Una Amiga para Aaron

CAPÍTULO 12

Capítulo 12

Aaron

—¿Saben algo de Sussy? –les pregunté a las chicas, sentándome a la mesa en la cafetería del campus.

—Creo que dejó la carrera –respondió Leah.

—¡¿Cómo que dejó?!

—No sé. No la vemos en ninguna de nuestras clases desde hace… quizás un mes.

—¿Tú no lo sabías? –inquirió Emma con gesto de satisfacción mal disimulada.

—No lo sabía. Es una sorpresa.

De inmediato me disculpé con las chicas y salí.

Una vez afuera, tomé mi móvil y busqué el contacto de Sussy, pero me detuve antes de marcar. Ella me había hecho prometerle que no la llamaría ni le escribiría y definitivamente no quería provocar una pelea con su novio, por lo que busqué otro contacto.

—¿Hazel? –inquirí en cuanto atendió mi llamada–. ¿Molesto? ¿Estás trabajando?

—Sí, estoy en la escuela pero no molestas. Tengo unos minutos.

—¿Sabes por qué Sussy no asiste a clases?

—¡¿No asiste?!

—Acabo de enterarme.

—¿La llamaste?

—No. Me hizo prometerle que no lo haría. Quizás le cause problemas si la llamo, por eso te llamé a ti.

—¡Maldito infeliz! –exclamó bajo–. En cuanto termine voy a su casa. Tendrá que explicarme.

—¿Me avisas luego cómo está ella?

—Por supuesto, Aaron –dijo con preocupación y ternura en la voz–. Después te llamo.

Horas más tarde, Hazel me llamó para confirmar los rumores: Sussy había dejado la carrera, pero había sido hermética en cuanto a sus planes.

Causó un gran impacto en mi ánimo confirmar hasta qué punto mi amiga, la chica brillante, inteligente, amable y bondadosa, había tirado por la borda sus planes de vida a causa de un hombre. Y lo peor: un hombre de esa calaña.

* * *

Sussy

Después de aquel día, esperé al siguiente, y en cuanto Adrian se marchó a la universidad me senté frente a mi laptop y busqué en línea -en pestaña de incógnito- un curso de defensa personal. Sabía que me habría de faltar la práctica real, pero tomaría las primeras clases teóricas y más adelante vería cómo seguir.

Encontré un sitio muy discreto. No pedía nombre, solo un alias. Elegí “Warrior” porque esa era mi meta: convertirme en una luchadora.

El único problema era que el curso duraba ocho semanas, y yo estaba ansiosa por aprender a defenderme cuanto antes, pero sabía que si quería buenos resultados debía ir paso a paso, con paciencia, y cuanto antes comenzara antes llegaría a la meta, así que comencé de inmediato.

Jack, el instructor, no mostraba su rostro, pero su voz era extremadamente calma. Tanto, que me exasperaba.

—La primera persona que debe creer que mereces sobrevivir eres tú –comenzó.

Lentamente, su voz serena fue calmando mi ansiedad y me dejé llevar hacia ese mundo en el que ya no me sentí tan sola, en el que yo no era la única que necesitaba ayuda, sino que formaba parte de un grupo silencioso y anónimo con los mismos miedos, con los mismos sentimientos de indefensión y con la misma esperanza de sobrevivir.

Él habló de violencia escalonada, control disfrazado de amor, aislamiento emocional, señales previas a una agresión física grave…

Identifiqué a todas y cada una de las acciones de Adrian desde el primer día, y si bien el instructor se dirigía a víctimas que querían escapar cuanto antes de esa prisión de violencia, y yo no tenía esa urgencia, sí tomaría el aprendizaje para defenderme.

A continuación, proyectó un video que mostraba algo muy simple: una mano sujetando con fuerza una muñeca.

No pude evitar tensarme y revivir el dolor, pero me obligué a seguir hasta el final.

—Si tiemblas, sigue –decía la voz apacible del instructor–. Si lloras, sigue. Si tienes miedo, sigue.

»Tú vales. Tú importas. Tú puedes lograrlo.

Después de 40 minutos de ejemplos visuales abrumadores y terapia psicológica, nos asignó la primera tarea: registrar durante una semana situaciones en las que hayamos sentido miedo.

¡Tenía mucho para anotar!, y no era posible adelantar las clases, por lo que solo me quedaba aguardar a la semana siguiente.

Al cabo de un mes aprendí sobre postura, distancia, escapes y, sobre todo, a superar el congelamiento. Además, puse en marcha un plan de refuerzo: no discutir con él durante las noches para evitar que se ponga violento, cocinar “pesado” y ofrecerle más vino con cualquier excusa, y así lograr que caiga en un sueño profundo y me deje en paz.

Con todas esas estrategias, desde no mostrarle miedo hasta lograr que el sueño lo doblegara, la frecuencia de sus abusos disminuyó, mientras yo seguía tomando mis clases.

Una tarde llamaron al portero y, como siempre, atendió él.




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