Capítulo 11
Sussy
Cuando, tras recorrer la avenida de ingreso a la mansión de los Beckett, el taxi se detuvo frente al portal, Aaron ya me aguardaba al pie de las escalinatas.
Nada más verme bajar, vino hacia mí y me envolvió en sus brazos.
—Qué alegría que vinieras –musitó en mi oído.
No pude evitar las lágrimas. Su contacto me reconfortaba el alma y me hacía sentir en casa. En un hogar en el que sabía que no podía quedarme. Al menos no todavía, y esperaba que cuando sí pudiera, él estuviera dispuesto a recibirme.
Aaron se apartó brevemente y, envolviendo mi rostro entre sus manos, comenzó a secar mis lágrimas con sus pulgares.
Eso se sintió desbordante, por lo que, sin pensar en las consecuencias, me puse de puntillas y lo besé en los labios.
Cuando el beso comenzó a tornarse intenso, Aaron se apartó apenas para suplicarme quedo:
—¿No juegues conmigo, Sussy?
—No juego –musité sobre sus labios–. Esto es lo único real de mi vida, aunque duela no poder tenerlo.
Entonces me apretó contra su cuerpo y ambos nos hundimos en el mismo torbellino.
Casi olvidamos que estábamos fuera, en la entrada de la casa, a la vista de todos los jardineros que podaban los rosales.
Fue Aaron quien recuperó un pedacito de cordura y se apartó, me miró con una intensidad abrumadora, tomó mi mano y me guió por pasillos y escaleras hasta el primer piso, y, una vez en su cuarto, cerró la puerta con cerrojo y volteó a verme.
—Si es tan real para ti como para mí –musitó con el pecho agitado–, hagámoslo, pero promete que no volverás a desaparecer de mi vida.
—Eso es lo único que no puedo prometerte. Pero puedo jurarte que te amo y que todo lo que hago lo hago por ti.
Él abrió la boca para replicar, pero ya no le permití que hablara. Nos fundimos en un beso profundo y nuestros cuerpos olvidaron, por un momento, que afuera el mundo seguía existiendo.
* * *
Aaron
—¿Puedo secuestrarte? –musité acariciando su pelo negro, derramado sobre mi pecho.
Ella rió.
«¡Qué hermosa era su risa, aunque sonara triste!»
—Me encantaría –replicó quedo.
—Hablo en serio. Hay muchos lugares en la casa donde puedes quedarte y llevar una vida cómoda. Vamos y volvemos juntos de la universidad… ¿Qué opinas?
Ella no respondió.
—Dime, Sussy: ¿qué ocurrió? ¿Por qué las pastillas? ¿Por qué de pronto estás aquí? ¿Qué está ocurriendo en tu vida? Permíteme comprender.
—Fue otra de las tantas cosas que me salieron mal. Estaba desesperada y no veía salida alguna. Pero ¿sabes? Ya no me siento tan atrapada. Creo que si lo planeo mejor, puedo salir de esta. Esa esperanza me va a sostener de ahora en más.
—¿Por qué sigues con él? ¿Tanto lo amas como para que sigas soportando el dolor?
Ella apoyó su barbilla en mi pecho y me miró.
—Que te quede claro que es a ti a quien amo.
—Entonces quédate conmigo.
—No puedo. Al menos no por ahora.
Estaba claro que en ese momento yo era el amante, era el clandestino. Su novio era él. Pero no entendía por qué decía amarme. O quizás… ¿nos amaba a los dos?
Si yo no la amara tanto juro que no habría caído en ese juego de amor y pasión para después terminar apartado como un desecho.
* * *
Sussy
Tras indicarle la dirección al taxista, saqué mi móvil de mi bolso y lo encendí. Aparecieron cientos de llamadas y mensajes de Adrian, en distintos tonos, más y menos furiosos, pero ninguno amable.
No me importaba. Había visitado el cielo. Unas pocas horas con mi ángel habían recargado mis fuerzas. Ya no tenía miedo. Que hiciera lo que quisiera conmigo, siempre que dejara en paz a Aaron. Y cuando éste ya estuviera fuera de su alcance, encontraría la forma de deshacerme de él.
Al abrir la puerta de su apartamento, encontré a Adrian sentado a su escritorio frente a su laptop.
Él volteó a verme y de inmediato frunció el ceño.
Me sorprendió ver el apósito en su nariz y la mancha morada que cubría casi todo su rostro.
Bendije íntimamente al ángel vengador, quien quiera que haya sido, que le había hecho probar su propia medicina, y fingí asombro aunque por dentro reí a carcajadas.
—¡¿Dónde estabas?! ¡Hace horas que te dieron el alta!
—En casa de mi hermana.
—Ella me dijo que no estabas ahí.
—Te mintió.
Él se acercó a mí, furioso.
—Espero que no seas tú quien me esté mintiendo –gruñó.
—Créeme o no. Tú decides.
Por supuesto, su respuesta fue una bofetada que me hizo saltar las lágrimas.