Capítulo 15
Aaron
—Pasa –me dijo Hazel abriendo la puerta de su apartamento e invitándome a entrar.
Me guió hasta la sala donde me derrumbé en el sofá, con esa sensación de derrota que te quita hasta el último atisbo de fuerza.
—¿Sabes algo de ella? –le pregunté casi sin voz.
—Nada. Estoy pegada todo el día a este maldito teléfono pero no se ha comunicado.
—¿Qué podemos hacer?
—No lo sé… Arrancarla de esa casa por la fuerza… pero quizás ella regresaría –respondió hundiéndose en el sillón frente a mí.
—La última vez que la vi me hizo prometerle que no la llamaría, y tengo que cumplir mi promesa aunque me cueste porque quizás, si la llamo, me quedaría tranquilo yo y le ocasionaría problemas a ella. Por eso no lo hago.
—Yo la he llamado, pero a la tarde no responde el teléfono. Creo que él se lo controla cuando está en la casa.
—¿Y si lo matamos?
—¡¿Qué dices, Aaron?! No te veo como asesino.
—No me conoces enojado.
»En realidad hay poca gente que me hace enojar –agregué después de una pausa–, pero el profesor Sims es uno de ellos.
»Aunque no creo que mate a nadie –dije riendo con tristeza–, provocaría mucho dolor a mi familia… o quizás soy un cobarde.
—Te sirvo un café –dijo Hazel poniéndose de pie–. Ya deja de hablar de muerte. Y no eres un cobarde. Hay situaciones en las que no podemos intervenir si la otra persona no está lista aún.
No había llegado a la cocina cuando sonó el tono de un mensaje en su móvil.
Hazel regresó de prisa y lo tomó con ansiedad.
—Es Sussy –dijo palideciendo, sin apartar la vista de la pantalla–. ¡Vamos por ella!
Salimos corriendo del apartamento, bajamos por las escaleras para ganar tiempo y salimos a la acera.
Una vez en mi carro, partimos de prisa hacia el edificio donde vivía Sussy.
—¿Qué sucede? ¿Qué te dijo? –pregunté con creciente ansiedad.
—Solo una palabra –respondió ella con angustia–: “Ogro”. Era nuestra palabra clave cuando papá llegaba ebrio y buscábamos escondernos. Eso significa que está en peligro.
Eso me hizo presionar con más fuerza el acelerador.
Al llegar al edificio, bajamos corriendo y Hazel comenzó a pulsar con insistencia el botón de Consejería.
Cuando el hombre acudió alarmado por semejante alboroto, Hazel le gritó:
—¡¡¡Mi hermana está en peligro!!! ¡¡¡Por favor, déjenos pasar!!!
El hombre abrió con prisa.
—¡Los acompaño! –dijo solícito.
—¡No! ¡Llame a la policía y a la ambulancia! ¡Por favor!
A esas alturas un torrente de adrenalina se había apoderado de mi cuerpo y el odio comenzó a nublar mi mente.
Subimos las escaleras de dos en dos hasta llegar al cuarto piso, y entonces Hazel comenzó a golpear con el puño la puerta del apartamento.
—¡Abre, infeliz! ¡Te juro que voy a matarte! ¡¡¡Abre!!!
La puerta se abrió unos escasos centímetros y el rostro desencajado del profesor Sims se asomó apenas.
—¿Qué quieres? –gruñó.
—¡Apártate! –le ordené a Hazel.
Cuando lo hizo, me paré frente a la puerta y la abrí de una feroz patada, arrancando la cadena de seguridad y empujando al hombre que la sostenía.
Ni siquiera miré alrededor. Él se había convertido en mi único objetivo, por lo que me abalancé sobre él y le asesté un golpe de puño en la mandíbula.
El impacto lo hizo tambalear, pero no lo dejé caer sino que lo tomé del cuello de la camisa y volví a golpearlo.
Entonces sí lo solté, dejando que cayera al suelo en toda su extensión. Sin darle tiempo a reponerse, me senté a horcajadas sobre él y seguí golpeando sin detenerme, aún cuando su rostro comenzaba a deformarse y la sangre a manchar mis puños.
Detrás de mí escuchaba la voz de Hazel.
—Ábreme, cariño. Estamos aquí. Vinimos por ti. Ya estás a salvo.
Yo seguía golpeando hasta que de pronto sentí cómo unas manos poderosas me tomaban por detrás, me levantaban en vilo y sujetaban mis muñecas con algo metálico y frío.
De súbito me encontré de pie, esposado, buscando con la mirada a Sussy para asegurarme de que estuviera a salvo.
Me costó reconocerla. Su rostro se veía morado, el ojo izquierdo había desaparecido bajo la hinchazón y tenía la boca con restos de sangre seca. Hazel la contenía entre sus brazos y se resistía a entregarla a los paramédicos que aguardaban a su lado con una camilla desplegada.
Recién entonces me relajé y me entregué a la fuerza de los hombres que me sostenían.
Ella estaría cuidada. Y si debía matar al sujeto para que siguiera así, en ese momento juré que lo haría.