Una Amiga para Aaron

CAPÍTULO 6

Capítulo 6

Aaron

—¿Por qué…? –musité acariciando su pelo mientras su cabeza reposaba sobre mi pecho dɛsnudo–. ¿Por qué decidiste que fuera yo?

—No sé por qué –murmuró ella–. Lo único que sé es que de todos los hombres del mundo no habría elegido a ningún otro.

La abracé con fuerza. Habría querido tenerla así por el resto de mi vida. Ella levantó la cabeza y se estiró buscando mis labios, mientras afuera la lluvia seguía arreciando y yo, íntimamente, le agradecía.

—¿Tú crees, Aaron, que me veo como una chica fácil e indecente? –preguntó quedo volviendo a apoyar la cabeza en mi pecho.

—¡Claro que no! ¿Qué dices? ¿Por qué supones eso?

Guardó un largo silencio antes de responder:

—No sé… quizás…

Y no dijo más.

—Lo que acaba de suceder no es por lo que supones, Sussy. Yo te amo, y si tú no sientes lo mismo eso no te hace menos respetable. Seguramente te dejaste llevar por el cariño… Algo debes quererme, ¿verdad?

—¡Por supuesto, tonto!

—Yo te admiro y te respeto, eres maravillosa, y aunque me veas joven, sé distinguir a una mujer decente de la que no lo es.

—Mi padre… –continuó ella como para sí–. Mi padre siempre me decía que parecía una… entonces comencé a vestirme con faldas largas, pantalones sueltos… evitaba reuniones con amigos… Probablemente quería cuidarme pero era muy severo y me hacía sentir miserable. He ligado muchas bofetadas, ¿sabes?

—Lo siento mucho… –le dije quedo–. Pero no te castigues. Tú no eres lo que tu padre temía que fueras. No eres ni mejor ni peor que nadie, más perfecta sí, pero eso no puedes evitarlo.

Ella rió y volvió a esconder el rostro en mi pecho.

—Por otra parte, tener sɛxo no es tan malo… de hecho… fue la mejor experiencia de mi vida, y ¿sabes por qué?, porque no fue sólo deseo puramente físico, fue un deseo profundo del alma porque estoy enamorado de ti.

—Y yo de ti –musitó ella acariciando mi pecho.

Permanecimos abrazados hasta que la lluvia comenzó a menguar, y entonces Sussy se incorporó.

—Tomaré una ducha. Ya debería regresar.

—¡Pero no almorzamos!

Ella me besó en los labios antes de dejar la cama.

—Se hizo tarde. Si quieres, mañana podemos almorzar juntos.

Le di su espacio mientras me vestía. Me sentía en las nubes. No podía creer lo que había sucedido. Al fin la había tenido en mis brazos como tantas veces había soñado, y sin embargo había resultado ser mucho más que un sueño cumplido: había sido un evento extraordinario.

Que Sussy fuera vīrgen fue toda una sorpresa.

Al descubrir que estaba siendo su primer hombre todo había cambiado, no pude evitar sentirla “mía” y aunque sabía que no era lo correcto, al menos no con ella, el sentir que de pronto se convertía en “mi” Sussy me llenó de un sentimiento extraño y embriagador.

Sin embargo, sabía que Sussy era un espíritu libre, una joya que debía cuidar pero nunca pensar en poseer, aunque esa certeza doliera en las entrañas.

Aún así, ni siquiera eso podía arruinar la felicidad que sentía esa tarde, y en ese estado de gozo comencé a planear el día siguiente.

* * *

El domingo volvimos a hacer una caminata por el bosque. Estábamos felices. Nos besamos hasta el cansancio, y cuando decidimos regresar a la casa antes del almuerzo, al pasar cerca de la casa de la piscina nos miramos en silencio y nos entendimos de inmediato. Entonces Sussy tiró de mi mano para llevarme dentro, donde volvimos a amarnos -esta vez con la debida protección-.

Si hubiese podido, habría eternizado ese día. Los dos reímos mucho y fuimos felices y olvidamos, al menos por unas horas, todos los males del mundo. Sussy olvidó a su padre, sus insultos y sus golpes; yo olvidé a mi madre y su indiferencia.

Después del almuerzo, ya sentados en el jardín, abordé el tema que aún me preocupaba.

—Mañana retomarás las clases, ¿verdad?

—Sí, pero no estoy segura de cursar Matemática.

—¡¿Por qué no?! ¡Si eres brillante en matemáticas!

—Mmm… no sé… se me hace pesado…

—Puedo ayudarte.

Ella me sonrió y volvió a distraerme.

—Podríamos hacer un trato… Tú podrías ir a buscarme a clase… Pero tienes que entrar al aula, pararte a mi lado antes de que suene el timbre y tomar mi mano. Sólo así aceptaré cursarla.

—¿Eso es todo? –respondí sin pensar en lo extraño de su pedido–. ¡Puedo hacerlo!

Hasta ese punto mi cerebro dejaba de razonar cuando ella estaba a mi lado y me sonreía.

—Entonces es un hecho.

—¡Perfecto! ¡Allí estaré mañana: tomando tu mano antes de que suene el timbre!

Tras ese acuerdo, no hablamos más del tema y disfrutamos del resto de la tarde tomados de la mano.




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