Capítulo 13
Aaron
—¿Irás el sábado?
—¿A dónde tendría que ir?
Emma rodó los ojos y respondió cansinamente.
—A la casa de los Cooper.
La miré sin comprender.
—La fiesta… ¿lo olvidaste?
—¡Ah! La fiesta –repetí recordando haber escuchado como en una nebulosa que las chicas me invitaban–. No creo que…
—¡Ni lo sueñes! –exclamó ella– Me dijiste que sí irías y quiero verte el sábado allí.
—Está bien –repliqué sin entusiasmo–. Iré aunque sea un rato.
Odiaba las fiestas universitarias. El ruido, las pláticas vacías, el alcohol, el descontrol… Había ido sólo una vez en primer año y había sido suficiente.
Pero desde que había perdido a Sussy me sentía tan terriblemente vacío que me daba lo mismo un sitio u otro, por lo que había aceptado la invitación.
Él sábado llegué a la casa de los chicos Cooper sin siquiera volver a mirar la dirección, ya que cuando tomé la calle, cercana al campus, desde tres cuadras antes comenzó a sentirse la vibración del bajo en los vidrios de mi coche.
Antes de llegar, las risas y los gritos me guiaron hasta la casa, en cuyo jardín se veían grupos de chicos y chicas sentados en el césped, con botellas y vasos en las manos.
Aparqué mi coche y me quedé dentro, sin apagar el motor y sin decidirme a bajar, preguntándome qué estaba haciendo en un lugar donde no quería estar.
En ese momento los golpes de unos nudillos en la ventana del acompañante llamaron mi atención.
—Baja ya –ordenó Emma del otro lado, con una sonrisa.
Entonces apagué el motor y bajé del coche.
Adentro la música era más estridente y los espacios de la casa estaban abarrotados.
—¡Llegó el heredero de Beckett Developments! —gritó uno de los chicos desde un sofá.
Mi primera intención fue salir corriendo, en cambio saludé levantando la mano como si no me importara que mi único valor reconocido fuera mi apellido.
Enseguida vino otro chico y puso en mi mano un vaso con una bebida transparente. Era muy fuerte, pero traté de no toser cuando la bebí de un sorbo y le pedí otro.
Con el segundo vaso en mi mano y un poco más desinhibido, sentí el tirón de Emma.
—Vamos a bailar –gritó en mi oído, tras lo cual tiró de mí llevándome al centro de la sala donde otras parejas ya se hallaban bailando.
Bebimos y bailamos por no sé cuánto tiempo, hasta que de pronto ella se colgó de mi cuello y, apretándose contra mi cuerpo, buscó mi boca con afán. Yo me dejé encontrar fácilmente. Con la mente adormecida por el alcohol y la angustia calando hondo en mi pecho, me entregué como un inexperto a ese momento de placer y desenfreno.
Una bebida tras otra, sin probar un bocado de la pizza que circulaba entre los jóvenes, nublaron mi juicio, pero no lo suficiente como para que no me diera cuenta de que lo que estaba haciendo era un total desatino, que sólo hacía el ridículo y que me arrepentiría amargamente al día siguiente.
Entonces me aparté de Emma y salí disparado a la calle, en busca del frío de la noche y del refugio de mi coche.
Una vez sentado frente al volante, ni siquiera atiné a buscar la llave, sino que apoyé la cabeza y comencé a llorar como un niño.
No era yo quien debía estar en ese lugar, sino Sussy. Era ella quien se merecía un poco de diversión. Ella era alegre y amigable, tenía edad para disfrutar de una fiesta universitaria y no para estar sometida a un hombre abusivo en una relación tóxica.
«¿Por qué la vida se había desviado tanto? ¿Por qué las cosas no estaban en su lugar? ¿Cuál era mi estúpida misión en este juego de ajedrez?»
No tenía las respuestas, y si las hubiera tenido seguro que no las habría encontrado en ese estado de ebriedad.
No supe en qué momento Emma apareció dentro de mi coche, se sentó a horcajadas sobre mí y comenzó a besarme mientras abría mi pāntalőn.
Ni siquiera recuerdo cómo lo hicimos, solo que cuando el sol me dio en la cara, miré a mi alrededor y vi a Emma dormida en mi regazo, con la fălda aún lɛvantada y la cremallera de mi pāntalőn abierta.
—Despierta –musité con dificultad por las agudas punzadas en mi sienes.
Ella abrió lentamente los ojos y sonrió, antes de incorporarse.
—¿Qué pasó? –inquirí a pesar de la obviedad.
Aunque no recordara nada, cualquiera se daría cuenta de lo que había sucedido.
—Tuvimos el mejor sɛxo de nuestras vidas, cariño –respondió ella haciendo una mueca de dolor–. Ay, mi cabeza.
—¿Usamos condőn?
—¡Claro! Yo siempre salgo equipada.
Al cabo de un momento, buscó su móvil que se hallaba en el piso del coche, y buscó algo en él.
—Mira –me dijo con una sonrisa de satisfacción.