Un Villano Perfecto

Vida y Muerte

Esta es la historia de Deiby, un joven de veintiocho años que nunca destacó demasiado entre los demás. Era delgado, de piel oscura y llevaba siempre el cabello corto. Su mirada solía ser tranquila, casi tímida, como si prefiriera observar el mundo desde la distancia.

Era amable, demasiado amable para un mundo que rara vez devolvía ese tipo de bondad. La mayoría de las personas apenas lo notaban... excepto cuando necesitaban algo de él.

En su vida solo sentía verdadero afecto por tres seres: su gato, el amor de su vida y prometida, y su mejor amigo. Tres presencias que habían marcado su existencia desde que salieron del orfanato.

O al menos... eso era lo que él creía.

Para Deiby, su vida siempre había sido normal. Simplemente pensaba que había tenido mala suerte.

Ese pensamiento cruzaba por su mente mientras veía un carro acercarse a toda velocidad.

En ese instante todo se volvió blanco.

Y su vida entera comenzó a desfilar ante sus ojos.

Su historia comenzó en un orfanato.

El edificio era viejo, con paredes desgastadas y un olor constante a humedad. Las ventanas altas apenas dejaban entrar la luz del sol, y los pasillos resonaban con llantos, pasos apresurados y regaños constantes.

-¡Más rápido! -gritó una de las encargadas mientras empujaba a varios niños a limpiar el comedor-. Aquí nadie come gratis.

Deiby trabajaba en silencio, como siempre. Había aprendido que llamar la atención solo traía problemas.

Una tarde estaba sentado solo en el patio del orfanato. El suelo era de tierra seca y el pequeño árbol del centro apenas daba sombra.

-¿Por qué siempre estás solo?

La voz lo tomó por sorpresa.

Una niña se había sentado a su lado sin que él lo notara. Tenía el cabello oscuro y una sonrisa cálida que parecía fuera de lugar en aquel sitio gris.

-Porque nadie quiere jugar conmigo -

respondió Deiby en voz baja.

La niña frunció el ceño.

-Eso es mentira.

-¿Eh?

-Yo sí quiero jugar contigo.

Deiby levantó la mirada con sorpresa.

-¿De verdad?

-Claro -dijo ella riendo suavemente-.

Me llamo Mery.

-Yo soy Deiby.

-Entonces ya somos amigos.

Desde ese día comenzaron a pasar tiempo juntos.

Una tarde estaban sentados bajo el pequeño árbol del patio mirando el cielo gris.

-Cuando seamos grandes quiero una casa -dijo Mery de repente.

-¿Una casa?

-Sí. Una casa bonita. Con flores afuera... y una cocina grande.

Deiby la miró con curiosidad.

-Yo nunca he tenido una casa.

Mery lo observó con una sonrisa tranquila.

-Entonces cuando tenga una... podrás vivir conmigo.

Deiby sintió cómo su rostro se calentaba.

-¿En serio?

-Claro.

-Entonces... yo trabajaré mucho para ayudarte.

Mery soltó una pequeña risa.

-No tienes que hacerlo todo tú.

-Pero quiero hacerlo.

Ella lo miró unos segundos y sonrió con suavidad.

-Eres raro, Deiby.

-¿Eso es malo?

-No.

-Entonces está bien.

No mucho tiempo después apareció otro niño en sus vidas.

Una tarde un chico llegó corriendo por el patio con una sonrisa descarada.

-¡Oigan ustedes!

Deiby y Mery levantaron la mirada.

-¿Sí? -preguntó Mery.

El chico se cruzó de brazos.

-Necesito amigos.

Deiby parpadeó.

-¿Así nada más?

-Claro.

-¿Y por qué nosotros?

El chico se encogió de hombros.

-Porque ustedes se ven menos aburridos que los demás.

Mery rió.

-Está bien. Puedes sentarte.

El chico se dejó caer en el suelo.

-Perfecto. Me llamo Jaime.

-Yo soy Mery.

-Y él es Deiby.

Jaime lo observó con atención.

-Te ves demasiado tranquilo.

-¿Eso es malo? -preguntó Deiby.

-No. Pero seguro te meten en problemas.

-A veces...

Jaime sonrió.

-Entonces te ayudaré.

Desde ese día, los tres se volvieron inseparables.

Compartían comida cuando alguno tenía hambre, se defendían cuando otros niños los molestaban y pasaban horas hablando de cómo sería su vida cuando salieran del orfanato.

Una noche estaban sentados cerca de una ventana por donde entraba la luz de la luna.

Jaime levantó la mano.

-Tengo una idea.

-Eso siempre es peligroso -dijo Mery.

Jaime ignoró el comentario.

-Prometamos algo.

-¿Qué cosa? -preguntó Deiby.

Jaime los miró con una seriedad poco común en él.

-Que nunca nos abandonaremos.

Mery levantó su mano primero.

-Nunca.

Deiby dudó un segundo.

-¿De verdad creen que siempre estaremos juntos?

Jaime sonrió con confianza.

-Claro que sí.

Deiby levantó su mano.

-Entonces... nunca.

Las tres manos se juntaron bajo la luz de la luna.

En ese momento creyeron que esa promesa duraría toda la vida.

Cuando cumplieron dieciocho años abandonaron el orfanato.

Pero la libertad no fue como la habían imaginado.

Las calles eran frías y ruidosas. Dormían bajo puentes o en edificios abandonados. El olor a basura y humedad era constante.

Una noche el frío era tan intenso que Mery temblaba.

Deiby se quitó su chaqueta.

-Toma.

-No, tú la necesitas -dijo ella.

-Estoy bien.

Jaime los observaba desde un lado con una sonrisa.

-Ustedes dos parecen una pareja de ancianos.

Mery le lanzó una mirada.

-Cállate.

Jaime soltó una risa.

-Lo digo en serio.

Deiby bajó la mirada, avergonzado.

Mery también.

Con el paso de los días la desesperación crecía.

Una noche Jaime habló con tono serio.

-Tengo un plan.

Deiby suspiró.

-Eso nunca termina bien.

Jaime señaló a un hombre elegante que caminaba por la acera opuesta.

-Ese tipo tiene dinero.

Mery dudó.

-Jaime...

-Solo una vez -dijo él-. Solo para salir de esto.

El robo salió bien.

Pero durante la huida el perro del hombre corrió hacia la calle.




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