ese círculo inquebrantable. Dos años de oscuridad nos habían enseñado lo que era la humildad, pero ahora, el hambre de gloria era más voraz que nunca. El tercer año de sequía no era una opción. El Arquitecto estaba sanando, el Genio estaba despertando y el Cóndor tenía hambre de redes. El mundo creía que la Trinidad estaba muerta, pero solo estábamos esperando el momento justo para incendiar el tablero de nuevo.