Una Amiga para Aaron

CAPÍTULO 8

Capítulo 8

Aaron

Me quedé observando la pantalla de mi móvil como hipnotizado. Leía y releía los últimos mensajes de Sussy como si me hallara en un universo paralelo en el que ni siquiera éramos amigos, en el que no nos debíamos nada, ni respeto ni consideración.

No pude evitar que las lágrimas empañaran mis ojos, pero me las sequé torpemente y volví a leer, mientras un torbellino de pensamientos se agolpaban en mi mente.

«¿Estaba terminando conmigo por teléfono?»

«¿Qué había hecho mal?»

«¿Acaso lo que habíamos tenido no había sido porque los dos así lo habíamos deseado?»

La confusión y el dolor se hicieron insoportables y comencé a sentir una presión en el pecho completamente desconocida para mí.

Releí por centésima vez sus dos últimos mensajes: no sólo terminaba conmigo, sino que además, ya no quería volver a hablar…

Decidí que si ella quería terminar porque necesitaba su espacio, se lo daría sin chistar, pero debía decírmelo a la cara; pensé que al menos eso me merecía después de haberle entregado mi corazón.

Esa fue la razón que me llevó hasta la puerta de su edificio e instalarme en mi coche a la espera de verla entrar o salir y entonces abordarla, ya que no respondía al portero, ni volvió a contestar mis llamadas ni mis mensajes.

Al cabo de tres días sin haber logrado mi objetivo, al fin me rendí, reconociendo que todo había terminado apenas comenzaba, y que cuanto antes me resignara a perderla sería mejor para todos.

* * *

En la primavera del año siguiente papá se casó. Estaba tan feliz por él que casi olvido a Sussy. Casi.

Nunca había logrado borrarla del todo de mi mente, mucho menos cuando pasaba frente a la casa de la piscina o me sentaba en la cafetería del campus.

De todos modos ella ya no la frecuentaba, y la plática de Emma y Leah ocupaban mi mente al menos mientras tomábamos el café a la espera de la próxima clase. Sin embargo su recuerdo seguía asomándose entre las mesas y el aroma del café

El día de la boda Sussy fue una de las invitadas. Recién entonces volví a verla y pude comprobar que aún me importaba, y mucho.

Se veía mucho más madura, con un dejo de tristeza en el fondo de su mirada; su sonrisa seguía siendo franca pero distaba mucho de aquella inocencia y frescura tan propias de ella hacía apenas siete meses atrás.

—Hola –saludó ella sentándose a mi lado–. Bonita fiesta.

—Sí, lo es.

Hubo un silencio incómodo en el que ambos centramos nuestra vista en el baile de los invitados, y que fue interrumpido por mis hermanas que se acercaron eufóricas a saludar a Sussy.

Ella las abrazó y las besó a ambas; y me pareció ver que sus labios temblaban de emoción mientras platicaba con ellas.

Cuando Alice y Lycia se marcharon, intenté iniciar una conversación:

—¿Qué tal los estudios?

—Bien. Hasta el momento he aprobado todos los parciales. ¿Y tú? ¿Todo bien?

—Todo bien –repliqué intentando sonar convencido–. Hoy es un día feliz para toda la familia.

—Ya veo –comentó con tono nostálgico–. El amor se respira en el aire.

Volvimos a guardar silencio. Era sorprendente descubrir cómo dos personas que una vez tuvieron lazos tan íntimos, de pronto ya no tenían nada que decirse, porque ya todo parecía irrelevante.

Y aun cuando no me atrevía a mirarla, vi por el rabillo del ojo que su móvil, que había dejado sobre la mesa, se iluminaba en silencio, y que ella leía quizás un mensaje. Pero lo que realmente me dejó sin habla fue lo que hizo a continuación.

Sussy rozó mi mano, lentamente, con la punta de sus dedos, en la más dulce y discreta de las caricias, y luego musitó:

—Adiós, Aaron. Sé feliz.

Y como una sombra, se marchó.

* * *

Sussy

Subí al coche de Adrian con el corazón en un puño, haciendo un enorme esfuerzo por fingir entereza.

Él me miró de soslayo, encendió el motor y partió de inmediato rumbo a la ciudad, con la vista fija en la carretera, lanzándome de tanto en tanto, miradas furtivas analizando mi ánimo.

—¿Estaba tu noviecito? –dijo al fin con desprecio.

—Ya no es mi novio, ¿recuerdas? Tú diste la orden y yo obedecí.

—¿Estaba? –insistió.

—Sí, claro. Era su padre el que se casaba, ¿por qué no estaría?

—¿Hablaste con él?

—Lo saludé, sí.

Por toda respuesta, él aceleró sin ocultar su furia y con el propósito de atemorizarme. No era la primera vez que lo hacía, pero al igual que siempre yo no tenía miedo. Por el contrario, volví a rogar que nos estrelláramos en la siguiente curva y ambos nos fuéramos al infierno de una bendita vez.

En pocos minutos llegamos a su edificio, en la zona céntrica de Flagstaff.




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