Un Viaje Que Jamás Olvidare

Un Viaje Que Jamás Olvidare

Mi vida se siente vacía, carga el peso de la tragedia y la melancolía que me abate todos los días.

Trato de reflexionar en mis pensamientos pasajeros, como aquellos que llevo en mi autobús, escucho sus historias, algunas me harían llorar si siguiera siendo el joven que soñaba con ser músico, y trazar en mis letras aquellos relatos que la gente suele olvidar.

¡Pero eso; solo es un sueño pisoteado!

Una mañana de esas en que sientes que el mundo te aplasta como si fueras un pedazo de mierda, suena el despertador a las 4 de la mañana, me levantó con pocas ganas de hacerlo, me siento en mi cama, mirando entre mis manos el despertador, tic tac, tic tac, tic tac

Era lo único que escuchaba en el silencio más desgarrador, lagrimas empiezan a brotar de mis ojos como goteras en mi techo. ¿Tan miserable me sentía?, ¿he hecho algo con mi vida? (Gritaba)

Deje que los pensamientos se fueran como palomas al aire, me levante rápido, tire el despertador a la cama y entre en la ducha, abriendo el chorro en lo más fuerte, miraba el agua como caía sobre mí con gran presión, trataba de huir de mi depresión, me restregaba duramente, como si estuviese untado de algo que no quería salir, hasta el punto en que raye mi piel, sangre. El sifón se tragaba el agua junto con mi sangre sin discriminarla.

Trate de sanar mis heridas físicas, pues las internas ya no cerraban; me vestí y salí hacia el trabajo.

Ya como al medio día, me encontraba almorzando, cuando vi que una mujer se me acerco, preguntándome, si la ruta que yo manejaba se demoraba en salir, pues en ese lugar solo venia una ruta cada dos horas. Así que la mire a los ojos y un poco serio, conteste gentilmente – sí, acabo de almorzar y salimos.

La mujer me agradeció y se sentó a esperar; yo la miraba a lo lejos, nunca había visto a una mujer tan preciosa. Acabe de almorzar, guarde mis viandas, me tome un sorbo de café amargo y llame a la mujer junto a quienes esperaban el bus.

El viaje empezó, agitado como siempre. Oía las conversaciones de los pasajeros, oía sus quejas, felicidad, tristeza, sus chismes, sus idioteces y más cosas absurdas. Trataba de no prestar mucha atención, pues aunque no quisiera oírlas, mi buen oído siempre terminaba oyéndolas. Tal vez porque mi oído era de músico. Eso pensé mientras me lo negaba (no, no, no puede ser).

Después de dos horas, ya entrando en la ciudad, la mujer que me parecía preciosa se me acerco y dijo, te lo agradezco, señor conductor. Y se bajó en la parada que nadie se solía bajar, una parada desolada, con una silla verde y mal gastada, la mujer sonrió y se marchó, desapareciendo del retrovisor en el que la observaba. Me pregunte a mí mismo si la volvería a ver.

Los días pasaron y siempre al medio día, la recogía en aquel pueblito, y siempre se bajaba en la misma parada de mala muerte. Me parecía extraño que siempre viajara sin importar que fuese domingo. Ya de tanto vernos ella se sentaba a mi lado y dialogábamos, me hablaba de su vida y las cosas que le gustaban. Un día le lleve unas margaritas, pues eran sus flores favoritas, ella se sonrojo y se puso muy feliz; cada vez éramos más unidos. Mi vida estaba cambiando de color, ya me levantaba animado y con ganas de ir hacia mi trabajo. Solo por ver a Emily.

Una tarde de Abril, mientras conducía hacia la ciudad, junto a Emily y los otros pasajeros, que casi siempre eran rostros diferentes. Con música de fondo, vi algo extraño en la última silla del autobús, una mujer blanca y pálida, vestida de negro, levanto su mano y séllalo a Emily, volteé deprisa y vi que no había nadie sentado allí. Emily me pregunto que si me sucedía algo, yo le dije que no y pensé que tal vez era mi imaginación.

Ese día Emily me pregunto que si de noche haría también esa ruta, yo le conteste que sí que a las 9 de la noche pasaba por aquí. Ella sonrió y se despidió.

A las nueve de las noche subía, un poco emocionado pues pensaba que ella quería que la recogiera a esa hora, para llevarla a su pueblo, y como era mi última ruta, tal vez podía llevarla y quedarme con ella.

Pase por la parada y si señores, hay estaba ella, se subió en el bus y detrás de ella se sintió como si algo se hubiese subido también, un viento frio y escalofriante, los pasajeros también lo sintieron, pero como estaba lloviendo pensé que tal vez era eso.

Continuamos nuestro rumbo. Como a la hora, un mula venía a toda velocidad, trate de esquivarla pero alcanzo a tocarnos y nos lanzó por el barranco, intentaba maniobrar para que la accidente no fuera tan grave, hasta que un árbol grande y grueso paro el bus en seco. Voltee a mirar a Emily, y esta no reaccionaba, me quite el cinturón y con mi brazo roto y sangrando, trate de despertarla, ella no respiraba y su corazón no latía, la abrace fuertemente, la desesperación se apoderaba de mí, mire hacia atrás y los pasajeros, estaban rompiendo las ventanas para evacuar el bus, yo me apegaba al cuerpo de Emily y no la soltaba, la cargue y decidí salir con ella.



Albert Peiz

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En el texto hay: primer amor, tristeza, deprecion

Editado: 21.07.2018

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