Capítulo 2
—¡Levántense todas ahora mismo! —la voz de la directora rasga el silencio antes de que el sol termine de asomar—. ! ¿Dónde está Bella? Búscala. Las puertas se abren de golpe. Pasos corren por los pasillos. Gritos contenidos. —No está en su cama, hermana. —Tampoco en el baño. —Ni en la iglesia. La directora llega al cuarto, respiración entrecortada, y ve la cuerda de sábanas colgando de la ventana. Se apoya en el marco, pálida. —No pudo… no pudo haber escapado —susurra—. ¡Revisen el patio, el jardín, la puerta! ¡No puede estar lejos! Mientras tanto, yo ya estoy en el techo. Mis manos arden, las piernas me tiemblan, cada movimiento cuesta muchísimo. Sigue, me digo para mí misma. No te detengas. Despacio, con mucho cuidado, bajo por la cuerda hasta que mis pies apenas rozan el muro… y entonces la cuerda cede un poco. Casi caigo. Me agarro con todas mis fuerzas, las manos deslizándose por la tela. Tengo que ir más despacio, aguantar más, y el tiempo parece detenerse. Por fin mis pies tocan el suelo, pero ya escucho voces acercándose. Corro agachada hasta la puerta trasera, pero está cerrada con cerrojo. Tengo que buscar otra salida. Me deslizo entre los arbustos, el corazón golpeándome el pecho, y veo que alguien viene. Me agacho detrás de un roble, conteniendo la respiración. Pasan tan cerca que puedo oír sus pasos. No me ven. Sigo adelante, con las piernas temblándome, hasta que llego al almacén. Me meto y me escondo detrás de un barril enorme de grano, sin atreverme a respirar fuerte.
Escucho la puerta abrirse.
—Aquí están los tarros —dice una voz. —Gracias —responde el lechero—. ¿Todo bien? Parecen muy alteradas. —Una niña… se ha perdido —responde la monja con voz tensa—. Si la ve por el camino… avise, por favor. Es importante. —Claro que sí. Buen día. La puerta se cierra. La carreta empieza a moverse. Salgo despacio, sin hacer ruido, y me deslizo por debajo, aferrándome con todas mis fuerzas a los listones de madera. Pero no fui tan rápida como creí. Justo cuando la carreta arranca, alguien me ve. Es la hermana Clara. Era rara. Muy seria, casi nunca sonreía. Me regañaba siempre. Pero era amable conmigo a su manera. Yo siempre le contaba mis sueños: que quería viajar, aprender, ser doctora… y ella se reía. Se reía de mí. ¿Cómo vas a salir de aquí?, me decía. Y cuando me atrapaban, se reía también. Como si todo eso fuera solo un juego imposible. Me ve ahora, ahí agachada, bajo la carreta. No se ríe. Me sostiene la mirada un instante. Y entonces me da una sonrisa rápida, apenas visible. Se da la vuelta de inmediato, antes de que las otras la vean, y le dice a la directora y a la otra monja con voz firme:
—No vi nada. Nadie pasó por aquí. La directora la mira molesta: —¿Segura? Usted estaba de guardia. —No la vi —repite Clara, sin apartar la vista—. Si se fue, fue por otro lado. La directora duda, pero no tiene pruebas. —Busquen en el patio —ordena, molesta—. Y usted, venga conmigo. Se llevan a Clara. La carreta avanza. Me quedo inmóvil, escuchando cómo se alejan. Ella se reía de mis sueños. Decía que nunca lograría salir. Y aun así… me dejó ir. Aprieto la madera con las manos. No sé por qué lo hizo. No importa. Lo hizo. Y ahora me iré. lejos, hacia todo lo que quise ser.
— Fin del Capítulo 2 —