Capítulo 1
Aaron
Abrí la puerta del restaurante y recorrí el interior con la mirada. En ese momento sentí el choque en mi espalda.
Al voltear, me encontré con una sonrisa franca en un rostro de ángel, y la mirada inocente de un par de grandes ojos grises.
—¡Disculpa! –musitó ella–. Yo siempre torpe.
Me moví para darle paso, sin responder.
—¡Aaron!
—¡Sussy!
Escuché las dos voces al unísono y volví a mirar el recinto. Grace y otra chica, sentadas a una mesa junto a la ventana, levantaban la mano hacia nosotros.
Seguí a la chica, que al parecer se llamaba Sussy, y ambos nos dirigimos a la mesa que la niñera de mis hermanas compartía con sus amigas.
Alice y Lycia, a quienes Grace había llevado ese domingo al Eat n' Run, corrieron a saludarme como siempre lo hacían, con sus bracitos abiertos y sus sonrisas de sol, pero enseguida se sentaron a su lado haciendo un esfuerzo por comportarse como señoritas.
Que yo recuerde, aparte de mi padre y mi tío, ellas eran las únicas que se ponían felices de verme.
Me senté en la única silla que dejaron libre, entre Alice y la chica llamada Sussy, mientras saludaba con un “hola” y una sonrisa a las cuatro mujeres.
—Bienvenido, Aaron –dijo la chica de cabello rojizo–. Yo soy June.
—Y yo, Hazel –intervino la de pelo negro antes de que pudiera responder–. Estás aquí porque Grace habla muy bien de ti, de lo contrario no tendrías el privilegio.
—¡Hazel! –la reprendió June–. Tú ignórala –agregó dirigiéndose a mí–, siempre serás bienvenido.
No supe qué responder. En realidad me sentía abrumado con tanta atención sobre mí.
—No te estoy echando, Aaron –dijo Hazel al fin con una sonrisa–. No eres el único intruso, mi hermanita también se suma hoy al grupo.
Miré a la chica a mi lado. Aunque la señalaban como “nueva”, parecía que entre ellas ya se conocían.
—Ignora a mi hermana –me dijo por lo bajo–. Ella nunca tiene cuidado con lo que dice.
—Me gusta la franqueza –le respondí con una sonrisa–. Al menos uno sabe con qué se enfrenta.
—¡¿Vieron?! ¡Le caigo bien al chico!
—¿Ya te quedas, Sussy? –le preguntó Grace desviando la atención como un favor para mí.
—Sí, tengo que prepararme en matemáticas.
Grace me miró significativamente, instándome a hablar. Ella debía imaginar lo mucho que me estaba costando hacerlo ese día.
Entonces, hice mi mejor esfuerzo.
—¿Qué estudias? –le pregunté a Sussy.
Ella, al igual que las otras chicas del grupo, era cálida, sencilla, real. Había algo en su simpleza que la hacía grande.
Me miró de frente con una franqueza a la que no estaba acostumbrado, lo que me hizo replantearme si ir ese domingo había sido una buena idea.
—Empezaré a prepararme para el ingreso a Ingeniería civil.
—¡¿En serio?! Yo también estudio eso.
—¿En qué año estás?
—En segundo. Puedo ayudarte con las materias que necesites. Al principio todo parece más difícil de lo que realmente es.
—Gracias, Aaron –dijo ella con una sonrisa–. Claro que aceptaré tu ayuda.
En ese preciso momento fui salvado por el camarero, ya que su respuesta tan directa y fresca me había dejado sin habla. Todos tuvimos que buscar la carta y elegir el menú. Y mientras la mayoría de nosotros optó por algún plato con carne, ella eligió una porción de tarta de vegetales con tofu.
—¡Ah, sí! –intervino su hermana–. Ella es la “rara” de la familia. ¡Ojo, Aaron, que no te contagie el vegetarianismo porque le complicarás la vida a quien te cocine!
—Tú no me cocinas, Hazel –replicó ella riendo–. No le creas –dijo luego dirigiéndose a mí–, no es tan difícil.
—¿Cuánto hace que eres vegetariana?
—Apenas dos años. Tras una fuerte discusión con mamá, al fin la convencí de aceptarlo.
—¿El motivo?
—Compasión por los seres sintientes.
—Auch. Haces que me sienta avergonzado.
—¡No! ¡Por favor! –dijo ella con una sonrisa cálida–. No te sientas así. Yo no juzgo a nadie. Cada persona toma sus decisiones y todas son válidas.
Sussy se veía tímida, pero tenía una firmeza de carácter que resultaba admirable.
Cuando el camarero trajo los platos, tomé los cubiertos de Lycia para cortar su filete, en tanto Grace ayudaba a Alice.
—¿Haces esto con todos los niños? –preguntó Sussy.
—No conozco a muchos niños, pero ellas son mis hermanas. Siempre las ayudo.
—¡Ah, tus hermanas! –musitó ella mirando la escena con curiosidad.
El almuerzo transcurrió animado. Las tres amigas hablaban de su semana y Sussy y yo nos dedicamos simplemente a escucharlas. Eran jóvenes agradables, sencillas, genuinas, una clase particular de personas que yo recién estaba descubriendo.