Capítulo 4
Aaron
»¿Estás bien Sussy?
»¿Sucedió algo?
Los mensajes que le enviaba marcaban una sola tilde, lo que significaba que su teléfono estaba apagado o fuera de área.
Seguramente estaba descansando.
Su mensaje me había llamado la atención ya que no era común en ella marcharse sin haberse despedido de mí, pero teniendo en cuenta mi atrevimiento del lunes anterior, lo entendía.
Al saber que ya no iría a la cafetería, me apresuré a pagar el café y despedirme de las chicas.
Al llegar a mi casa le mandé algunos mensajes más, pero no sólo no obtuvieron respuesta sino que ni siquiera le ingresaban.
Sospeché con angustia que había perdido a una amiga y sabía perfectamente que había sido yo el único culpable. Me había dejado llevar por el corazón y no había razonado con cordura.
La culpa y la ansiedad me pesaban por lo que esa noche me costó conciliar el sueño, pero antes de dormir tomé una decisión: al día siguiente me disculparía.
* * *
—¿Saben algo de Sussy? –les pregunté a las chicas cuando se unieron a mí a la salida de la primera clase del martes.
—No –respondió Emma–. Hoy no vino a clase.
—Raro en ella –agregó Leah.
En ese momento mi angustia amenazó con aplastarme. «¿Estaría enferma?»
Mientras nos dirigíamos a la cafetería volví a enviarle un mensaje. Obtuve la misma respuesta del día anterior: la nada. Una sola tilde.
—Oye, Aaron, ¿el sábado puedes ayudarme con matemática? –preguntó Emma.
—¡A mí también! ¡Por favor! –exclamó Leah.
Mi mente estaba distante por lo que respondí en automático:
—Sí.
Cuando terminó mi última clase, subí a mi coche y me dirigí al apartamento de Hazel.
Al llegar me recibió ésta.
—Hola, Aaron, pasa. No sé qué le pasa a esta chica. Le tomé la fiebre, bajo protesta, por supuesto, pero resultó normal.
»A ver si a ti te cuenta algo –agregó por lo bajo, y nos dejó solos en la sala.
—Hola, Sussy –la saludé sentándome frente a ella.
—Hola, Aaron –respondió sin mirarme.
Se hallaba acurrucada en el sofá, envuelta en una manta y al parecer había llorado.
—¿Te sientes enferma?
—¿Qué les pasa a todos? –respondió molesta–. Estoy bien. ¿Acaso no puedo faltar un día? ¿No puedo sentirme cansada?
—Sí, claro. Sí puedes. Sólo nos preocupamos por ti porque te queremos.
—Pues quizás no merezca tanto cariño.
—¡¿Qué dices?!
La observé en silencio. «¿Qué clase de pensamientos cruzaban por su cabeza?»
Ella continuaba sin mirarme. Había perdido la sonrisa tierna y alegre que la caracterizaba y un rictus de amargura curvaba sus labios… Y yo me devanaba los sesos para saber qué le había sucedido.
—¿Es por mi culpa? –musité.
Entonces me miró con el ceño fruncido, como si no comprendiera de qué hablaba.
—¿Por qué sería tu culpa?
—Por lo que hice aquel día. Me arrepiento profundamente. Bueno… no me arrepiento… pero sí… No quería ofenderte, no quería arruinar nuestra amistad. Si tú necesitas que me aleje para sentirte mejor, sólo tienes que decírmelo y te juro que no volveré a molestarte.
Ella me sonrió con tristeza, me miró por un largo momento y luego musitó:
—No es tu culpa, Aaron, pero prefiero que te vayas.
No podía sentirme más roto, pero hice lo que me pedía. Me levanté en silencio y me marché sin siquiera despedirme de Hazel.
El resto de la semana no volví a ver a Sussy. La echaba mucho de menos, pero si yo me había equivocado debía pagar el precio, aunque doliera.
* * *
El sábado desayunaba con mis hermanas en la cocina, ya que papá había salido temprano, cuando entró la señora Hensley.
—Señor Aaron, lo buscan.
—Cuántas veces debo decirle que no me llame “señor”, señora Hansley.
—Pues ya no me lo repita porque seguiré llamándolo así –replicó sonriente.
Me acerqué a ella y le planté un beso en la mejilla.
Desde que tenía recuerdos la señora Hensley trabajaba en casa de mi padre, y siempre había sido con nosotros más amorosa que mi propia abuela Ingrid, que afortunadamente vivía del otro lado del océano.
Dejé el desayuno y me dirigí a la sala de entrada. Al llegar, me sorprendió encontrarme con Emma y Leah.
Las observé intrigado. «¿Qué hacían en mi casa?» Ellas no se percataron de inmediato de mi presencia, ya que se hallaban absortas observando todos los detalles de la sala, desde el techo hasta las pinturas que decoraban las paredes, mientras rozaban con la punta de sus dedos el mobiliario.