UNA TRADICIÓN QUE CUBRE EL ROSTRO Y OTROS ATRIBUTOS
Nunca volveré a subestimar el arte de las pociones. La sensación de ella invadiendo los adentros de mi cuerpo ha sido la experiencia más tortuosa que he de vivir. Existen partes de aquel evento que olvidé e incluso creo haber alucinado por lo imposible que suena.
Han transcurrido ya tres días y solo este último es el que realmente recuerdo de principio a fin, siendo que pase la mayor parte del tiempo dormida, recuperando lo que el brebaje alucinatorio del principito me causó.
«Como pudiste ser tan ingenua, Thiora»
La respuesta no la tengo, sin embargo, pensar en ese kaxiano me llena de bilis el estómago. Se atrevió a jugar un juego del que admito, fue bueno. Al menos hasta que vacíe cada alimento que me ofrecieron y estuvo en peligro mi vida, así como la suya.
—Los odio, los odio, los odio.
Me doy de golpes en la pared del camarote donde me aposaron. El hechizo que me privaba del habla se ha disuelto, así como mi ímpetu. La agonía de estar más cerca y lejos a su vez me carcome la piel, cada hueso y el corazón por completo. No hay forma de huir y acabar con esto de una vez me resulta desolador. No tendría valor ahora incluso si días anteriores planeaba arrojarme al risco.
Entonces la puerta se abre.
—Casi no has comido.
La mujer que ha estado en guardia vigilando mis movimientos me llama con neutralidad, casi aburrimiento por tan banal tarea encomendada. Es una soldado tras contemplar que no porta el carcteristico uniforme bermellón de un fatal, sino más bien en un tono rosado. No me pierden de vista pese que una cadena dorada y brillante hecha de magia me envuelve las muñecas. Tintinea en luz de la exclavitud en la que me someto.
Ella se encarga de mantenerla con vida, siendo que la magia no es permanente, por lo que debe reforzarla constantemente al no es un buen recipiente para mantenerla estable. Probablemente por eso se deba a que es un soldado, pues no toda la magia que se nos concede es la misma para cada portador. Algunos es nato mientras que otros deben de desarrollarla e incluso ni siquiera asistiendo a las mejores instituciones se puede conseguir superar lo que el equilibrio otorgó.
No he de responder ante las palabras de la guardia y por el contrario, giro el rostro a un sitio donde no pueda ver el suyo. Abrazo mis piernas con las sábanas enmarañadas bajo mis píes.
—Vistete —señala el atuendo que descansa en la silla que acompaña una pequeña mesa donde las sobras del desayuno yacen—. Anclamos en minutos y salir de ese modo no es una opción.
En alguna parte del tiempo el vestido que rasgué para lo que creí era mi escape, fue removido de mi cuerpo y tan solo el camison es lo que me cubre. El vacío de la inexistencia me sobrepasa y creo caer en una profunda melancolia al punto que si me lanzaran magia para dominarme o acabar con mi vida, la aceptaría. Dije que podría con esto, por mi madre y comunidad, pero temo que mientras más me acerco a Kaxia, menos ganas de luchar nacen de mi ser.
—¿Voy a tener que vestirte acaso?
—Adelante.
Sus labios se extienden en una sonrisa, al ritmo de sus dedos y voz que conjura magia dominante para hacerme levantar de la cama y manipular mis movimientos. Mis dedos se aferran a tomar la tela. La cadena desaparece como papel consumiéndose en fuego y mis piernas rigidas permanecen en el sitio inamovibles una vez que mis brazos se meten en la especie de bata o vestido tradicional de su nación. Es totalmente violeta de nuevo, pues es más que obvio que desean dejar en claro quien soy yo. El destello de la emperatriz Prosperina o la perra de Kaxia como le hago llamar en mi mente.
—Kiyal —la orden de su boca y dedos en señal de que gire me hace darle la espalda para que pueda tomar de las gruesas cintas rojas que se ajusta a mi cintura. Las oprime con un repudio más que visible a mi persona para que me cueste respirar.
—Espero te guste que te desvistan tanto como el que te vistan, clamoriana.
Un escalofrío recorre mi columna vertebral tras oirla, mientras la oígo reir con satisfación. Mis palabras afiladas desean emerger de no ser que la puerta suena seguida de ser abierta.
—¿Ya está lista?
El preferido de la sombra de Prosperina hace aparición con su uniforme intacto de fatal.
—El buen Guiarfred —pronuncio su nombre o apellido, no lo sé.
—Has recobrado el habla por lo visto, señorita Riagnmus. Y no has olvidado mi nombre. Debí causarle una muy buena impresión.
—De las mejores —el sarcasmo no es sutíl y el fatal sonríe tras identificarlo.
—No tienes zapatos. Te sugiero que te los coloques a menos que deseés quemar tus pies por la caliente arena. Pronto te dará cuenta que hay mucha por aquí.
Con renuencia tomo las zapatillas que tienden a asemejarse al de una bailarina, excepto que la suela es mucho más gruesa.
—Tu kajta, querida.
—¿El qué? —le veo señalar la silla donde un pedazo de tela ligera muy similar al tul, aunque no tan translucido se vislumbra ante mi cuestión.
—Nadie en está nación puede ver tu rostro. No hasta la presentación, póntelo.
Detesto las ordenes un poco más que seguirlas, sin embargo, me trago aquel orgullo como la hija consecutiva de la casa Riangus que soy e intento colocarla. Aquella prenda sale de todo conocimiento poseído, por lo que las manos de Guiarfred simulan la forma en la que dedo colocarlo. Ruedo los ojos en blanco por su rostro cubierto de obviedad tras mi falta de conocimiento en su uso, pues una especie de cinta o diadema en forma de corona se ajusta a mi cabeza como soporte de ello. Parece un velo de novia excepto que este es corto. Apenas llega hasta terminar mi cuello, aunque todo se mira borroso ahora.
—Violeta, que predecibles ¿no tienen otro color acaso?
—No hasta la consagración —responde el fatal ante el murmuro que llegó a escuchar de mi parte.
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sistema de magia, proximidad forzada, bandos enemigos de la guerra
Editado: 06.01.2026