Capítulo 19
Sussy
—¿De cuánto, doctora?
—Ocho semanas.
Un sudor frío recorrió mi cuerpo mientras miraba, sin entender lo que veía, esas manchas en escala de grises de la pantalla del ecógrafo.
Volví a sentir el peso de la culpa. Me negaba a aceptar que mi bebé creciera a oscuras, sin raíces claras, de una madre impura que no había sabido mantener la cordura; y sin embargo estaba ahí, luchando por vivir, por abrirse paso desde ese sentimiento sombrío que me desgarraba por dentro.
Hacía exactamente dos meses que había hecho el amor con Aaron, como una especie de despedida desesperada, pero ese mismo día Adrian me había t0mado por la fuɛrza, lo que hacía más oscuro el origen de mi hijo.
«¿Sería fruto del amor o del horror?»
Sabía que tenía que superar ese sentimiento porque él no tenía la culpa, pero en ese momento me sentía desolada.
Agradecí haber impedido que Aaron entrara conmigo al consultorio porque no habría sabido cómo mirarlo, cuánta desvergüenza podía fingir.
La doctora terminó el examen, me indicó los cuidados que debía tener de ahora en más y, cuando hubo terminado, se me quedó mirando en silencio al ver que no me levantaba para marcharme.
—¿Necesitas apoyo psicológico, Sussy? –me dijo con delicadeza.
—No, doctora, estaré bien. Gracias.
—Recuerda que un bebé es un milagro, es un ser inocente que no nos pidió venir a este mundo y no tiene por qué cargar con las culpas de los adultos.
—Lo sé.
—Sólo va a necesitar tu amor. Con eso le bastará y verás cómo tú sola puedes hacer ese milagro.
—Sí –musité–. Lo amaré mucho, a pesar de todo.
Salí del consultorio y Aaron, que me aguardaba junto a la puerta, se acercó a mí y me preguntó con tono preocupado.
—¿Está todo bien, Sussy?
No me tocó. Desde “aquel día” no había vuelto ni siquiera a tomarme la mano, pero siempre estaba cerca, atento a cada gesto, haciéndome saber que no me abandonaba, que siempre estaría para mí.
—Sí, está perfecto –repliqué sin mirarlo.
Ignoraba cuánto tiempo tardaría en volver a mirar esos ojos azules de mirada franca y amorosa, pero ese no era el momento. Por lo pronto, sólo podía hundirme en la vergüenza.
Salimos del hospital y nos dirigimos a su coche. Una vez adentro, antes de encender el motor, volvió a preguntar:
—¿Segura que está todo bien?
—¡Sí! La doctora me dio por escrito las indicaciones de todos los cuidados que debo tener –le respondí fingiendo despreocupación y teniendo especial cuidado de no revelar el tiempo de gestación.
No quería generarle falsas ilusiones. Ni siquiera yo me atrevía a tenerlas.
—Entonces vamos a comprar una cuna –dijo con entusiasmo.
—¡No! –repliqué riendo inevitablemente–. ¡Aún es muy pronto!
—¡Pero es que quiero comprarle algo! ¡Aunque sea pequeño! Y cuando crezca se lo contaremos para que sepa que era bienvenido y amado desde antes de nacer.
»Mmm… ¿Un biberón?
Reí de buena gana. Era la magia de Aaron: arrancaba risas del dolor.
—Un biberón –acepté.
Fuimos juntos al centro comercial y elegimos el biberón que nos pareció más bonito. Me costó trabajo impedir que comprara todo lo que veía en el baby shop, pero al fin pude convencerlo de que en pocos meses regresaríamos por la cuna.
* * *
Ese día almorzamos juntos en la cocina. Ruth nos atendió como si fuéramos reyes en una celebración; puso una vela en medio de la mesa, un florero alto y delgado con una única rosa blanca y nos sirvió un postre especial: mini cheesecake de frutos rojos.
—Gracias, Ruth –le dije abrumada por tanta atención.
—Agradécele a Aaron… aunque el postre fue mi idea.
Entonces me atreví a tomarle la mano.
—Gracias.
Cuando lo hice, percibí el ligero temblor de su cuerpo y sus ojos desmesuradamente abiertos me miraron sobrecogidos.
—Tengo… tengo una propuesta… pero… te la diré más tarde.
El resto del día, por alguna razón, Aaron no se acercó a mí salvo cuando estábamos rodeados de gente.
Durante la cena, en el comedor familiar, no se mencionó mi primera ecografía, lo cual agradecí desde el fondo de mi alma ya que aún no estaba preparada para hablar del tema frente a tanto público.
Más tarde, cuando me retiré para dormir, June vino a mi habitación para abordar ese tema que yo aún no quería abordar.
—Si aún te sientes agobiada –comenzó, después de ponderar lo lindo que había quedado el cuarto–, no ahondaremos en el tema del embarazo. Sólo quiero que sepas que puedes contar conmigo absolutamente en todo lo que necesites, cuando lo necesites. Te llevo unos meses de experiencia –agregó con una sonrisa tocando su vientre.