Capítulo 17
Aaron
—¿Qué pasa contigo? Hace dos días que no te veo en el campus.
—Hola, Emma. No iré a la facultad esta semana.
—¿Sucede algo? Esta tarde voy a tu casa así hablamos.
—¡No! No vengas. No estaré en casa.
—¿Problemas?
—Asuntos privados de los que tengo que ocuparme.
Emma cortó molesta.
Tendría que hablar con ella. Se estaba metiendo demasiado en mi vida sin mi permiso, y aunque no me agradaba hacer sentir mal a la gente, su intromisión me molestaba.
Por eso no tenía amigos.
Después de una infancia en la que todos me menospreciaban por ser adoptado, incluída la abuela Ingrid que siempre me consideró un intruso en la familia, no le hallaba sentido a intentar hacer amigos con personas que solo valoraban mi apellido, el dinero de mi familia, y que se atreverían por eso a violar los límites de mi privacidad.
No. Definitivamente ya no me interesaba tener amigos. Con Sussy me bastaba. Nuestro lazo era tan fuerte, que aún cuando habíamos pasado dos años casi sin vernos, un breve encuentro volvía a reconectarnos.
Hacía tres días que Sussy estaba internada, y ni Hazel ni yo nos movíamos de su lado, salvo para buscar algo de comer, tomar una ducha rápida en casa o, en mi caso, reunirme brevemente con Richard.
Ella continuaba sumamente estresada, tenía miedo de dormir y que la dejáramos sola, y cuando lograba hacerlo, despertaba sobresaltada.
Si bien había solicitado una orden de protección contra el sujeto, no se sentía segura de que él la cumpliera. El hombre había permanecido en prisión sólo 48 horas, y aunque la fianza fijada era altísima, él y su padre la pagaron y de inmediato quedó en libertad.
Después de hablar con Emma, regresé al cuarto y me senté a su lado.
—No tienes que quedarte –musitó–, tú tienes tus asuntos, yo puedo quedarme sola.
—Uno de mis “asuntos” es estar a tu lado, y lo estoy cumpliendo.
—No lo es.
—¿Acaso no somos amigos? ¿Qué clase de amigos seríamos si no nos cuidamos entre nosotros?
Ella solo sonrió y guardó silencio.
—Sé que es muy pronto para que lo decidas, pero… –comencé con mucha cautela para no asustarla– estábamos pensando con Hazel que sería conveniente que te mudaras a mi casa.
—¡¿A tu casa?! ¿Y por qué lo haría?
—¡No estás obligada a nada, Sussy! –me apresuré a aclarar–. Sucede que si te mudaras con Hazel, te quedarías sola el tiempo en que ella esté trabajando, y sería bueno… al menos por un tiempo… que estés protegida.
—Te agradezco mucho –respondió con una sonrisa triste.
Esas palabras suyas no confirmaban ni negaban mi propuesta, pero al menos no se había ofendido lo que me animó a insistir en la idea.
—La casa es grande y tendrías tu privacidad, pero a la vez, como siempre hay gente, estarías protegida. Además el portero no deja pasar a nadie sin autorización. ¿Qué opinas?
Ella no respondió, solo me observó en silencio mientras yo habría pagado por saber qué pensamientos rondaban su cabeza en ese momento.
—Y si quieres –continué–, tendrás todos mis libros y mis apuntes para que retomes los estudios.
—No estudiaré, Aaron. Debo buscar trabajo. Un bebé requiere tiempo y dinero.
—Por el tiempo no deberías preocuparte. Somos muchos los que nos pelearemos por cuidar de tu bebé. Empezando por mí, y siguiendo por Grace, June y Hazel. ¡Y ni qué decir de mis hermanas!
»En cuanto al dinero, Richard pedirá dos millones por daños emocionales y punitivos. Es lo que le pagaron a June. Podrás vivir sin trabajar mientras estudias.
—Gracias –replicó ella con los ojos llenos de lágrimas–. ¿Por qué eres tan bueno conmigo?
—¿Soy bueno? ¡Gracias! –le dije riendo–. Tú te mereces todo lo mejor, Sussy –agregué, esta vez con seriedad–, solo te falta saberlo.
* * *
Durante los cuatro días que duró su internación, una asistente social la visitó a diario y la contactó con la Fundación WVA, destinada a apoyar a mujeres víctimas de abuso, quienes le ofrecieron terapias psicológicas para cuando saliera del hospital.
Por mi parte, en esos días que estuve a su lado, me había informado sobre el tema y supe que debía reducir el contacto físico con Sussy, que era algo que a las víctimas les causaba pavor, por lo que dejé de tomarla de la mano aunque no me moviera de su lado -salvo para ser reemplazado por su hermana-, y con el único objetivo de que se supiera contenida.
En realidad esa no era la única causa de que no me moviera de esa silla y de que durmiera sentado noche tras noche, sino que yo sentía una poderosa necesidad de protegerla aunque ella se mantuviera distante, inalcanzable y etérea.
* * *
La mañana del cuarto día, horas antes de que le dieran el alta, por indicación de Richard busqué en la web la noticia: