Capítulo 2
Seis meses después
Sussy
—¡Por todos los cielos! ¡Qué guapo!
—¡Está de infarto!
Las dos chicas sentadas detrás de mí susurraban elogios desde que el profesor de matemáticas había entrado al aula, y al parecer pensaban seguir en lo suyo.
—¡Pero es viejo!
—35. No tan viejo y ¡con mucha experiencia!
Ambas rieron por lo bajo.
Intenté abstraerme de sus cuchicheos para concentrarme en una clase que de verdad me gustaba, a pesar del profesor.
Ciertamente era un hombre apuesto, pero tras su mirada había una oscuridad que, si de mí dependía, jamás me habría gustado conocer.
El tema era apasionante: Optimización de Funciones. Un tema donde la matemática abstracta empezaba a aplicarse a problemas reales.
El profesor explicaba “cómo encontrar las dimensiones ideales de una estructura para que soporte la mayor carga posible usando la menor cantidad de material”.
Entonces soltó la pregunta:
—Si tenemos un panel de acero de área fija para construir un tanque de almacenamiento cilíndrico, ¿cuál debe ser la relación exacta entre el radio de la base y la altura para que el volumen sea el máximo posible?
Aún hoy me arrepiento de haber hablado ese día.
Sabía la respuesta. Me había preparado con la ayuda de Aaron durante los últimos cuatro meses, y era uno de los temas que más me interesaban. Pero haber respondido la pregunta del profesor atrajo sobre mí una avalancha de males que en ese momento habría creído imposible.
Levanté la mano para responder y él me miró.
—¿Su nombre?
—Susan Brooks.
Él anotó algo en sus apuntes.
—¿Y su respuesta es…?
—Para maximizar el volumen con un área superficial constante, la altura debe ser igual al diámetro de la base.
Su mirada oscura me atravesó como una daga y me provocó un temblor involuntario. Sentí terror de haberme equivocado y que el hombre se avalanzara sobre mí para golpearme por haber hablado sin saber.
No sería ni la primera ni la única vez que eso sucediera. Mi padre siempre había sido severo con mis errores, y estaba acostumbrada a los golpes.
En cambio, dijo con voz grave y sin dejar de mirarme:
—Exacto… La fórmula es… –concluyó, cortando el contacto visual tras un eterno momento y volteando para escribir en el pizarrón: h = 2r.
El resto de la clase me mantuve en silencio, intentando desaparecer en mi asiento y proponiéndome no volver a hablar en matemáticas. Cuando al fin terminó, salí de prisa mezclándome con la multitud de estudiantes.
—¡Mira allá, otro que está de infarto! –escuché detrás de mí la misma voz de una de mis compañeras.
—Ese no tiene experiencia.
—¡Pero tiene dinero!
Ambas volvieron a reír. Al parecer la universidad era para ellas un espacio de diversión.
Volteé para verlas y seguí su mirada.
Más allá, casi al borde de las escalinatas, Aaron levantaba la mano hacia mí con una sonrisa de sol.
Bajé casi corriendo. Tenía suma necesidad de su cercanía. Ese chico era todo lo que estaba bien en este mundo. Estar a su lado era sentirse simplemente feliz y contenida. En el fondo de su mirada jamás había oscuridad, tristeza sí, pero nunca oscuridad. Estaba segura de que él jamás sería capaz de hacerme daño o de castigarme por un error.
Lo había comprobado estudiando con él. Cuando me equivocaba en algún cálculo me ponía nerviosa y comenzaba a temblar de miedo; entonces él me calmaba. “No hay problema”, decía siempre, “todos nos equivocamos alguna vez”. Y me regalaba esa sonrisa que me hacía recuperar la confianza.
Que era rico, era cierto. La primera vez que fui a su casa creí haberme equivocado de dirección. La mansión donde vivía parecía sacada de un barrio exclusivo de Los Ángeles, donde viven las estrellas. Era tan imponente que, recordando el día en que lo conocí, pensé en qué hacía un chico de su nivel almorzando con un grupo de mujeres de la clase trabajadora.
Después lo supe: para él no existían diferencias, para él todos éramos personas, buenas o malas, desinteresadas o no, pero personas igualmente dignas de respeto. Y eso era lo que había empezado a enamorarme de él.
Sin embargo, no iba a ser yo quien se lo dijera. Si él no sentía lo mismo no lo obligaría a nada. Mientras tanto, era feliz siendo su amiga, y al parecer él también lo era.
Cuando al fin llegué junto a él, nos dirigimos a la cafetería a platicar un rato antes de regresar a clases, y fue tan agradable que casi olvido la mala experiencia con el profesor de matemáticas.
Pero él preguntó:
—¿Qué tal la clase?
—Aterradora.