Capítulo 5
Sussy
Después de toda una semana de depresión y vergüenza, el viernes decidí que al día siguiente iría a la casa de Aaron y le contaría todo.
Al fin y al cabo éramos mejores amigos, y los amigos debían estar para el otro en las buenas y en las malas, para compartir alegrías y penas.
Lo que no esperaba era la escena con la que me encontré al entrar en la biblioteca después de que el ama de llaves me dejara pasar indicándome dónde encontraría a mi amigo.
No supe por qué mi corazón dio un vuelco al ver a Aaron y Emma besándose, ni por qué tuve que hacer un esfuerzo tan grande para fingir indiferencia y sonreír.
—¡Sussy! –exclamó Aaron apartándose de mi compañera.
Luego rodeó la mesa y vino hacia mí para saludarme con un beso en la mejilla.
—¡¿También vienes a estudiar?! –exclamaron las chicas desde la mesa con un tono de molestia mal disimulado.
—¡No! ¡Ustedes sigan! Sólo pasaba a saludar.
—Qué bueno que viniste –musitó Aaron junto a mí, y me sentí confundida al percibir honestidad en sus palabras.
«¿Acaso no la estaba pasando genial con mis compañeras?»
—Disculpa –le dije bajo–. No quería interrumpir.
—No interrumpes nada. Fue sólo un malentendido.
»De hecho, las chicas ya habían terminado –agregó dirigiéndose a ellas–. Pueden resolver los problemas en casa y el próximo sábado los controlamos.
—¡Nooo!
—¿Y si tenemos consultas?
—Anótenlas para el sábado –replicó él–. Ahora tengo que reunirme con papá para revisar un proyecto. Trabajo es trabajo –concluyó con una sonrisa amable.
Sentí que debía marcharme. De todos modos, en cuanto lo vi con Emma, decidí que no arruinaría su mañana con mis penas.
—Bien. Los dejo –repliqué.
—Aguarda –se apresuró a decirme–. Recuerda que Grace te invitó a almorzar.
«¿Grace? ¿A almorzar? ¿Por qué Grace me invitaría a almorzar en la casa de su jefe?»
—¿Quién es Grace? –preguntó Leah.
—La novia de mi padre.
—Ah –respondieron ambas.
Yo no entendía qué estaba sucediendo. ¿Por qué Aaron estaba actuando de esa manera? Nunca lo había visto mentir como esa mañana. Lo seguro era que, en cuanto nos quedáramos solos, le preguntaría.
—No comprendo –solté una vez que las chicas se hubieron marchado.
—¿Qué no comprendes?
—¿Por qué mentiste? ¿Trabajarás hoy?
—No –respondió riendo.
—¿Grace es novia de tu padre?
—Aún no, pero lo será pronto.
—Y no me invitó a almorzar.
—Mentí para que te quedes.
—¿Y qué pasa con Emma? ¿Ya son novios o fue ocasional? ¿Y por qué las despediste tan pronto?
—Quería hablar contigo, Sussy. E invitarte a almorzar. Ya que quizás me perdonaste, quiero pasar tiempo contigo.
Me sentí encantada. ¿De verdad había despedido a las chicas por mí? Sin embargo los había visto besándose, y no era algo que mi amigo hiciera a la ligera, por eso decidí quedarme para entender qué estaba sucediendo.
—¿Te gustaría caminar por el bosque? –dijo de pronto interrumpiendo mis pensamientos.
—Sí, aunque no es seguro que debamos, creo que se avecina una tormenta.
—Ven –dijo Aaron guiándome hacia el jardín posterior–. Quizás no llegue todavía.
Al salir miramos el cielo. Se veía cubierto de nubes pero la tormenta parecía lejana.
—Vamos hasta el arroyo, no es lejos –dijo él tomando mi mano.
»Gracias por venir –musitó a mi lado, mientras seguíamos el sendero entre los árboles–. Creí que seguirías enojada conmigo de por vida.
Reí de buena gana. Ese era el síndrome Aaron: no podía estar a su lado sin reír.
—¿Qué sucede con Emma? –volví a preguntarle, esta vez más relajada.
—No sucede nada con ella, me besó de súbito, me tomó por sorpresa. No sé, debe estar confundida.
—No lo creo –repliqué–. Le gustas.
Él me miró en silencio por un momento.
—¿Estás segura? Pues a mí no me gusta ella –dijo al cabo–. Al menos no de “esa” manera. Bueno… de ninguna… ambas parecen ambiciosas… No son la clase de mujer que me interesa, ni siquiera como amigas.
Ese comentario me hizo descubrir que algo dentro de mí se calmaba, y que quizás ese “algo” eran celos.
Sin embargo no agregué nada y seguimos en silencio hasta el arroyo. Cuando llegamos, nos sentamos en unas piedras a su vera.
—Me alegra que vinieras –me dijo mi amigo muy serio, mientras arrojaba guijarros al agua.
—Me alegra haber venido.