Una Amiga para Aaron

CAPÍTULO 7

Capítulo 7

Sussy

Fueron los días más felices de mi vida.

Con Aaron nos veíamos a diario en la universidad, estudiábamos juntos -y demás- los fines de semana, caminábamos por el bosque tomados de la mano… Sentía que lo amaba y que lo amaría por toda la eternidad, y, por primera vez en mi vida, me sentía intensamente amada.

Por otra parte, su familia era tan afectuosa conmigo que les habría pedido que me adoptaran de no ser por mi pobre hermana que, de mi familia de sangre, era la única que me daba cariño y se esmeraba en hacerme sentir bien.

Toda esa felicidad duró hasta los parciales, cuando, por primera vez, y después de haber estudiado sin descanso, obtuve una D.

Yo me sentí desolada, pero Aaron se puso furioso.

—¡Esto no es posible! –exclamó leyendo a mi lado la “advertencia académica” que acababa de recibir por mail–. ¡Hablaremos con el profesor! ¡El error lo tiene que haber cometido él! ¡Tú te sabías todo!

—Déjalo así, amor. No tiene importancia.

—¡¿Cómo que no tiene importancia?! ¡Con esa calificación corres el riesgo de ser expulsada, y por supuesto no podrás acceder a una beca ni a una pasantía! ¡Más allá de que no la mereces!

—Está bien, pero hablaré yo. Seguramente me obligará a tomar una tutoría. Tú no te metas. ¿De acuerdo?

Me costó unas cuantas caricias calmar su mirada furiosa, pero al fin lo logré. No había nada que no pudiera lograr con Aaron cuando usaba las herramientas correctas.

Lo que no sabía en ese momento era de lo que era capaz cuando realmente se enojaba. Pero eso lo descubriría algunos años más tarde.

En ese momento lo único que sí sabía era que debía hacer coraje y hablar con el profesor. Mi carrera y mi vida futura estaban en juego, y no era poca cosa.

—No vengas a buscarme el lunes –le dije entonces–. Sólo espérame en la cafetería. Hablaré con el profesor.

* * *

El lunes siguiente, al terminar la clase de matemática, respiré hondo y me acerqué fingiendo coraje al escritorio del profesor.

Él me miró levantando las cejas con gesto burlón, aguardando que hablara.

—Quiero discutir la nota de mi parcial, señor Sims. Necesito saber en qué fallé.

Lo dije con la mayor firmeza de que fui capaz, esperando que no percibiera el ligero temblor con el que salía mi voz.

—Bien –comenzó él en voz baja y ronca–, me gusta su iniciativa. Son muchos los puntos en los que se equivocó, por no decir casi todos. Si le interesa superar esa nota, mañana comenzaremos con las tutorías y revisaremos uno a uno sus errores.

Volví a respirar hondo para preguntar:

—¿A qué hora comenzamos?

—A las ocho. Trabajaremos en mi despacho.

Temblé involuntariamente. No me gustaba su despacho. Me generaba angustia porque me recordaba lo que todo este tiempo me empeñaba en olvidar. La única esperanza era que fuéramos muchos los alumnos que tomáramos esas clases de apoyo, solo así me sentiría a salvo.

Al día siguiente llegué a su despacho a las ocho y cuarto. Me había demorado a propósito para llegar después que los otros chicos y no estar a solas con el profesor.

Al llegar, respiré hondo antes de golpear la puerta y en cuanto él abrió me disculpé por llegar tarde.

En cuanto entré miré alrededor mientras él cerraba detras de mí. No había nadie. Entonces volteé a mirarlo.

—¿Y los otros chicos?

—Tú eres la única.

Involuntariamente miré la puerta con desesperación mal disimulada.

—Ven. Hablemos –dijo tomándome de un brazo y llevándome hacia los sillones de cuero dispuestos a un costado del despacho.

Me senté en el sofá apretando con fuerza mi bolso contra mi pecho y él se sentó a mi lado.

—Mira, pequɛña, no haremos tutoría; no la necesitas. No habrías aprobado jamás ese examen porque no te di los temas que estudiaste: eran temas de cuarto año.

—¿Por qué…? –musité.

—Porque quisiste burlarme utilizando a tu noviecito. ¿Ahora comprendes? ¿Te das cuenta de quién tiene el verdadero control aquí?

—Pero… yo no…

Él se acercó a mí, y mientras yo me sentía incapaz de moverme, susurró besando mi cuello:

—Me tienes loco. No imaginas las cosas que hago pensando en ti… y ya no quiero hacerlo solo nunca más.

Temblando de vergüenza me encogí para evitar su contacto lujuriŏso. Entonces él se levantó como impulsado por un resorte.

—Te propongo un trato… –dijo ronco y agitado, dándome la espalda.

Cuando se hubo calmado, volteó a mirarme.

—Tú terminas con ese imberbe y comienzas a visitarme a diario; a cambio yo no arruino tu próximo examen.

—¡Olvídelo! –repliqué poniéndome de pie sostenida por un odio visceral que se abría paso a través de mi vergüenza y mi temor–. ¡Prefiero dejar la carrera!




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