Una Amiga para Aaron

CAPÍTULO 14

Capítulo 14

Sussy

Esa tarde, Adrian llegó con otra noticia.

—Mi papá quiere conocerte.

—¡¿A mí?! ¿Por qué querría…?

—Sabe que estamos juntos hace tiempo. Por eso.

—¿Cuándo?

—El domingo. ¡Y ojo con lo que dices! Él es muy astuto. Lo mejor será que permanezcas toda la jornada con la boca cerrada.

Pensé, ilusa de mí, que ese comentario suyo podía llegar a ser el comienzo de su fin.

«¿Acaso le temía a su padre? ¿Qué era exactamente lo que no quería que supiera? ¿Que su hijo había comenzado su relación con una alumna o que era un maldito abusador de mujeres?»

Por supuesto que iba a averiguarlo, ese mismo domingo lo haría, y debía hacerlo con inteligencia para poder trazar mis planes a futuro.

El resto de la semana Adrian se mostró nervioso y violento, y aunque yo intentara permanecer invisible, él jamás olvidaba que tenía en casa con quien descargar su ira.

Cuando él se marchaba, yo continuaba con mis clases de defensa personal, pero había algo que me inquietaba y que había redoblado mis temores: llevaba dos meses de retraso. Y aun cuando todavía no lo había comprobado con un test debido a que me aterraba la idea de tener un hijo de un monstruo, sabía que, de existir un bebé dentro de mí, sería una víctima más de ese monstruo y mi instinto me llevaba a proteger mi vientre.

A decir verdad me negaba a saberlo. Pensaba que si no había confirmación de embarazo, este no existiría, pero si… tan solo si existiera… ese bebé no tendría la culpa de nuestros pecados, y tenía todo el derecho de ser protegido y amado, porque nunca había pedido ser creado.

Por esa razón, mi instinto me había puesto en alerta: debía evitar agresiones violentas. La cara, los brazos, el cuello no importaban. El vientre sí. Y sobre todo debía evitar sus sospechas, porque no podía imaginar de qué locura sería capaz.

El domingo me preparé con cuidado. Me puse unos jeans prolijos, suéter de cuello alto y dejé mi cabello suelto para tapar los golpes que no pudiera disimular con maquillaje.

Tras una mirada suya de aprobación, salimos hacia la casa de sus padres.

—Recuerda que debes hablar lo menos posible –gruñó molesto, con la mirada fija en la calzada.

* * *

La casa del decano era grande y lujosa por fuera y por dentro. El enorme jardín de acceso, cuidado con buen gusto, la fachada de piedra y las sólidas columnas del porche de entrada le daban un aspecto señorial.

El señor Sims era parco y serio, de mirada tan aguda que provocaba que quien fuera objeto de su atención se sintiera transparente.

La señora Sims era amable y refinada, de sonrisa medida y de pocas palabras. ¡Y muy observadora!

En resumen: en cuanto entramos a la casa y saludamos a sus padres, me sentí tan expuesta como un producto cárnico en un refrigerador de supermercado.

Nos aguardaban con la mesa tendida -Adrian había elegido ir sobre la hora para evitar largas conversaciones-, y en cuanto nos sentamos, una empleada de cocina nos sirvió la entrada.

—¿Cuándo se conocieron? –soltó el señor Sims antes de dar el primer bocado.

Yo miré a Adrian no sabiendo qué responder y, por supuesto, él lo hizo por mí.

—Hace dos años.

—¿Dónde? –volvió a preguntar el padre, ante la mirada atenta de su esposa.

—En la facultad, cuando Susan se acercó a mí para que le diera algunas clases de apoyo.

—¡¿Te involucraste con una estudiante?!

—¡No! –soltó Adrian a la defensiva–. Sólo cuando ella abandonó la carrera.

El muy descarado le mentía a su padre sin miramientos. Ese era un buen dato: al parecer había algo en su patética vida que le inspiraba miedo.

Sonreí para mis adentros. «¿Qué pasaría si les dijera la verdad? ¿Armaría un escándalo familiar o sería yo la única perjudicada que recibiera los azotes?»

Elegí permanecer en silencio, cómo él me había ordenado, disfrutando de la buena comida hecha al fin por alguien más que no fuera yo.

—¿Por qué dejaste la carrera, Susan? –preguntó la madre.

Adrian comenzó a decir algo pero su padre lo detuvo con un movimiento de la mano.

—Que responda ella –dijo severo.

—Descubrí que no me gustaba –mentí–. Me iba bien en matemáticas pero la carrera no era lo mío.

La mirada asesina de Adrian me dijo que había hablado de más.

—¿Te iba bien en matemáticas pero necesitaste clases de apoyo? –inquirió su padre.

—Sólo en un tema –volví a mentir.

El hombre o conocía muy bien a su hijo o era un viejo sabueso, lo cierto es que se me quedó mirando y, sin agregar ningún comentario, comenzó a comer.

* * *

A la hora del café, que tomaríamos en la sala, la señora Sims llamó a su hijo para enseñarle los últimos arreglos del jardín. Este me miró dubitativo, no sabiendo si llevarme con él para mantenerme controlada o dejarme a solas con su padre a expensas de lo que pudiera suceder.




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