Una Amiga para Aaron

CAPÍTULO 9

Capítulo 9

Aaron

Cuando Sussy terminó el primer año se confirmaron los rumores: estaba en una relación con Adrian Sims, el profesor de matemáticas de primer año e hijo de Thomas Sims, decano de la Facultad de Ingeniería.

No sólo estaban saliendo, sino que ella se había mudado a su apartamento, según me dijo Grace una tarde, con especial cuidado para no herirme.

Fue entonces que papá me buscó a la mañana siguiente en la biblioteca, y se sentó a hablar conmigo.

—¿Qué pasó con Sussy?

—Nada nuevo, papá. Hace mucho terminamos. Ahora está en una relación.

—Lo sé, pero pensé que seguían siendo amigos y que, a pesar de que hace tiempo no la veo frecuentar la casa, podrías contarme más de ella. ¿Seguro que está bien?

—La verdad es que no lo sé, pero supongo que estará feliz.

—¿Y tú? Sé que a tu edad el amor va y viene, hijo, pero creo que éste ha dejado huella.

—Aún la amo, papá, pero ella eligió al profesor. Hace mucho tiempo de eso. Así están las cosas.

—¿Por qué no lo compartiste conmigo?

—Tú tenías tus problemas. Además, no es de hombre llorar en el hombro de papá.

—Tampoco es ser poco hombre llorar. La hombría consiste en levantarte y seguir andando después de haber llorado. Y hacerte cargo de tus responsabilidades.

—Eso hice. Te vi hacerlo desde que te convertiste en mi padre y siempre trato de aprender de ti. Espero ser como tú algún día y también tener tu suerte en el amor –repliqué riendo, aunque mi risa sonó patética.

—No tienes por qué parecerte a mí, Aaron. Tú tienes tu propio valor. Eres un buen hombre y estoy orgulloso de ser tu padre. Estoy seguro que tendrás lo que mereces, aunque hoy sientas que todo está perdido.

—Gracias, papá –musité emocionado.

—¿Y la otra chica que viene a menudo?

—Emma. Tenemos una relación casual.

—Espero que se cuiden. Ser padres no es algo que pueda tomarse a la ligera, y a su edad tienen proyectos de vida más inmediatos que ése.

—Sí, lo sé. No te preocupes por eso.

Sentí profunda vergüenza por mentirle a mi padre, ya que si bien me cuidaba con Emma, no lo había hecho la primera vez con Sussy. Había actuado como un muchachito inmaduro que se dejó llevar por el fuego del momento sin pensar en las consecuencias, lo que me llevaba a comprender por qué había preferido a un hombre como el profesor.

—No olvides que siempre puedes contar conmigo –dijo mi padre, interrumpiendo mis pensamientos.

Yo asentí en silencio, tras lo cual él se puso de pie y me dejó solo.

Pensé en todo lo que me acababa de decir y en lo buen padre que había sido para mí desde el primer día; y en cuánto merecía que yo, como hijo, lo hiciera sentir orgulloso.

Además, pensé que tenía razón: ya había llorado suficiente y había llegado el momento de levantarme y poner todo mi empeño en hacer la carrera en tiempo y forma, así como aprender a hacer bien mi trabajo en la empresa de la familia.

Sólo me faltaban dos años de universidad, si me esforzaba más y preparaba materias de cuarto mientras cursaba tercero, podía terminar en un año y pasar a la vida adulta antes de lo esperado.

Tampoco es que pretendiera que Sussy volviera a fijarse en mí cuando dejara de ser un chiquillo y me convirtiera en hombre, pero podría darle un sentido a mi vida más allá de las cuestiones “románticas”.

Si el tema de las noviecitas y los amigos no era para mí, tenía que superarlo. La vida seguramente tenía más que eso.

* * *

Sussy

Esa tarde estudiaba en el escritorio de Adrian, cuando él entró al apartamento dando un portazo.

—¡¿Le dijiste?! –bramó arrojando sus llaves sobre la mesa de la sala y acercándose a mí.

—¡¿Le dijiste?! –repitió tomándome con furia del brazo y provocando que la silla donde estaba sentada saliera rodando hacia la ventana y yo cayera al suelo.

Sin embargo, no alcancé a tocar el piso cuando él ya me levantaba del mismo brazo en que había clavado sus dedos como garras y con la otra mano me tomaba del cabello y me acercaba a su rostro.

—¡¿Le dijiste a ese imbécil que terminara pronto la carrera para librarte de mí?!

—¡¿De qué hablas?! ¡No entiendo!

—No te librarás de mí fácilmente, Susan –gruñó junto a mi rostro–. Ni lo sueñes.

—Me haces daño –gemí a mi pesar.

—El chico Beckett. Está aprobando materias de cuarto.

—¡¿Y qué tengo que ver yo con eso?! –grité más por dolor que por defenderme–. ¡Suéltame, infeliz, que me haces daño!

Entonces llegó la bofetada. Con toda la fuerza de su hombría, me soltó el brazo y estampó su mano abierta contra mi mejilla haciéndome saltar las lágrimas.

Me las sequé con torpeza y lo miré con odio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.