Capítulo 23
Sussy
—¿Has visto a Aaron, Ruth? Le escribí un mensaje pero aún no lo ve y no lo encuentro por ningún lado.
—Se fue temprano a la empresa. Me dijo que tenía que controlar una obra y regresaría antes de que despiertes.
Ciertamente esa mañana me había despertado más temprano de lo habitual, pero Aaron ya no estaba en mi cama.
Esa noche, después de tanto tiempo, había vuelto a dormir con un hombre y pude comprobar que, al fin, las heridas comenzaban a cicatrizar. Sabía que todo se debía a la ternura infinita de Aaron, a lo cuidadoso y considerado que se había comportado conmigo a medida que las caricias se intensificaban y el dɛseo se abría paso.
A decir verdad, ya sea que el trauma del abuso aún persistiera o hubiera desaparecido, no existía sobre la faz de la tierra otro hombre que yo deseara que yaciera a mi lado que no fuera él.
Sólo él. Sólo mi Aaron.
Porque después de tanto tiempo y de tanto dolor compartido, no sólo me sentía suya, sino que también a él lo sentía mío.
Sólo faltaba saber de quién era este bebé, y justamente eso era lo que me había despertado esa mañana.
“Ya tengo el resultado”, había escrito la doctora y el nudo en el estómago me arrancó de la cama; y mientras le escribía mensajes a Aaron para saber dónde se hallaba, recorría en pijama la mansión en su busca.
Tras hablar con la cocinera, regresé a mi cuarto para tomar una ducha y vestirme. Al terminar, volví a mirar mi móvil con ansiedad, entonces vi las tildes azules y leí su respuesta.
«Ya regreso»
«Te encuentras bien?»
Sonreí con amor. El tono parecía preocupado.
Al poco rato Aaron entraba corriendo a mi cuarto.
—¡¿Estás bien?! ¡¿Vamos al hospital?!
—Ten calma –le dije acercándome para besarlo en los labios–. Es sólo que la doctora nos espera para entregarnos el resultado de ADN.
Él soltó la respiración que traía contenida, y se desplomó en el borde de la cama.
—¡Ah! Eso era.
—Sí, no te preocupes. Todo va bien.
—No sé. Pensé que lo que hicimos anoche podría…
—Lo hicimos bien. No afectamos al bebé. No te preocupes.
Me senté a su lado para acariciar su rostro. En los últimos días se estaba tornando adictivo sentir su piel y su calor en las yemas de mis dedos, y descubrí que él llevaba tiempo conteniendo la misma necesidad.
—No necesitamos saber de quién son los genes de Liam –musitó besando mis dedos–. Él es nuestro hijo, Sussy. Nada de lo que pueda decir ese papel cambiará eso.
Era evidente que Aaron tenía miedo de saber, pero yo lo necesitaba.
—Lo sé –repliqué con ternura–. Pero yo necesito saber. Es mi forma de darle un cierre a esa etapa oscura de mi vida.
—Está bien –concluyó con determinación, dejando un largo y dulce beso en mis labios–. Vamos a terminar esa historia.
Y se puso de pie tendiéndome la mano para ayudarme a ponerme de pie.
* * *
Sentados frente a la doctora, Aaron y yo nos tomamos de la mano entrelazando con fuerza nuestros dedos.
Cualquiera fuera el resultado del estudio, lo recibiríamos juntos.
Ella, en silencio, desplegó un informe de laboratorio frente a nosotros.
Ambos tardamos en bajar la vista, pero ya no podíamos escondernos de la realidad. El resultado estaba frente a nosotros, entonces lo leímos.
“INFORME DE PATERNIDAD”
Apreté con más fuerza los dedos de Aaron y, salteándome el largo texto explicativo, llegué al último renglón, a las letras mayúsculas que sentenciaban el resultado.
“CONCLUSIÓN: PATERNIDAD POSITIVA”
De súbito estallé en llanto y Aaron me rodeó con sus brazos.
—Está bien, amor –musitó con infinita ternura–. Está todo bien ahora.
—Es tuyo –repetía yo entre sollozos–. Es tuyo.
—Siempre fue mío, lo sabíamos, con genes o sin ellos, Liam siempre fue mío.
Él me consolaba con una paz inusitada, pero al mirarlo, descubrí que también lloraba.
—Los dejaré solos unos minutos –dijo la doctora saliendo del consultorio.
Tras llorarnos un mar, llegó la calma, y ambos fijamos la vista en el papel con silenciosa adoración, con un sentimiento nuevo y extraño. Era mucho más que la paternidad biológica, que en definitiva nunca garantizaba el amor. Liam ya era amado desde antes, ya era nuestro desde siempre. Pero esto no se trataba sólo de él.
Ese papel borraba para siempre a Adrian Sims de nuestras vidas.
Llevé la mano a mi vientre, acariciándolo con infinito amor.
—Ya eres libre del mal, hijo –musité–. Ni una gota de su oscuridad corre por tus venas.