LAS PLEGARIAS TIENEN FORMA DEL ENEMIGO
Temo que este tiempo no había dimensionado lo que significaba permanecer en este sitio hasta la noche de ayer. La forma en la que fui denigrada apenas fue una pequeña probada de lo que me esperaba si me conservaba en este perverso lugar. Habría de pasar años de mi vida al servicio de los deseos más bajos de otros y todo por no tener el suficiente valor para saltar de aquel día del peñasco.
«Por todo el equilibrio»
Llevo mis manos a la cabeza, siento que va estallarme, así como las nauseas alimentan mi ansía de correr directo a la sala de baño. He de girar mi rostro para mirar por la ventana y serciorarme que en efecto, ya es otro día. He olvidado como es que llegué a esta cama y eso no es alentador de cualquier forma que lo vea. Además, mi camisón ha desaparecido y una bata de baño la sustituye. Poseo tantas preguntas que puede que se respondan una vez que descubro la silueta de Thiago Fardo dormido en el sillón.
Respira con tanta ligereza que adivino que está en un profundo sueño, pues su pecho se eleva con esa lentitud como si no fuera el ejecutor de las sádicas órdenes de su hermana. Mis ojos lo han de contemplar por unos cuantos segundos mientras me reincoporo y elevo hasta mi pecho el edredon que me mantuvo cálida durante la noche ¿Él me la habrá puesto? «Imposible» me repondo incluso sino comprendo los hechos. Me pregunto si por igual estuvo involucrado con mi vestimenta actual qué no es muy distinta a lo que portaba ayer, siendo que la noche anterior me despojaron del vestido y me introdujeron dentro de una jaula y... me está mirando.
La sombra de Prosperina ha despertado.
—¿Qué haces aquí?
Mi instinto me hace tocar el cuello seguido de mis palabras, pues mi voz al fin había vuelto.
—Ya puedes hablar, que grato.
No estoy para su sarcástico humor, por lo que solo le destino una furtiva mirada. Basta de un segundo para que se ponga en pie y comprenda que ambos yacemos solos en una habitación. Retrocedo sobre la cama a la esquina con mis piernas doblandose al tiempo que cubro mi cuerpo con el edredón. El kaxiano se percata de inmediato de mis actos y se detiene en el dosel.
—No voy hacerte ni te hice nada.
—¿Por qué estás aquí? —insisto—. ¿Cómo he llegado hasta aquí, has sido tú?
—Estabas ebria. No habrías podido llegar sola.
Toco mi cabeza de nuevo y recuerdo como los suyos me obligaron a beber de su licor. Me arrojaban comida cual si un animal debieran alimentar y se divirtieron embriagándome hasta que perdí la consciencia de mis actos.
—Te dije que vertiera el estómago anoche o una resaca te acompañaría por la mañana y veo que no me equivoqué en ello.
El que me hable cual si fuéramos amigos me enferma, me causa náuseas, literalmente. La sensación desde la boca del estomágo y sube hasta mi garganta. Me obligo a poner la mano sobre mi boca para contener un desastre. No puedo evitarlo y corro a la sala de baño donde las arcadas emergen, una tras otra con el tiempo sintiendose lento. Termino sentada en el suelo, me recargo en el retrete, agotada y adolorida por las contracciones en el abdomen y el esófago ardiendo por el ácido.
Jamás había bebido tanto como para sentirme de está forma. «Tonta, tú no bebiste por voluntad. Te obligaron a hacerlo». Recuerdo como el comisionado me tomó del cabello para domarme y la sensación de ahogo tras sentir el ardiente alchol caer dentro de mi garganta. Las manos de los hombres adentrándose en la jaula para querer tocarme mientras me decían las cosas que me harían cuando su turno llegara.
Limpio con el dorso de mi mano la porquería que pudo haber quedado de mi acto en las comisuras de mi boca y respiro con pesadez. Una lágrima escapa de la esquina de mi ojo.
—¿Cómo pueden hacernos esto? —no es que espere una respuesta, pero deseo desahogarme ante la presencia de este principito que se recarga en el marco de la puerta con la vista indescifrable a mi persona—. Nos venden, somos poco menos que objetos con lo que se divierten sin importar lo que pudieramos sentir. Duermen con la conciencia limpia, porque no somos personas para ustedes. Si morimos otros más nos reemplazarán ¿no es así?
—Te quejas con la persona equivocada, chispita.
Las lágrimas en mis ojos desean caer como la primera. No lo permito. No dejaré que me vea de esa manera este hombre o cualquier kaxiano.
—¿Por qué no te largas y me dejas sufrir sola?
—Porque necesito una respuesta —no comrpendo y debe notarlo—. Te hice una propuesta hace un día y requiero de una respuesta.
No tengo pensamientos para lidiar con sus problemas, pues la cabeza me estalla y las náuseas continúan en mi sistema. Una especie de vergüenza abarca mi ser debido a que mi aspecto debe ser deplorable. Vomitar frente a otra persona no es algo que pensé hacer algún día incluso si se trata él.
«Tal vez deba vomitarte en tu pulcro traje o hermoso rostro»
—Ven, vamos.
Sus manos se aproximan a mí para ayudarme a reincoproar, pero lo manoteo.
—¡No me toques!
—Haré lo que yo quiera —me toma del brazo y levanta en un movimiento. Yazco débil, por lo que no existe mucho de mí que pueda contenerse. La puerta suena y me sienta al borde de la cama—. Justo a tiempo.
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Editado: 13.02.2026