Capítulo 16
Sussy
Me sorprendió ver a Aaron protagonizando la escena dantesca que se desarrollaba en la sala del apartamento de Adrian.
Este estaba tendido en el suelo, debajo de mi amigo, levantando los brazos en un inútil intento de frenar sus golpes.
Aaron se veía fuera de sí: rojo de ira no paraba de gritarle cosas como “cobarde”, “atrévete conmigo”, “solo eres bravo con las mujeres” y otras frases por el estilo, mientras le propinaba uno tras otro puñetazo.
No conocía ese lado violento de mi amigo, y mucho menos esperaba verlo intervenir en mi defensa; no, sabiendo lo que eso iba a costarle. De hecho, tampoco quería que Hazel estuviera allí, aunque la hubiera llamado.
Esa tarde, cuando Adrian descubrió el test que yo había desechado en el cesto del baño, había salido ciego de ira y propinado un puñetazo directamente contra mi rostro.
—¡¡¡¿Cómo te atreves?!!! –había gritado fuera de sí–. ¡¿Cómo te atreves a embarazarte sin mi permiso?!
Me costó responderle, ya que el golpe me había dejado aturdida.
—¡¿No crees que tú tuviste algo que ver, imbécil?! –intenté gritarle a mi vez cuando logré reponerme.
Como respuesta, él me tomó por el cuello y me estampó contra la pared de la sala.
—¡¿Crees que podrás manejarme con eso?! ¡¡Voy a arrancarte ese feto a patadas!! ¡Yo soy tu dueño y harás lo que yo te permita que hagas! ¡Y tendrás un hijo cuando yo lo decida! ¡¿Te queda claro?!
A medida que apretaba mi cuello y se me hacía más difícil respirar, esas palabras suyas se abrieron paso hasta mi corazón y me hicieron tomar la decisión. Ya no podía seguir esperando. En medio del dolor y del vahído, me removí para apartarlo de mí y, aprovechando la escasa distancia, levanté mi rodilla para golpearlo con todas mis fuerzas exactamente en su hombría.
Cuando él se dobló en dos gruñendo un insulto, corrí al cuarto de baño, eché el cerrojo y busqué de prisa el móvil desechable que había escondido debajo del lavabo y, con la visión borrosa por el golpe recibido en mi ojo izquierdo, escribí “Ogro” y le envié el mensaje a Hazel.
Me arrepentí de inmediato. «¿Cómo podía ser tan egoísta como para arriesgar la vida de mi hermana solo por salvarme?» Entonces, mientras Adrian golpeaba con furia la puerta para que lo dejara entrar y yo me sentaba en el suelo temblando de miedo, volví a tomar el móvil e intenté eliminar el mensaje. Era tarde. Mi hermana ya lo había leído.
No supe cuanto tiempo estuve acurrucada en el suelo llorando de miedo, hasta que oí el alboroto en la sala y la voz dulce de Hazel llamándome del otro lado de la puerta.
Abrí de inmediato para echarme en sus brazos, y fue entonces cuando vi el caos que se desarrollaba en el apartamento: Aaron golpeaba a Adrian tendido en el suelo, los vecinos se asomaban desde el pasillo y minutos después la policía -dos agentes hombres y una mujer- entraban seguidos por el conserje.
En tanto los dos hombres detenían y esposaban a mi amigo, la mujer se acercó a mí para constatar mi estado, sin lograr apartarme de los brazos de mi hermana.
Detrás de ella aparecieron dos enfermeros que desplegaron una camilla a mi lado y un paramédico que intentaba convencerme de que me recostara en ella.
Muerta de vergüenza por mi deplorable estado y por ser el centro de atención de todos, hice lo que me pedían y me dejé llevar por el ascensor de servicio hasta la planta baja y luego a la ambulancia.
Allí, en presencia de Hazel, el paramédico me preguntó con delicadeza, mientras conectaba el catéter en mi mano tras colgar el suero del soporte en el techo:
—¿Estás embarazada, Susan?
Demoré la respuesta. Hasta ese momento no me había atrevido a decirlo en voz alta.
—Sí –musité al cabo–. Eso creo.
—En ese caso –agregó él con dulzura– te pasaré un protector y un calmante muy suave autorizado para el bebé. Pronto te sentirás mejor.
La mirada intensa de Hazel me dolió en el alma. Sabía lo que estaba sufriendo por mí y me sentía culpable. Y aun cuando llegamos al hospital y al fin, tras unos cuantos análisis y revisiones, nos dejaron solas, ella no dijo nada.
Yo lloraba en silencio mucho más relajada por sentirme cuidada y, sin soltar la mano de mi hermana que permanecía sentada a mi lado acariciando mi frente, me quedé dormida.
Horas después escuché abrirse la puerta del cuarto casi sin ruido, un leve movimiento y luego la voz de Aaron platicando en voz muy baja con Hazel.
—¿Cómo está?
—Está calmada. Al fin logró dormirse.
Después de eso, silencio.
Entonces abrí los ojos.
—Hola, Aaron –musité forzando una sonrisa, a pesar del dolor que me entumecía el rostro.
Él se acercó a mí con una sonrisa tierna y una mirada cargada de angustia.
—Hola, amiga. Lindo susto nos diste –dijo acercándose y tomando mi mano.
—Es que ya los echaba de menos a ambos –bromeé.