Capítulo 18
Sussy
—Ven –dijo Aaron con el rostro iluminado–. Elige el cuarto que más te guste.
Nos guió a Hazel y a mí por infinitos pasillos del primer piso hasta llegar a uno cuya puerta abrió.
—Este tiene vista a los jardines –dijo invitándonos a entrar–. Recibe mucha luz. Es amplio y, mira –agregó señalando un rincón junto a una de las tres ventanas–, en ese lugar podemos instalar un escritorio para que estudies, y aquel sector podría ser exclusivo para el bebé, y…
—Está perfecto, Aaron –lo interrumpí con una sonrisa.
El entusiasmo de mi amigo me llenaba de una mezcla de ternura y emoción, aunque también de vergüenza por reconocerme tan vulnerable que necesitaba de la caridad de un amigo que tenía su propia vida y sus propias preocupaciones.
No quería echar por tierra su entusiasmo y decirle que cualquier cuarto que me ofreciera, que me diera soledad y me hiciera sentir segura, aunque fuera en el subsuelo, para mí sería suficiente.
—Hay otra con vista al bosque… –continuó él.
—Esta me gusta –insistí.
Entonces dejó mis maletas en el suelo y casi en un susurro y con gesto avergonzado, agregó:
—Entonces… te dejo en paz.
En cuanto se marchó, entró Grace.
—Bienvenida, cariño –saludó con una sonrisa viniendo a mí y envolviéndome en un abrazo apretado–. Me alegra que estés aquí. Verás que estarás segura y tendrás toda la libertad que necesites para trazar tus propias rutinas.
—Por lo pronto deberías instalarte –interrumpió Hazel–. Nosotras iremos sacando la ropa de la maleta y tú nos indicas dónde la quieres.
Examiné el cuarto -sumamente acogedor y tan amplio que en él cabría íntegro el apartamento de mi hermana-, el closet, el baño privado -con tina incluída-, la maravillosa vista de los rosales del jardín desde las tres ventanas dispuestas en arco, y después las tres nos pusimos manos a la obra.
En poco tiempo Hazel y Grace me habían ayudado a instalarme, aunque no me atreví a mover los muebles ni un solo centímetro ya que me sentía una intrusa.
—Ahora debo dejarte sola, cariño –me dijo mi hermana–; tengo que preparar mis clases. Pero vendré a verte mañana y todos los días.
—Tú deja de preocuparte –repliqué–. Yo estaré bien.
Por su parte, Grace volvió a decirme con ese tono suyo tan cariñoso y amable:
—Siéntete bienvenida. Haznos saber si necesitas algo, si quieres almorzar con nosotros o si prefieres hacerlo a solas, puedes decirlo con total libertad. ¿De acuerdo? Y si te agobiamos por exceso de atención también háznoslo saber.
—Gracias, Grace –musité emocionada.
No estaba segura de merecer tanto cariño y atenciones, pero me sentí muy agradecida porque comenzaba a sentirme segura en esa casa.
Cuando al fin me encontré sola, me senté en la cama, acaricié el cobertor, miré alrededor y pensé en mi vida.
«¿Cómo, a mis veinte años, había llegado a ese lugar? ¿Sola, maltratada, sin autosuficiencia, con un hijo en camino y con un futuro incierto?»
En algún momento debía enmendarlo.
Sabía que no era ese, pero que indefendiblemente debía hacerlo. Tenía la fuerza suficiente para surgir de mis propias cenizas y ahora tenía un motivo extra, que si bien yo no había ni planeado ni pedido, estaba allí y debía hacerme cargo con todo el coraje y todo el amor que la situación exigía.
Me puse de pie con el ánimo diferente, me dirigí al cuarto de baño y, para comenzar mi nueva vida quitándome todo rastro de mi vida vieja, me dispuse a tomar una ducha.
* * *
Al terminar de vestirme, salí a buscar a Aaron.
Bajé las anchas escaleras de mármol, deambulé por el laberinto de pasillos y al fin oí voces y ruido de ollas y cuchillos, lo que me guió a la cocina.
—¡Hola! ¡Ruth está haciendo tu comida favorita, Sussy! Pura coincidencia. Yo no tuve nada que ver.
No pude menos que reír. Aaron no sabía mentir. Al menos no podía mentirme a mí.
—¿Y tú cómo sabes cuál es mi comida favorita?
—Lasaña vegetariana casera. ¿Me equivoco?
No recordaba haberle contado a Aaron que la lasaña vegetariana de mamá era la mejor del mundo.
—Quizás no salga como la de tu mamá –agregó como si me hubiera leído la mente–, pero ¡Ruth es muy buena!
Moví la cabeza de un lado a otro. Mi amigo no tenía remedio; era el ser más puro, más transparente y más amable del mundo.
—¿Te ayudo? –le pregunté a la cocinera, acercándome a ella y levantando las mangas de mi blusa.
—No, señorita, no se moleste.
—Para empezar, no me digas “señorita” como si fuera de la realeza; apenas soy una refugiada en esta casa. Por otro lado, me gusta cocinar así que puedo aprender mucho de ti, ya que mi amigo asegura que eres muy buena y estoy segura de que es la verdad. Él no sabe mentir.