Una Amiga para Aaron

CAPÍTULO 20

Capítulo 20

Aaron

Dicen que al crecer se nos borran todos los recuerdos de nuestra infancia. Pero doy fe de que esa teoría está equivocada.

Yo recuerdo perfectamente el día en que ese hombre rubio entró en la casa de mi abuela junto a mi madre.

Yo me hallaba quitando el polvo de los muebles de la sala, con todo el esmero que podía hacerlo a mis cinco años, para no recibir luego una reprimenda o, peor, una bofetada de quien estaba a mi cargo.

Mamá venía a esa casa de tanto en tanto y nunca hablaba de llevarme con ella, por lo que yo suponía que en realidad no tenía tiempo para cuidarme. Así que mi abuela era mi única cuidadora y quien decidía qué trabajo tenía que hacer cada día.

Por eso me llamó la atención esa visita.

Ese sábado a la mañana, mi madre llegó acompañada por un hombre que se presentó como su novio, y quien, tras saludar a mi abuela, se acercó a mí y se acuclilló a mi lado.

—Hola, Aaron. ¿Qué haces?

—Limpio –respondí con vergüenza.

—¿Por qué limpias?

Recuerdo que miré a mi abuela no sabiendo qué responder, y ella lo hizo por mí.

—Le gusta limpiar. Así se entretiene –mintió, porque en realidad no me gustaba.

—¿Te gusta limpiar? –musitó el hombre.

Yo asentí con la cabeza.

—¿Y jugar a la pelota? –insistió él.

Recuerdo que lo miré con interés. «¿Cómo sabía?» Me encantaba jugar a la pelota cuando de vez en cuando mi abuela me permitía salir y jugar un ratito con los chicos del barrio.

—¿Qué tal la escuela? –siguió preguntando él.

Volví a mirar a mi abuela. Sabía que los otros chicos iban a la escuela, pero ni siquiera podía imaginarme cómo era.

Ella volvió a responder por mí.

—No he podido mandarlo este año, pero le enseño algunas cosas en casa.

El hombre rubio, quien después escuché que se llamaba Ethan, no volvió a preguntarme nada más frente a mi abuela o mi madre, pero en su siguiente visita me trajo una pelota de regalo.

—Quiero que la uses –dijo mirando de forma extraña a mi abuela.

Yo abracé ese regalo como si fuera un tesoro y lo guardé en mi cuarto para que no se rompiera. Desde entonces comencé a esperar cada visita suya con ansias. La forma en que removía mi pelo como saludo cada vez que venía era lo más parecido a una demostración de afecto que había recibido en mi vida.

Poco tiempo después hubo boda y jamás olvidaré su expresión cuando, tras la ceremonia, me alzó para recorrer el camino de salida y me dijo con una sonrisa:

—A partir de ahora serás mi hijo.

Ese hombre había cambiado mi vida y se había convertido en el mejor padre que cualquiera hubiera podido tener.

Por esa razón esa noche le dije a Sussy que quería ser el padre de su hijo. Todo el amor y la contención que Ethan Beckett me había regalado desde mi niñez y a lo largo de mi vida, estaba sobradamente dispuesto a ofrecérselos a ese niño que comenzaba a formarse.

Que yo amara a su madre no era la razón, ni que su padre fuera un desgraciado. La razón era que ese niño tenía derecho a ser amado y a tener una familia, cualquiera sea la idea de familia que Sussy concibiera para nosotros.

—¿Esa…? –comenzó Sussy después de una eternidad sin reesponder–. ¿Esa es una propuesta de matrimonio?

—Sí… Sólo si así lo deseas… Pero no estás obligada a hacer nada que tú no quieras. Solamente quiero darle a tu hijo una familia, y si no quieres que sea como tu esposo, permíteme que lo haga como un amigo, tan cercano que esté siempre en su vida para lo que él me necesite.

Los ojos de Sussy se llenaron de lágrimas y no pudo –o no quiso– responder, por lo que tras un breve momento, volteé para retirarme de su cuarto.

Antes de salir, le dije bajo:

—Piensalo, Sussy. La decisión es tuya.

* * *

Sussy

Cuando pude moverme, salí corriendo tras Aaron pero ya no estaba.

Recorrí toda la casa. Las dos plantas, los pasillos, lo busqué en la cocina…

«¿Lo habría soñado?»

Si soñé con un ángel se sintió muy vívido, por esa razón lo seguía buscando.

Llegué a la segunda sala, me acerqué a las enormes ventanas vidriadas y allí lo vi. Envuelto en las sombras del jardín, se hallaba sentado en un banco entre los rosales.

Salí y me senté junto a él en silencio.

La luz de una farola hacía brillar las lágrimas en sus mejillas, entonces le tomé la mano.

—Mi hijo sería muy afortunado de tenerte como padre, Aaron –musité–. Quizás yo no pueda ser tu mujer, estoy rota y no te merezco, pero él sí. Sé que sería el niño más feliz del mundo teniéndote en su vida.

—O niña –dijo él riendo con la voz anegada.




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