Un viaje tras mi sueño

El mundo que no conocía

Capítulo 3

La carreta se detuvo por fin. Me solté despacio, con cuidado, y salí de debajo. El aire me golpeó la cara: olía a hierba fresca, a tierra mojada y a flores. Estaba en medio de un campo inmenso, tan grande que apenas se veían los árboles a lo lejos. Por todos lados, hasta donde alcanzaba la vista, flores amarillas, rosas y blancas brillaban bajo el sol. Nunca había visto tanta belleza junta. En el orfanato todo era gris, apagado… y aquí, el mundo parecía pintado a mano. Me puse de pie y me sacudí el polvo de la ropa. Tenía conmigo un pequeño bolso con lo poco que me había atrevido a traer. Saqué la capa que había guardado dentro y me la puse sobre los hombros, cubriéndome bien. Empecé a caminar, despacio al principio y luego con paso más firme, hacia donde se veían los tejados de un pueblo.

Cuando llegué, el mercado era inmenso. Había gente por todas partes, voces que se mezclaban y colores que brillaban bajo la luz. Los vendedores ofrecían frutas rojas y doradas. Otros mostraban telas tan suaves que parecían nubes. Pasaban señoras en carruajes, con vestidos de encaje y cintas de colores, tan hermosos que no podía apartar la vista. En el orfanato solo conocía los vestidos marrones y los tonos grises de las paredes. Todo, absolutamente todo, era nuevo. Todo es nuevo, me dije. Nada se parece a lo que dejé atrás. Entré en un pequeño puesto de baratijas, lleno de cajas talladas, peines de hueso y medallas antiguas.

Saqué de mi bolso el reloj: aquel que había tomado del despacho de la directora. No sabía cuánto valía. No tenía ni idea. Se lo mostré al hombre que atendía. Él lo tomó con cuidado, lo examinó por ambos lados, lo acercó a la luz… y de pronto me miró con sospecha, de arriba abajo. —Niña… este reloj es muy valioso —dijo con voz áspera—. Demasiado valioso para que lo tenga una niña como tú. ¿De dónde lo sacaste? Sentí un nudo en el estómago. —Era de mi madre —mentí—. Solo quiero venderlo. Necesito veinte monedas de plata. Él soltó una risa seca. —¿Veinte? Esto vale mucho más que eso. Vale unas treinta monedas, sin duda. Lo miré sorprendida. Yo no sabía su valor real.

El hombre siguió observándome con desconfianza, pero finalmente contó las monedas y me las entregó. —Toma. Y será mejor que te vayas. Apreté el dinero contra mi pecho y salí. Mentí. No era de mi madre. Y ni siquiera sabía cuánto valía. Entré entonces en una tienda de comestibles. —Hola —dije—. Quiero comprar unas manzanas y algo de comer, por favor. La mujer calculó el precio. —Todo esto vale cinco monedas de plata. Le entregué las monedas. La mujer tomó el dinero, me dio las cosas y enseguida volvió a atender a los demás clientes. Salí de la tienda con la bolsa en la mano.

Seguí caminando entre la gente, observando todo a mi alrededor. El ruido del mercado, los carruajes, los vendedores… todo parecía moverse demasiado rápido. Me detuve un momento y miré la bolsa que llevaba entre las manos. Era extraño estar allí. Nadie sabía quién era yo. Seguí caminando hasta que me acerqué a una dama que pasaba por allí. Hice una pequeña reverencia y dije con voz suave: —Disculpe, señorita… ¿sabe dónde queda la estación del tren? Necesito comprar mi boleto. Ella se detuvo y me miró con una sonrisa amable. —Claro que lo sé. Y, si quieres, puedo llevarte. Voy directamente hacia allá. —Muchas gracias. Caminamos juntas. Mientras avanzábamos, el ruido del mercado fue quedando atrás poco a poco. Las calles se hicieron más tranquilas y, a lo lejos, comencé a distinguir algo enorme entre los edificios. Un humo oscuro se elevaba hacia el cielo. Me quedé mirando. —¿Eso es…? La dama sonrió. —La estación. Apreté con fuerza la bolsa que llevaba conmigo. El tren estaba allí. Y, por primera vez, pude verlo con mis propios ojos.

— Fin del Capítulo 3 —



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En el texto hay: romance, epoca medieval, viaje en tren

Editado: 03.10.2026

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